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    Sobre la democracia y los futuros

    La democracia necesita de la política con sus luces y sombras, desprendida de una pretensión moralizante totalizadora, o de una versión maniquea del bien o del mal, o de verdades asentadas en el pensamiento único

    El pensamiento escéptico, que interpela con la emoción y la razón, y sin piedad, constituye una vía fundamental para adentrarnos en la complejidad de los temas. También se requiere de un pensamiento ético, propositivo y futurista que nos permita abordarlos desde el compromiso insoslayable de contribuir a mejorar las vidas individuales y colectivas. Aun cuando no se lo visualiza así, el pensar es quizás la actividad más saludable, necesaria y práctica de hacer que los humanos nos entendamos y construyamos juntos resguardados por valores y espacios comunes, y haciendo de las diferencias y de la diversidad un valor a proteger y cultivar. Lo común y diverso van inextricablemente de la mano. Por aquello de unidad en la diversidad y diversidad en la unidad.

    No obstante lo cual, la exacerbación del escepticismo puede peligrosamente devenir en un pensamiento negacionista y paralizante que naturalice un descontento fatalista y obstruya la posibilidad de ambicionar e idear otros mundos posibles. Considero que algo de esto puede estar pasando cuando nos referimos insistentemente a la erosión de la democracia y los derechos humanos bajo la cara del descontento y la contracara del retroceso democrático. Claro está que tenemos el deber ético de advertir sobre que el presente y el futuro de la democracia están en riesgo de ser superados por otros modos de vivir en sociedad que quizás sean versiones híbridas, refinadas y peligrosas de autoritarismos que ya proliferan en el norte y en el sur, y con una aceptación creciente e intergeneracional entre la población.

    Ya el historiador y analista político Timothy Garton Ash asevera que a escala global, “a finales de 2020, por primera vez en este siglo había en el mundo menos democracias que regímenes no democráticos” (considerando los países con más de un millón de habitantes; mencionado por Juan Manuel Moreno y Lucas Gortazar en el libro Educación Universal. Por qué el proyecto más exitoso de la historia genera malestar y nuevas desigualdades, 2024). Asimismo, tres de cada cuatro personas en el mundo vivían en países, al 2020, cuyas libertades habían disminuido (Repucci & Slipowitz, 2021 mencionado por Fernando Reimers en el libro Educación y desafíos para la democracia. Archivos Analíticos de Políticas Educativas, 2023).

    Más aún, a escala regional, los estudios evidencian que la proporción de adultos en América Latina que están de acuerdo en que la democracia es la mejor forma de gobierno era del 58% al 2023 y con valores descendentes de apoyo desde el 2014 (Proyecto de Opinión Pública de América Latina, Lapop, por sus siglas en inglés, 2024). Asimismo, según el Latinobarómetro, el 52% apoyaba la democracia en 2024 contra un valor del 63% en el 2010 (Latinobarómetro, 2024).

    Por otra parte, el documento “Juventudes: asignatura pendiente-informe regional”, realizado por la Fundación Friedrich Ebert Stiftung (2025), identifica, entre la población de 15 a 35 años, “un progresivo debilitamiento de la democracia y desafección institucional que se viene expresando desde fines de la década de 1990” y que tiene “su origen tanto en las necesidades no satisfechas y condiciones de vida de la juventud, así como en el desempeño del sistema político” (referencia al documento de la fundación, Sección 2, elaborado por Oscar Aguilera). Entre otras preguntas, se les consultó a los jóvenes sobre si se encontraban satisfechos con la democracia. El valor más alto se registra en Uruguay, donde el 52% expresa estar satisfecho, seguido de Costa Rica con el 37% y, asimismo, el valor más bajo es del 6% en Venezuela.

    Asimismo, el filósofo político Michael Sandel centra la discusión del descontento democrático —refiriéndose en particular a Estados Unidos— en dos aspectos inextricablemente vinculados. Por un lado, el peso creciente del poder económico, que se refleja en “grandes tecnológicas, las redes sociales, los buscadores de internet, el comercio electrónico, las telecomunicaciones, la banca o la farmacéutica” y que, entre otras cosas, “agudizan la desigualdad, desafían a los controles democráticos” y debilitan las capacidades directivas, hacedoras y reguladoras de gobiernos y Estados (Michael Sandel en el libro El descontento democrático. En busca de una filosofía pública, 2023).

    Existe una creciente polarización, que se va cristalizando y hasta se diría naturalizando en las sociedades, y que se manifiesta a través de las denominadas guerras culturales y educativas, así como con relación a la inmigración, la violencia, el cambio climático y la riada de desinformación (Sandel, 2023).

    Asimismo, Fernando Reimers, director de la Iniciativa de Innovación Educativa Global en la Escuela de Posgrado en Educación de Harvard, pone el foco en el retroceso democrático que puede ser visto como el reverso del descontento democrático. Reimers arguye que las viejas fuerzas del retroceso democrático —desigualdad, corrupción, intolerancia, polarización y populismo— se han visto potenciadas por los rápidos desarrollos de las tecnologías de vigilancia, Covid-19 y crecientes conflictos internacionales (Reimers, 2023).

    Por otra parte, Steven Levitsky, director del Centro David Rockefeller de Estudios Latinoamericanos en Harvard, y Daniel Ziblatt, profesor de Gobierno en la Universidad de Harvard, argumentan, en el libro Cómo mueren las democracias, que las democracias pueden morir lentamente, inclusive bajo el justificativo de que se trata de mejorarlas por diversidad de medios. En efecto, las democracias pueden morir con las luces prendidas o con personas elegidas por medios democráticos (Levitsky y Ziblatt, 2019).

