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Virginie Bioteau, embajadora de Francia: “Cómo no voy a amar este país con tantas librerías y tantos libros”
Edad: 49 • Ocupación: embajadora de Francia • Señas particulares: su padre le hizo una estantería a medida para sus libros; le encanta decir "divino" pero todavía no le sale el "ta"; lo primero que hizo al llegar fue adoptar un perro, Apolo
¿Siente presión por ser la primera mujer designada como embajadora de Francia en Uruguay? ¿Más presión? No sé por qué. En Uruguay soy la primera embajadora de Francia y la primera mujer de un país de la Unión Europea, pero en el país somos unas 10 embajadoras, entonces no siento presión, sino más bien siento emoción y orgullo.
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¿Qué conocía de Uruguay antes de llegar? Lo gracioso fue que en Kuala Lumpur, donde era jefa de misión adjunta, conocí a Valeria Csukasi (actual vicecanciller, que fue embajadora en Malasia). Ella me preguntó qué iba a hacer después y me alentó: “Tenés que ser embajadora”. Y luego surgió este puesto en Uruguay. Sigo en contacto con ella y la cónsul, Mariela (Machado). Ayer justamente me mandaron una foto de la gente de la Embajada de Uruguay preparando chivitos en una feria gastronómica en Malasia. De hecho, la primera actividad en conjunto entre las embajadas de Francia y Uruguay en ese país fue por el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Tengo que destacar lo adelantado de Uruguay en legislación en este campo.
¿Y qué acciones implementará en temas de género? En el marco de la IV Conferencia Ministerial sobre Políticas Exteriores Feministas, publicamos una columna sobre el tema. Además, trabajamos con otras embajadoras y también con las mujeres en empresas para compartir miradas para progresar juntas. Por otro lado, he tenido reuniones con algunas organizaciones como Inmujeres (Instituto Nacional de las Mujeres), y el último punto sería la cooperación científica entre Francia y Uruguay, que es de altísimo nivel. En la ciencia también podemos empujar a las mujeres y entender por qué son pocas. Las chicas y los chicos tienen los mismos dones, pero luego pasa algo en la enseñanza y las mujeres pierden la confianza.
En redes sociales de la embajada publican bastantes videos suyos, ¿los ensaya? Bueno, salen muy natural porque básicamente soy espontánea y natural. Si Ricardo (Rius, agregado de prensa) da su visto bueno, salen así, con viento en la cara o lo que sea. Luego también hago un trabajo que es importante en la diplomacia. No todo es un juego, la diplomacia es crear puentes y, si quieres llegar a acuerdos, tiene que haber un poco de sutileza para entender al otro. Ser diplomático no quiere decir ser falso, el lenguaje diplomático no es vacío, es cauto. Además, la palabra no es tu propia palabra, sino que representa la palabra de tu país. Entonces hay que tener aún más cuidado en lo que vas a decir.
¿Cómo llevan la vida diplomática sus dos hijos? Algunas cosas les cuestan más que otras. Cuando llegamos a España, mi hijo Antoine tenía tres años, fue un poco duro porque no entendía nada, se quedaba calladito, pero a los seis meses le encantó y ahora con 18 años vive allá, estudia Arquitectura. Recuerdo que cuando dejamos México, mi hija Émilie la pasó mal, pero como es muy madura lo gestionó pidiéndome ver a un psicólogo para decirle todo lo que pensaba y sentía. Ahora ella está en el Liceo Francés y ya fue a su primera fiesta de 15, está empezando a hacer amigos.
¿México fue el destino que más la marcó? Sí, porque fue el último. Desde que estoy en Uruguay, todavía no me sale el “ta”, pero prometo que voy a intentar usarlo. Decir “divino” me encanta. Al terminar los cuatro años veremos qué tan uruguaya soy.
¿Aprendió a cocinar platos locales? La verdad es que me gusta cocinar para amigos, pero me gusta seguir la receta. Tengo muchos libros de cocina y los traje todos. ¿Qué receta te podría compartir? Las berenjenas con salsa de tomate. Es una receta más italiana que francesa porque mi abuela era italiana. También me enseñó a hacer ñoquis de papa. Y aquí probé un flan de calabaza, en un restaurante en la Ciudad Vieja, muy muy bueno. También me encanta hacer sopas, me sale muy bien la sopa fría de arvejas con menta y la de zanahoria con un poco de naranja. Luego, hemos hecho platos de cocina asiática por vivir en Malasia tres años.
Es una gran lectora. ¿Qué está leyendo? Todo lo que puedo. De los que me traje, empecé por El auto de Carlos Rehermann, traducido al francés, y luego unos amigos me recomendaron Las cartas que no llegaron de (Mauricio) Rosencof, que me emocionó mucho. También estoy leyendo Los cantos de Maldoror en la traducción rioplatense y Mugre rosa, de Fernanda Trías, que me encantó. Ahora cambié un poco a libros de historia de acá, La agonía de una democracia (de Julio María Sanguinetti) y La vieja trenza (de Sergio Abreu). Visito librerías, Escaramuza, la del Cultural Alfabeta y Linardi Risso, que me encantó. Entonces, cómo no voy a amar este país con tantas librerías y tantos libros. De niña desaparecía y mi mamá me preguntaba “¿dónde estabas?”. Una vez que estoy leyendo, me olvido de todo; de repente, levanto la cabeza y pasaron dos horas. Esta pasión la comparto con mi hijo, que lee mucho desde pequeño y, además, en cualquier posición, tenemos fotos muy divertidas.
¿Qué fue lo primero que hizo cuando llegó a Montevideo? Ir a buscar a Apolo, nuestro perro. Te cuento, mis hijos llevaban mucho tiempo pidiendo una mascota. En México habíamos adoptado un conejo, que resultó ser coneja. Se llamaba Piñata. Y cuando nos íbamos nos enteramos de que las compañías aéreas no permitían conejos. Entonces la tuvimos que dejar con unos amigos, pues ya ni modo. Mis hijos fueron a un refugio y me mandaron una foto de un labrador negro de 8 años y me dijeron: “Nos lo queremos llevar, es un amor”. Y así llegó Apolo. Es como tener otro hijo, cuando sales con él, no tienes que olvidarte del agua, de las galletitas, de limpiarle las patas después de la playa. Pero Apolo es un amor.