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    El gobierno de Orsi cosecha una mirada “ambigua”: cae la aprobación de la gestión, pero su popularidad es “muy alta”

    La nueva administración no llegó con un mandato de cambios profundos, pero debe prestar atención al “ruidito” que surge en la izquierda, dice Ignacio Zuasnabar, y agrega que el proceso electoral tuvo como novedad que, pese a la derrota, “la derecha y la centroderecha” mantuvo “una base social e ideológica igual de fuerte que cuando ganó en 2019”

    Los últimos estudios de Equipos Consultores no permiten sacar conclusiones claras sobre el gobierno de Yamandú Orsi. Cayó la aprobación y aumentó la desaprobación, pero el presidente mantiene niveles de popularidad “muy altos” y las expectativas sobre su gestión son todavía positivas. “Ante la pregunta de si estamos todavía en la luna de miel de Orsi o no, la evidencia es ambigua”, resume el director de Opinión Pública de Equipos Consultores, Ignacio Zuasnabar.

    Orsi todavía está construyendo su liderazgo, que es distinto al de otros presidentes porque tiene un perfil de diálogo y conciliación, características que hoy valoran los ciudadanos.

    La encuesta de Equipos difundida la semana pasada mostró una caída de siete puntos en la aprobación —de 43% a 36%— y un aumento de la desaprobación de igual magnitud —de 25% a 32%—.

    Zuasnabar dice que el gobierno debe prestar atención a los ruidos que le llegan “por izquierda”, dado que ese es su electorado, aunque esa parte del espectro político no es la responsable de la caída en la aprobación, ya que la amplia mayoría de los frenteamplistas respaldan la gestión.

    El deterioro en la imagen del gobierno responde, en buena medida, a una mayor desaprobación entre quienes votaron a la oposición en 2024. Y eso se debe a que una de las novedades del último ciclo electoral, según Zuasnabar, fue la “estabilidad de las identidades ideológicas”. Mientras que en 2005 la izquierda llegó al poder y se produjo una “fuerte disminución de la derecha y centroderecha como identidad social”, la victoria del 2024 no tuvo ese efecto. “La centroderecha y derecha derrotada en el día después se encuentra con una base social e ideológica igual de fuerte que cuando ganó y además con un liderazgo fuerte como el de (Luis) Lacalle Pou”.

    A continuación, un resumen de la entrevista que el sociólogo mantuvo con Búsqueda.

    —Las últimas encuestas muestran una caída en la aprobación de la gestión del presidente. ¿Es normal una baja a esta altura del período? ¿A qué lo atribuye?

    —En el mundo estamos ante electorados cada vez más impacientes. Los procesos de luna de miel, que es esa confianza extendida en los gobernantes, duran cada vez menos. Diría que en Uruguay estamos en una situación intermedia porque, por un lado, estamos terminando el primer año de gobierno con una aprobación que cae, una desaprobación que crece, aunque mantiene un leve balance positivo; pero todavía la figura del presidente Orsi genera confianza, sus niveles de popularidad siguen siendo muy altos. Además, cuando se hacen preguntas prospectivas sobre cómo cree la gente que va a ser el gobierno de Orsi, los datos siguen siendo mayoritariamente positivos. Es decir, ante la pregunta de si estamos todavía en la luna de miel de Orsi o no, la evidencia es ambigua.

    —La caída en la evaluación responde, sobre todo, al incremento de la desaprobación entre los votantes de la coalición. ¿Era esperable que fuera tan rápido ese realineamiento?

    —En Uruguay no lo habíamos visto tanto, salvo en un contexto muy distinto, ahí sí con una insatisfacción más instalada, que fue el segundo gobierno de (Tabaré) Vázquez. El gobierno evidentemente está en esta situación de aprobaciones divididas, pero todavía no en un contexto de insatisfacción marcada, y es menos intenso lo que se ve en otros países en el mundo. Otro de los factores que puede explicar este desgaste en la imagen presidencial es que las instancias de discusión presupuestal en contextos de restricción económica siempre son complejas.

    —Este movimiento de la opinión pública, sobre todo de los que desaprueban la gestión, ¿les da la razón a los dirigentes de la oposición que dicen que hay atacar al gobierno?

    —Cuando miramos los indicadores de opinión pública tenemos sensaciones y sensibilidades divididas dentro de la oposición. Hay una parte que efectivamente es muy crítica con el gobierno desde el inicio y lo ha ido agudizando, está molesta con el gobierno y exige a sus dirigentes ser mucho más audaces y mucho más punzantes en la crítica. Pero hay otra parte muy importante de la oposición que más bien está diciendo: “Recién empezaron, hay que dejar gobernar, está bien acordar en algunas cosas”. Esta idea del consenso y de los acuerdos está muy extendida en el electorado uruguayo. La respuesta de la oposición es razonable dada la composición del electorado, porque uno ve actores de la oposición que responden a esa demanda de más crítica y otros que no. Está bueno porque los partidos políticos deben representar sensibilidades sociales y ahí la oposición debe representar ambas sensibilidades, que coexisten.

