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Para ser una herramienta real, la política debe ocurrir en la realidad; tal como ocurre con nuestra identidad, necesitamos intercambiar con los otros, incluidos aquellos que políticamente no piensan como nosotros, para poder ser quienes realmente somos
En la última de estas columnas comentaba las razones de la corredora Julia Paternain para competir por Uruguay. También sobre cómo algunas versiones de la identidad pueden devenir esencialistas, esto es, que no entienden la adscripción a una patria, a un grupo o a cualquier otra identidad compulsiva como un acto que, además de administrativo, sea uno personal, un sentir. Como si desde la identidad propia se pudiera definir el crisol de los demás, ese que cada uno construye para sentirse esto o lo otro, de tal o cual lugar. Reivindicaba, en fin, la idea de que ese cruce de cosas que es la identidad de cada uno es siempre una construcción personal, resultado de la circunstancia que nos atraviesa. El punto en que la vida nos dejó, y desde el cual miramos y somos.
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Esto no quiere decir que todo esto ocurra libremente en un supermercado lleno de góndolas de donde uno elige qué cosas quiere ser de manera completamente autónoma. Entre otras cosas porque muchas veces las marcas que llenan las góndolas con sus productos compiten entre sí para ser las elegidas. Es decir, que la construcción de las identidades puede ser, y de hecho es, tironeada por quienes tienen interés en nuestra adscripción a su marca. Un buen ejemplo en política sería un partido nacionalista: su producto está diseñado para movilizar los resortes emocionales de pertenencia al país, reivindicándose como el que mejor (o incluso el único) representa a la nación, frente a los demás, que considera extranjerizantes. Es como si, en las góndolas de nuestro supermercado de identidades, uno de los productos se nos ofreciera como el más “nuestro”, el que mejor resume quiénes somos y qué queremos como país.
Por eso la construcción de la identidad propia es un asunto interno y a la vez externo. En lo interno, somos eso que se va consolidando a través de los afectos y las experiencias intransferibles que cada uno va adquiriendo. En lo externo, se nutre (se quiera o no) de lo que quienes venden sus productos en las góndolas desean de nosotros: nuestro voto. Por supuesto, todo esto dicho a lo bruto. Los procesos reales son más sutiles y la mayor parte de las veces nos pasan desapercibidos o nos parecen “naturales”. Por usar un ejemplo futbolero, nos hacemos de tal o cual cuadro por un montón de razones “propias”, que son a la vez familiares, históricas, etc. Y al mismo tiempo, los equipos hacen campañas para conseguir socios, vender entradas y camisetas. Y todo esto nos parece parte de un orden dado, en el que las decisiones propias y ajenas se mezclan.
Sin embargo, esas campañas de socios pueden tener efectos negativos. No, obviamente, en terrenos del fútbol. Pero sí en terrenos de la adscripción política. Por razones evidentes: el impacto real y profundo del fútbol en nuestras vidas materiales es muchísimo menos potente que el de la política. Entonces, ¿qué ocurre cuando la adscripción política empieza a ser el centro de todo? ¿Qué pasa cuando el ser de tal o cual partido u opción política pasa a ser parte esencial de nuestra identidad personal, por encima de cualquier otro aspecto que nos ayuda a construirla? ¿No estaremos dándole un valor excesivo a la identificación política cuando decimos que jamás seríamos pareja de alguien que votara al Partido Radical Intransigente de Extremo Centro? (que no existe, pero que sería tremendo nombre para un partido).
Según el politólogo español Luis Miller, autor de Polarizados: La política que nos divide, “algunos autores dicen que es a partir de mayo del 68 cuando se produce una caída de los sistemas de valores tradicionales: la familia o las creencias religiosas dejan de servir como paraguas y la revolución cultural y la posterior llegada de la digitalización dejan un vacío que la política partidista se encarga de ocupar”. Siguiendo con el ejemplo que le ocupa, que es el de España, Miller apunta que allí la política “empieza a funcionar como un paraguas bajo el que todo lo que hacemos parece tener un contenido político, todo tiene un contenido simbólico”. No suena muy distinto de lo que podemos ver en el día a día de Uruguay, en donde si uno tiene la paciencia de ponerse a mirar lo que dicen los perfiles de los uruguayos con los que uno interactúa en X, verá que, junto a la más tradicional adscripción futbolera (bolso o carbonero), viene creciendo la definición política (blanco, frenteamplista o colorado). Por supuesto, estadísticamente esto no dice mucho, pero sí dice algo sobre cómo la identificación política es cada vez más relevante para muchos.
Miller señala que “las sociedades contemporáneas están asistiendo a un proceso de fragmentación social que afecta a normas, valores y estilos de vida. Este proceso de fragmentación se está produciendo de un modo paralelo al incremento de la polarización. Ambos fenómenos parecen retroalimentarse, generando una descomposición de la sociedad en una miríada de grupos con creencias e intereses distintos y, al mismo tiempo, un mayor alineamiento de estos grupos con bloques políticos. Este proceso ha sido estudiado durante décadas en países como Estados Unidos, pero tenemos mucha menos evidencia para Europa y España”. Agregaría: y menos para Uruguay.
Lo que también dice Miller es que a partir de la identificación partidaria se construyen una suerte de cámaras estancas de identidad en las que, por ejemplo, ser de izquierda implica determinadas acciones en la vida diaria (en Uruguay, podría incluir ir a Cinemateca, visitar ciertos museos y manifestarse sobre ciertos asuntos) y ser de derecha, otro listado distinto (ir a la Rural, visitar la Patria Gaucha, no movilizarse en general). Y que los puntos de contacto entre gente de las diferentes cámaras estancas son cada vez menos. Y que esto ocurre, en buena medida, porque quienes viven de vender la mercadería ideológica expuesta en las góndolas se encargan, de manera muy consciente, de potenciar. Claro, para quien vive de la política no hay mejor noticia que la política esté metida en cada aspecto de nuestra vida cotidiana.
¿Qué se puede hacer ante la polarización que nos llega empujada desde los partidos políticos? Lo primero, ser conscientes de su existencia. Después, no consolarse con que para la región no estamos tan mal. Si uno quiere ser mejor, más le vale compararse con quienes resuelven las cosas mejor, no peor. Miller recuerda en su libro que, dado que no existen recetas mágicas que permitan detener la polarización, es tarea de los ciudadanos ser conscientes del sesgo propio y hacer lo posible por no ser partícipes de las versiones más tóxicas de la política actual. Por ejemplo, dejar de premiar con su voto a los legisladores que se dedican a descalificar con violencia a sus oponentes. Y agrego algo que dice el historiador estadounidense Timothy Snyder: hay que hacer política cara a cara, no a través de redes y demás artilugios en donde el otro no tiene identidad. Para ser una herramienta real, la política debe ocurrir en la realidad. Tal como ocurre con nuestra identidad, necesitamos intercambiar con los otros, incluidos aquellos que políticamente no piensan como nosotros, para poder ser quienes realmente somos.