    Ciertamente los señalamientos de Sandel, Reimers y Levitsky son claves para pensar en alternativas que fortalezcan a la democracia como modus de vida. Se trata de asumir el desafío mayúsculo que radica en que la democracia convenza, evidencie y se apropie por las nuevas generaciones como la vía más universalista, gratificante, efectiva y segura de ejercer la libertad y el pensamiento sin ataduras. Como clara y valientemente argumenta el destacado filósofo político Daniel Innerarity, en su reciente libro El futuro de la democracia (2026), “la tarea más importante de la actual democracia es hacerla viable en el futuro”. No se trata de solo lamentar o denunciar los azotes a la misma, sino de preguntarse en profundidad, y saliendo de lo políticamente correcto y paralizante, qué “futuro tiene la democracia, qué futuro nos ofrece” y “qué nos espera a nosotros en una democracia”.

    Innerarity ya nos advirtió, en su libro Una teoría crítica de la inteligencia artificial (2025), que alternativamente a planteamientos circunscriptos a la moratoria y a la ética, se trata de avanzar en la gobernabilidad democrática de los algoritmos. Sin alfabetización algorítmica difícilmente podamos ejercer la libertad y ser protagonistas de nuestras decisiones y acciones.

    Ahora Innerarity nos dice, en una forma que él autodefine como un “tanto provocativa”, que la democracia constituye un espacio político de deliberación y construcción colectiva “liberado del bien y la verdad” y de la hegemonía ejercida por personas “competentes y moralmente intachables”. No es que la democracia deje de tener anclajes morales y apego al conocimiento y a la evidencia, y a su deseable profesionalización, sino que definirla por el reino de lo “inmaculado” la aísla del vivir de la gente, de sus necesidades y expectativas. Quizás nos resuene la frase pronunciada por el estadista Winston Churchill, en la Cámara de los Comunes del Reino Unido el 11 de noviembre de 1947, acerca de que “la democracia es el peor de los sistemas de gobierno, excepto por todos los demás que se han probado”.

    Innerarity explica que el aprendizaje colectivo que implica la democracia, desprendido de la idea de un bien común superior y del monopolio de la verdad, permite que se la entienda no solo como el hacer las cosas bien, sino también de evitar aquellas que pueden ser nocivas. La democracia se fortalece cuando se genera una cultura política que incluye inclusive a quienes reniegan de la misma, que permite contrarrestar a los autoritarios, antiliberales y extremistas del signo ideológico que sean, y a la antipolítica.

    La democracia necesita de la política con sus luces y sombras, desprendida de una pretensión moralizante totalizadora, o una versión maniquea del bien o del mal, o de verdades asentadas en el pensamiento único. La revitalización de la política como sustento de la democracia requiere, como dice Innerarity, que quienes gobiernen no actúen “como si no hubiera un mañana” y que una oposición no actúe “confundiendo la construcción de una alternativa con la destrucción de la mayoría gobernante”, o bien “una parte de la sociedad considera que quienes no comparten la propia visión pueden ser excluidos del campo de juego”.

    Las miradas políticas sobre la democracia requieren renovar la promesa de futuros mejores, compartidos y menos desiguales, y de simbiosis entre el bienestar individual y colectivo. Le cuesta al futuro posicionarse en el debate y la construcción democrática en la medida que en los partidos políticos, con independencia de su filiación ideológica, se consumen en inmediatismos, coyunturas y fricciones. Más aun, como arguye Innerarity, derecha e izquierda, conservadores y progresistas, se refieren a un “futuro pasado” que se nutre de referencias, entre otras cosas, a la familia, al nacionalismo, a las conquistas sociales, de ayer y hoy. Parecería ser que no hay futuros a construir sino nostalgias a conservar.

    Traer el futuro a la política implicaría atreverse a contrastar diferentes visiones sobre los futuros y de cómo avanzar hacia sociedades intergeneracionales justas y equitativas con sustento en una efectiva igualación de oportunidades. Daría la impresión que las disyuntivas tradicionales de izquierda y derecha en torno, por ejemplo, al desarrollo, la protección social, el Estado, la sociedad civil y el mercado, son más bien refractarias de posicionamientos ideológicos, y de discursos reiterativos, que de lecturas finas sobre cómo preparar a la sociedad para futuros mejores que prioricen la supervivencia, el desarrollo y el bienestar de las nuevas generaciones.

    Ya no parecería ser suficiente solo definirse por una sensibilidad más conservadora o progresista, en sus diferentes variantes híbridas y superpuestas, sino más bien comprender el calado de cambios conceptuales e instrumentales requeridos para ambicionar un planeta y mundos sostenibles. Como claramente señala Innerarity, se trata de asumir que “el futuro significa cosas distintas para las personas, en función de su edad y condición, a veces incluso contrapuestas”. Me temo que no vamos a encontrar las respuestas a los futuros encapsulados en ideologismos o en mitades que no saben dialogar sobre las cuestiones candentes, o recurriendo a frases hechas y retóricas autocomplacientes para definir identidades y separarse nítidamente de los “otros” contrincantes, o triste y peor aún, de los definidos como “enemigos”. El futuro de la democracia, que ciertamente está interpelado, depende en gran medida de una construcción política de fuste que se encariñe con el porvenir y que sepa superar rencillas del pasado y del presente desconectadas de las expectativas y necesidades de las nuevas generaciones. Necesitamos más y mejor política como sustento de una democracia revitalizada en su espíritu y materia.