    Ignacio Zuasnabar dos
    Director de Opinión Pública de Equipos Consultores, Ignacio Zuasnabar

    Director de Opinión Pública de Equipos Consultores, Ignacio Zuasnabar

    —Aunque falta para 2029, al final del día los partidos terminan jugando hacia el centro.

    —Para eso falta, pero en un país con voto obligatorio como el nuestro, con una estructura electoral centrípeta, con una parte volcada hacia el centro que oscila electoralmente entre un bloque y otro, al final los partidos y los candidatos deben llegar a ese segmento. Ahora, a ese segmento se lo puede seducir desde una postura más moderada, del estilo Orsi o (Álvaro) Delgado, como fue la última campaña, o se lo puede seducir desde posturas que vengan de confrontaciones ideológicas más potentes, como fue (José) Mujica-(Luis) Lacalle Herrera, ¿no? Entonces, el hecho de que tengas un posicionamiento ideológico claro y definido que no esté cerca del centro no necesariamente inhabilita que pueda llegar al centro después. Una cosa que a veces se confunde en el análisis son las formas. Porque una cosa es la confrontación de ideas y otra es las formas del debate. La gente puede tolerar la diversidad de ideas; otra cosa son los niveles de agresividad, eso sí puede generar desagrado en ese electorado.

    —En el proceso de construcción de la candidatura de Orsi, se decía que tenía el desafío de consolidar su liderazgo. ¿Cree que lo está haciendo?

    —Está en un proceso de construcción de su liderazgo, de demostrar y legitimar un estilo de liderazgo que es diferente al de presidentes anteriores. Orsi en términos de su liderazgo interno dentro del Frente Amplio llega a la presidencia siendo menos líder que lo que eran Vázquez y Mujica. Orsi es conciliador, más dialoguista, lo que al final termina siendo, como decía al principio, una de sus fortalezas. Los ocho meses que lleva la gestión tampoco es tanto tiempo como para hacer una evaluación definitiva, pero uno diría que está transitando ese desafío dentro de lo que era esperable.

    —La oposición insiste en la falta de liderazgo de Orsi. Algunos dijeron que la conferencia de prensa que lideró por el tema Cardama, por ejemplo, fue casi obligado por su equipo. ¿Puede tener éxito en la opinión pública esa estrategia de cuestionar a Orsi?

    —Los niveles de imagen personal de Orsi son muy altos, casi al mismo nivel que los de Lacalle Pou. De hecho, tiene menos rechazo que Lacalle Pou. Son los dos líderes que están absolutamente despegados en términos de imagen de todo el resto. Sobre la gestión puntualmente empieza a haber algunas dudas, alguna gente que empieza a desaprobar, algunos en el medio, pero no está instalado un nivel de insatisfacción extendido hacia el gobierno. Empieza a haber algunas inquietudes, diría, pero no tanto sobre la imagen del presidente aún.

    Cuando miramos los indicadores de opinión pública tenemos sensaciones y sensibilidades divididas dentro de la oposición. Hay una parte que efectivamente es muy crítica con el gobierno desde el inicio y lo ha ido agudizando, está molesta con el gobierno y exige a sus dirigentes ser mucho más audaces y mucho más punzantes en la crítica. Pero hay otra parte muy importante de la oposición que más bien está diciendo: 'Recién empezaron, hay que dejar gobernar, está bien acordar en algunas cosas'. Cuando miramos los indicadores de opinión pública tenemos sensaciones y sensibilidades divididas dentro de la oposición. Hay una parte que efectivamente es muy crítica con el gobierno desde el inicio y lo ha ido agudizando, está molesta con el gobierno y exige a sus dirigentes ser mucho más audaces y mucho más punzantes en la crítica. Pero hay otra parte muy importante de la oposición que más bien está diciendo: 'Recién empezaron, hay que dejar gobernar, está bien acordar en algunas cosas'.

    —¿Cómo juega el hecho de que pareciera que este gobierno no busca ser muy rupturista con el anterior?

    —Todo depende de los contextos. Esto también lo conversamos bastante el año pasado durante la campaña: era un contexto más de continuidad que de cambio. La gente estaba moderadamente satisfecha con el rumbo del país, entonces no estaba exigiendo un gobierno que girara fuertemente el rumbo y el resultado electoral, y este gobierno es producto de ese contexto. El programa de gobierno del Frente Amplio es producto de eso. El perfil del candidato electo es producto de ese contexto. Además, se da una particularidad que no es menor y es que el Frente Amplio gana sin mayoría parlamentaria. Esos tres elementos —contexto de continuidad, personalidad del presidente y falta de mayoría— ponen al gobierno en un lugar que le genera dolores de cabeza en su interna. Porque, así como hablábamos recién de que en el electorado de la oposición existen distintas sensibilidades hacia la forma de hacer oposición, lo mismo pasa dentro del oficialismo. Y hay una parte del electorado frenteamplista que le exige al gobierno ir más a la izquierda. Pero no fue lo que este gobierno prometió. De todos modos, tiene que cuidar ese vínculo por razones de gobernabilidad. Lo veo como una tensión sana, no como un enorme problema.

