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    Todo marchaba acorde al plan de Karina y apareció Kicillof

    Javier Milei era invencible hasta que perdió, y desde entonces parece condenado al fracaso; una montaña rusa es más estable que la política argentina

    Columnista de Búsqueda

    Javier Milei era invencible hasta que perdió, y desde entonces parece condenado al fracaso. Una montaña rusa es más estable que la política argentina.

    Argentina votará el 26 de octubre para renovar la mitad de sus diputados y un tercio de sus senadores. Mientras tanto, va teniendo elecciones en las que se renuevan algunas legislaturas provinciales. El gobierno nacionalizó innecesariamente una de ellas, la de Buenos Aires, y fue derrotado. ¿Por qué lo hizo y qué costos está pagando?

    La razón alegada por el gobierno fue buscar al adversario en su madriguera y “ponerle el último clavo al cajón del kirchnerismo”. En otras palabras, planteó la elección bonaerense como la batalla definitiva. Se comió el mito del establishment argentino que, históricamente, define a la provincia de Buenos Aires como “la madre de todas las batallas”. En realidad, esta provincia nunca definió ningún resultado nacional y sus gobernadores nunca fueron electos presidentes por el voto popular. Nacionalizar la elección fue un error no forzado; y un error grosero, porque había datos contundentes que recomendaban lo contrario.

    El primer dato es que Buenos Aires fue una de las tres provincias donde Milei perdió el balotaje en 2023. Pudiendo hacerse el compadrito en las 21 que ganó, escogió hacerlo donde no lo votaron ni en su prime time.

    El segundo dato es que la elección fue estructurada por el gobernador Axel Kicillof de tal manera que no existiese una boleta común en toda la provincia: cada una de las ocho secciones electorales y los 135 municipios tuvieron una diferente. Así, un partido nuevo como La Libertad Avanza se vio obligado a presentar ocho cabezas de lista seccional y 135 cabezas municipales sin un candidato común que aglutinase el apoyo difuso al presidente. Enfrente, el peronismo tenía nombres establecidos y aparatos territoriales aceitados para la campaña.

    El tercer dato es que esta provincia es la más castigada por el programa económico, que prioriza las zonas mineras y petroleras del interior argentino por encima de las actividades industriales y de la construcción que caracterizan a Buenos Aires. Si había una elección para bajarle el precio, era esta. El gobierno decidió subirlo. No la vio.

    Siendo el presidente un economista, tercerizó la estrategia política en su hermana. Karina Milei reclutó un equipo de burócratas compuesto por Lule y Martín Menem y representado en Buenos Aires por Sebastián Pareja, un miembro de la tercera división de la casta que se demostró a la altura de su reputación. A ellos se habrá referido Javier Milei cuando asumió errores en su discurso de aceptación de la derrota, aunque las turbulencias económicas previas y la reacción posterior de los mercados sugieren que los fundamentals tampoco están rozagantes.

    ¿Y ahora qué? Falta más de un mes para las elecciones nacionales del 26 de octubre, donde el gobierno sigue siendo favorito porque se presenta unificado en todo el país y tiene acuerdos en distritos como Mendoza, Chaco, Entre Ríos y Capital Federal que le aseguran una colecta generosa de legisladores. El peronismo, en cambio, aparece dividido en provincias importantes como Córdoba, y la convergencia de media docena de gobernadores en un frente centrista llamado Provincias Unidas podría fragmentar aún más el voto. Las elecciones provinciales transcurridas hasta ahora dejan tres conclusiones. Primera, la participación se redujo pero no colapsó: del 70% pasó al 60%. Segunda, los oficialismos locales ganan —con la excepción de la ciudad de Buenos Aires, donde los candidatos de Milei ganaron con un modesto 30%—. Tercera, los outsiders desaparecen. La política argentina hoy tiene más casta que nunca, solo que las castas son provinciales. La única nacional es violeta, y ese es su activo diferencial.

    Si la primera perdedora de esta elección fue Karina Milei, junto con su troupe, es factible que una víctima colateral sea Luis Toto Caputo. El mejor ministro de la historia venía haciendo equilibrismo desde hace semanas y la derrota lo dejó sin red. El presidente, sin embargo, ha ratificado el rumbo y evitó los recambios en el gabinete. Se limitó a armar mesas de diálogo con sus propios funcionarios y con los gobernadores aliados.

    En el peronismo también hubo derrotados. La más suave fue Cristina, que celebró sinceramente el resultado. Máximo Kirchner, en cambio, perdió la batalla por la sucesión, mientras Sergio Massa vio disiparse sus esperanzas de resurrección y Juan Grabois hizo mutis por el foro. Los diarios argentinos y del mundo reconocieron en sus tapas el éxito de Milei no en exterminar, sino en purificar al enemigo, al que ya no llaman kirchnerismo, sino peronismo. Esta identidad, más general, le facilitará el establecimiento de alianzas interprovinciales y la rehabilitación ante la opinión pública.

    El gobierno quedó groggy, pero no terminado. Milei, asesorado de nuevo por Santiago Caputo, hizo un buen discurso poselectoral. Breve y moderado, aceptó el resultado y admitió errores, pero reafirmó el rumbo. En un contexto internacional en que sus homólogos Donald Trump y Jair Bolsonaro promovieron el fraude y el golpe, el mensaje pretendió calmar a los mercados transmitiendo estabilidad. Una semana después, por cadena nacional, apareció aún más moderado, leyendo un mensaje sin exabruptos y anticipando una expansión presupuestaria para el año próximo.

    Mientras en las mesas de café y en algunos sectores del poder económico arrecian los rumores sobre el helicóptero, augurando una salida anticipada del poder, Kicillof salió a pedir diálogo y desactivar las movidas destituyentes. Sectores proteccionistas se regodean pensando en la vicepresidenta Victoria Villarruel o el exgobernador cordobés Juan Schiaretti como substitutos presidenciales en caso de juicio político, pero el peronismo sabe que no necesita artilugios para ser competitivo. Hoy no existen en la Argentina jugadores relevantes que apuesten a la inestabilidad política.

    Sin embargo, la recalibración del programa económico y del gabinete presidencial es inevitable. Lo impone la realidad antes que la oposición. El programa requiere sumar estabilidad cambiaria a la fiscal; el gabinete necesita más articulación y menos compadreo. El oficialismo seguirá batiendo el parche del riesgo kuka (el miedo de los mercados a que gane el kirchnerismo), pero la nacionalización de la derrota fue producto de Karina más que de Kicillof. Y antes de eso, las turbulencias fueron culpa del equipo económico más que de la detenida e inhabilitada Cristina Fernández de Kirchner. El gobierno sigue dependiendo de la suerte y de sí mismo; echarle la culpa a otro lo condena a repetir el error.

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