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“El eterno vagabundo no tiene derecho a volver”, le gusta repetir a la francesa Sophie Chacoux, dueña de un hospedaje en Villa Soriano, escenario para una reflexión sobre viajeros, turistas o trotamundos
¿Qué diferencia al turista del viajero? El navegante Ulises lo era, también Heródoto y los primeros astronautas en llegar a la Luna. ¿Katy Perry en la nave espacial Blue Origin, qué es? En tales dudas había puesto mi cabeza mientras avanzaba por la carretera hacia Villa Soriano, con la secreta esperanza de merecer el título de viajera.
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Los dos términos se sustituyen en ciertos contextos, se consideran sinónimos, aunque no idénticos. Nadie llamaría a don Quijote “un turista por La Mancha”, y en esa zona de matiz discordante “el viaje” se carga de metáforas existenciales, mientras “el turismo” no pasa las fronteras del paseo placentero.
En la película The Sheltering Sky (conocida en el Río de la Plata como Refugio para el amor), de Bernardo Bertolucci, un matrimonio inicia una travesía por el norte de África con la expectativa de recuperar la pasión. Es frecuente asignar a los viajes poderes milagrosos, por más que Séneca haya advertido hace 2.000 años acerca de sus escasas virtudes curativas. “Tus faltas te seguirán dondequiera que viajes. (…) Todo tu ajetreo es inútil. ¿Te preguntas por qué semejante huida no te ayuda? Es porque huyes contigo mismo”, dice el filósofo. No obstante, los personajes de la película confiaban en huir para encontrarse; y, en un diálogo que augura un dramático final, se definen a sí mismos como viajeros. Quizá porque el turismo no tiene fama de salvar matrimonios:
—No somos turistas, sino viajeros —le dice ella.
—Un turista quiere volver a casa en cuanto llega —responde el marido complacido.
—Un viajero es probable que no regrese.
No me pareció que un viaje a Villa Soriano debiera mirarse con tal dramatismo. Yo quería volver a casa. Por suerte, en una primera impresión el pueblo se mostró inofensivo. A la entrada, el histórico timbó convertido en esqueleto de árbol solo sumaba silencio. Varias cuadras más adelante, el río Negro daba palmaditas mansas al muelle. ¿Por qué no regresaría de un pueblo amigable y con jardines coloridos? Pero no había entendido el fondo de la cuestión, y para mantener cierto grado de inquietud, trataba de recordar películas que empiezan por un pacífico ambiente pueblerino y terminan en un infierno.
Al otro día, el río se veía apenas picado, lo suficiente para que la barca diera saltos sin la mala intención de tirarnos al agua turbia. Nos guiaba Alfonso Quian, buzo y, en ese momento, botero de la excursión. Nacido en Montevideo, Quian se ha quedado en Villa Soriano. Parecía experto en descubrir puertos escondidos entre los camalotes y gran conocedor de la memoria local. Pasamos por islas históricas, Lobos y Vizcaíno, donde Hernandarias dejó unos 50 animales que nos convertirían luego en país ganadero. Después, nos detuvimos a contemplar la más nombrada, la del Infante, escenario de un triple crimen cuyos detalles todavía se comentan por las noches. Según los documentos, en 1920 dos cadáveres mutilados emergieron del río a la altura de la isla del Infante; el tercero, el de una niña que formaba parte de la familia, nunca apareció.
Mientras Quian hablaba, dirigía el bote entre los brazos laberínticos del río, flanqueados por una vegetación espesa. Cada tanto veíamos levantar vuelo a algún Juan Grande, especie de cigüeña, como si quisiera alertar a la naturaleza de nuestra presencia. En aquellas soledades, por primera vez desde mi llegada a Villa Soriano, me sentí viajera.
Al pisar tierra, nos esperaba la dueña del hospedaje, la francesa Sophie Chacoux, pequeña, dispuesta a la risa y a un simpático atolondramiento. La pregunta obvia de cómo había venido a parar en estas costas preferí evitarla porque un viajero de verdad no debería buscar respuestas simples, sino profundizar los misterios.
Sophie hablaba rápido en una lengua inventada. Era capaz de enlazar en la misma frase un pronombre en español, un verbo en portugués y rematar con un “oui, oui”. En su lenguaje, las geografías recorridas se alternaban sin mezquindad ni celos. Antes de los 10 años sabía dar la vuelta al mundo junto con su padre, marino de la Armada francesa. Había trabajado en Gabón en un hospital dedicado al tratamiento de la lepra, entre otras tantas andanzas. Su mayor hazaña vino en la madurez cuando decidió dejar atrás Francia y comprar un velero, el Enomis. Sola cruzó el Atlántico. El barco fue su hogar por más de una década hasta que, un día, casi por casualidad, desembarcó en el puerto de Villa Soriano en medio de un ajetreo de indios con flechas y españoles armados de arcabuces. Quedó maravillada con la escena y, para completar su fascinación, leyó en una bandera la palabra “libertad”, su preferida. Decidió quedarse. Sophie había llegado justo para una conmemoración patriótica de la que no recuerda el nombre. Vendió el Enomis (Simone al revés) y ese mismo día compró casa a pocas cuadras del río. “El eterno vagabundo no tiene derecho a volver”, le gusta repetir, y nunca regresó. ¿Adónde? ¿Adónde vuelven los trotamundos? Recién entonces entendí por qué el verdadero viajero no siempre regresa. No se trata de crímenes, sino de ignorar el punto de origen.
Con pesar, me quité la etiqueta de viajera y acepté la más deslucida de turista de paseo por Villa Soriano. Eso sí, sin selfie.