    —Este descontento “por izquierda”, ¿debe ser de preocupación para el gobierno?

    —Es de preocupación en el sentido de que hay que atenderlo, porque es una parte de su electorado. Hay un ruidito. Creo que si a medida que avanza el período esto crece, las tendencias más dialoguistas, centrípetas, moderadas del primer año quizás no se mantengan hacia adelante. La dinámica de mayor confrontación entre gobierno y oposición ayuda al blindaje interno. Está claro que esa tensión está representada en múltiples espacios políticos; está representada en el gobierno, está representada en el Consejo de Ministros, donde hay pluralidad también de divisiones sobre el tema; está representada en el Parlamento; está representada en la interna del Frente Amplio. Hoy no es un problema enorme, las encuestas muestran que la amplia mayoría del Frente Amplio aprueba el desempeño de Orsi, que le tiene confianza.

    Los niveles de imagen personal de Orsi son muy altos, casi al mismo nivel que los de Lacalle Pou. De hecho, tiene menos rechazo que Lacalle Pou. Son los dos líderes que están absolutamente despegados en términos de imagen de todo el resto. Sobre la gestión puntualmente empieza a haber algunas dudas, alguna gente que empieza a desaprobar, algunos en el medio, pero no está instalado un nivel de insatisfacción extendido hacia el gobierno. Los niveles de imagen personal de Orsi son muy altos, casi al mismo nivel que los de Lacalle Pou. De hecho, tiene menos rechazo que Lacalle Pou. Son los dos líderes que están absolutamente despegados en términos de imagen de todo el resto. Sobre la gestión puntualmente empieza a haber algunas dudas, alguna gente que empieza a desaprobar, algunos en el medio, pero no está instalado un nivel de insatisfacción extendido hacia el gobierno.

    —El Frente Amplio en campaña prometió “la revolución de las cosas simples” y por ahora parece no tener "buques insignia", como otros gobiernos. ¿Eso puede ser una debilidad?

    —Si uno compara el gobierno de 2025 con el de 2005, sí, está claro que la densidad transformadora del programa del Frente Amplio de 2005 era bastante mayor que la del Frente Amplio de 2025. Pero eso también es producto de una circunstancia histórica del 2005, una acumulación de muchos años del Frente Amplio para llegar al poder y proponer un conjunto de reformas estructurales.

    —¿Pero puede jugarle en contra?

    —No necesariamente. Sí hay una cuestión que tiene que ver con el dominio de la agenda política, pero que es más táctico que estratégico. Aquellos gobiernos que son capaces de dominar la agenda evidentemente logran mayores réditos en términos de de apoyo público que los que no lo son, y eso requiere un ejercicio constante de estar colocando temas. Pero no es fácil hoy colocar un tema en la agenda pública. Por un lado, porque la agenda informativa está muy fragmentada; por el otro, tenemos una opinión pública saturada por todo el ciclo político electoral pandémico, la LUC (Ley de Urgente Consideración), referéndum, y hubo una especie de desconexión tras el ciclo electoral muy largo. Eso se suma a un fenómeno de mediano plazo, donde la política ha perdido un poco de centralidad para una parte del electorado.

    —¿Cree que hay una desconexión entre las preocupaciones de la gente y la discusión política? ¿Es eso algo nuevo?

    —Es algo normal, pero quizás la desconexión es mayor y está acompañada de una saturación. Cuando lo único que penetra en esos sectores menos interesados o que coyunturalmente están menos interesados en política es el conflicto y la agresión, se va generando una sensación de malestar acumulado. Tenemos un cambio en la comunicación política, con la instalación de las redes sociales como uno de los actores predominantes de la comunicación política. Una parte de la dirigencia política empieza a tomar como métrica de éxito de su accionar la cantidad de viralizaciones, likes, etcétera, ¿no? Y como ya sabemos que la cantidad de viralizaciones, etcétera en general se asocia más a lo negativo que a lo positivo, cuando los dirigentes políticos están mirando esas métricas, creo que cometen un profundo error. Los incentivos que ellos ven los llevan hacia conductas que probablemente a mediano plazo y en términos sistémicos no son positivas.

    Ignacio-Zuasnabar
    Ignacio Zuasnabar durante la entrevista con Búsqueda.

