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Si no quieren que el interés de la ciudadanía en la política se siga enfriando, nuestros partidos deberían agregarle a la crítica, a la búsqueda de votos y de cargos, un vector sensiblemente mayor de futuro, de ilusión, de esa ambición que va atada a la convicción que tantas veces supieron tener
El concepto de ambición es muy habitual en mi disciplina. Se lo utiliza frecuentemente en los estudios sobre carreras políticas, para distinguir, por ejemplo, entre los políticos que buscan retener su cargo (v. g. el diputado que va por la reelección) y aquellos que pretenden avanzar hacia responsabilidades de mayor prestigio e influencia. En Uruguay, debemos a Daniel Chasquetti el estudio más sistemático sobre carreras políticas, así que remito a él.1
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En ese sentido tan específico, y tan importante, a la política uruguaya le sobra ambición. Nadie quiere perder su lugar. Nadie quiere ni siquiera poner en riesgo el sitio que seguramente conquistó con mucho esfuerzo. En general, el que tiene un cargo quiere, como mínimo, ser reelecto. Pero es muy frecuente que el edil quiera ser diputado, el diputado aspire a ser senador, el senador a encabezar una fracción o ser intendente, para luego ser candidato a la presidencia y, por qué no, por fin, algún día, calzarse la banda presidencial.
Para que no haya confusiones: bienvenida la ambición en este sentido. Que nunca nos falten los políticos que quieren ser electos, reelectos, y progresar en sus carreras. De hecho, a nuestra élite política, en este sentido tan importante, tan necesario, y tan específico, no le falta ambición. Pero, y este “pero” es cada vez más preocupante, al menos para mi gusto, a nuestros dirigentes les está faltando ambición en otro sentido fundamental. Si mi interpretación es correcta, viene menguando, de un tiempo a esta parte, lo que podríamos definir como ambición sustantiva. En otras palabras, faltan sueños.
A este país lo hicieron grande los líderes políticos que pensaban en grande. Los que soñaban con “aprovechar los tiempos de formación” para construir “un pequeño país modelo”, y por eso convirtieron a Uruguay en un país pionero en materia de derechos y protección social. También los que, en la vereda de enfrente, se empecinaron en oponerse a los intentos hegemónicos y terminaron asegurando la libertad política. Lo hicieron grande los que pensaron que el Estado tenía un papel clave en el desarrollo y gobernaron en consonancia con ese ideal, y los que, en cambio, criticaron el “dirigismo” y, cuando les tocó gobernar, se animaron a cambiar el rumbo.
A este país volvieron a hacerlo grande los que, después de la dictadura, se atrevieron a “descontentar” (como alguna vez reclamó Carlos Quijano), a chocar con la opinión pública, a decir verdades incómodas y a tomar decisiones que podían hacerles perder votos. Son los que explicaron una y otra vez que la inflación es el impuesto que más castiga a los que menos tienen, y que hay que cuidar los equilibrios macroeconómicos. Son los que, remando contra la corriente, defendieron la lógica del mercado y de la competencia. También son aquellos que tomaron otros riesgos y, fieles a sus convicciones, dijeron “que pague más el que tiene más” y procuraron vivificar la tradición de la protección social.
Hubo coraje. Por eso, a pesar de los problemas, somos un país modelo cuando nos comparamos con la región. Nuestros partidos soñaron e hicieron. Tuvieron coraje para soñar y para hacer. Para que se entienda bien: los partidos políticos uruguayos no serían fuertes si sus dirigentes y militantes no tuvieran ambición en el sentido instrumental, es decir, si no tuvieran la ilusión de ser electos, reelectos y progresar en sus carreras. Esa ambición nunca les faltó. Pero no serían fuertes si, además, no hubieran demostrado tener, a lo largo de la historia, ambición en el sentido más importante, en el sustancial.
En el punto medio entre el exceso de la utopía y el defecto de confundir política con administración. Ahí es donde está la política que precisamos, y que temo que esté menguando. Sabemos de sobra los riesgos de la utopía. Conocemos de sobra el peligro de las “vanguardias” que se sienten en la obligación de “iluminar” el camino de la “liberación”. ¿No estaremos empezando a conocer el peligro opuesto? El de la política que se guía por las encuestas y no por las convicciones. La política que renuncia a explicar, que sigue mansamente a la opinión pública, que no se atreve a liderar. Miro para un lado, y falta ambición. Miro para el otro, y sigue faltando ambición.
Hablando de mirar. Miro hacia Argentina, en cambio, y veo un político muy especial. Hay mucho de muy criticable y de muy peligroso en su forma de hacer política. En particular, me disgusta profundamente que esté elevando a la enésima potencia lo peor de la lógica amigo-enemigo, a la Carl Schmitt, que para desgracia de la ciudadanía argentina instaló el peronismo hace muchas décadas. Me generan rechazo su maniqueísmo y su fanatismo. Pero, al mismo tiempo, reconozco el enorme coraje que tiene Javier Milei para defender sus convicciones. Le reconozco su ambición sustantiva, su imaginación, su capacidad para soñar, su decisión de pisar el acelerador hasta en las curvas. Yo se lo reconozco. Y también se lo acaba de reconocer una parte muy importante de su propio país. En esa votación no hay solo temor al pasado, en particular, a la hiperinflación. Hay una parte del apoyo conquistado que hay que explicar por la pasión con la que promueve sus ideas. (Por las dudas: soy de los que piensa que las ideas de la libertad son tan importantes como las de la justicia. Y las buenas democracias precisan buenos promotores de ambos ideales)
Vuelvo a mirar para acá. Nuestros partidos son especialistas en criticarse mutuamente. El Frente Amplio no pierde ninguna oportunidad de tocar la tecla de la “herencia maldita”. Los partidos de oposición no pierden ninguna oportunidad de criticar al gobierno. A menos que la crítica se haga desde la mentira, en principio, no hay nada de cuestionable. Al contrario, es saludable el control mutuo inherente a la competencia política. Pero, y vuelvo al “pero” del comienzo, si no quieren que el interés de la ciudadanía en la política se siga enfriando, nuestros partidos deberían agregarle a la crítica, a la búsqueda de votos y de cargos, un vector sensiblemente mayor de futuro, de ilusión, de esa ambición que va atada a la convicción que tantas veces supieron tener.