    Ignacio Zuasnabar durante la entrevista con Búsqueda.

    —Hablaba de los ruidos en la izquierda. ¿Cómo opera el hecho de que el Movimiento de Participación Popular (MPP) sea el sector mayoritario del oficialismo?

    —Es un factor que le da mucha estabilidad. Buena parte del manejo de estas discrepancias internas sería más complejo si a su vez no hubiera un sector mayoritario en el Parlamento. El MPP es un conglomerado donde pueden coexistir heterogeneidades similares distintas, pero hasta ahora ha actuado de manera bastante monolítica. El MPP es, además, un agente eficaz en el juego parlamentario, siempre lo fue y ahora también desde el gobierno. Lo está mostrando en la discusión parlamentaria, en la que, sin mayorías, todo va transcurriendo sin mayores incidencias.

    —Con respecto a Lacalle Pou, si bien falta mucho, ¿sus sondeos muestran que es el candidato natural para 2029?

    —Todavía no ha dicho si pretende ser candidato nuevamente, pero si uno mira las encuestas está claro que es el líder de mejor imagen del bloque de la coalición con distancia. También hay un montón de incertidumbres en el medio, que tienen que ver con el formato de competencia, una pregunta que no es trivial. No parece haber construida una institucionalidad demasiado fuerte en torno a la coalición, más bien algunos intentos de coordinación parlamentaria. También es incierto cómo va a evolucionar esto hacia 2029, si habrá una especie de acuerdo mayor, de qué magnitud, solo a nivel departamental, de nivel nacional. Hoy el camino trazado, si no hay novedades, es que habrá una interna en cada uno de los partidos, y después entre los candidatos ganadores eventualmente podrá haber, al igual que hubo en las elecciones anteriores, un acuerdo para la segunda vuelta. Hay que ver si se construye un lema único. Está claro que la coalición hoy tiene una fortaleza muy grande en la imagen de Lacalle Pou, es un activo político muy fuerte. También es cierto que depender tan fuertemente de un único activo político puede terminar transformándose en un problema.

    —Decía que es bueno que los partidos de la oposición respondan a distintas sensibilidades, ¿pero no sería más conveniente que se mostraran más unidos como bloque?

    —No veo un problema en que la oposición no esté actuando como bloque unido en este momento. El esfuerzo de generar acuerdos y posiciones únicas sería tan grande y tan costoso que probablemente terminaría siendo perjudicial. A medida que avance el ciclo habrá más incentivos para que aquellos que se consideren parte de un espacio político común, una especie de coalición, empiecen a pensar en conjunto en estrategias electorales.

    —¿Ese bloque está mejor parado que en otras ocasiones para intentar recuperar el gobierno?

    —Cuando mirás cómo se han movido algunos indicadores de opinión pública posresultado electoral de 2024, una cosa que mostraron las encuestas de Equipos es la estabilidad de las identidades ideológicas. Eso es bien interesante porque en general, en ciclos anteriores, sobre todo con el ciclo exitoso de la izquierda… Cuando la izquierda llega al gobierno en 2005 no solo gana, sino que se produce un efecto de fuerte disminución de la derecha y centroderecha como identidad social. Y eso para la centroderecha y derecha fue muy costoso, llevó tiempo recuperar. Este ciclo fue distinto, porque la izquierda gana el gobierno, pero no hay variaciones fuertes en términos de la matriz de identidad social. Entonces, la centroderecha y derecha derrotada en el día después se encuentra con una base social e ideológica igual de fuerte que cuando ganó en 2019 y cuenta con un liderazgo fuerte como el de Lacalle Pou. Desde ese punto de vista, más allá de lo duro de las derrotas, la oposición está parada en un lugar de más fortaleza que la que tenía la oposición en 2005.

    —No tiene que hacer una reconstrucción tan grande para dar la pelea.

    —Por lo menos tiene la base social, que es en torno al 30% del electorado. No es una base enorme, pero no parece haber habido ni un incremento de las identidades de izquierda ni una disminución de las identidades de derecha.

    Hoy el camino trazado, si no hay novedades, es que habrá una interna en cada uno de los partidos, y después entre los candidatos ganadores eventualmente podrá haber, al igual que hubo en las elecciones anteriores, un acuerdo para la segunda vuelta. Hay que ver si se construye un lema único. Está claro que la coalición hoy tiene una fortaleza muy grande en la imagen de Lacalle Pou, es un activo político muy fuerte. Hoy el camino trazado, si no hay novedades, es que habrá una interna en cada uno de los partidos, y después entre los candidatos ganadores eventualmente podrá haber, al igual que hubo en las elecciones anteriores, un acuerdo para la segunda vuelta. Hay que ver si se construye un lema único. Está claro que la coalición hoy tiene una fortaleza muy grande en la imagen de Lacalle Pou, es un activo político muy fuerte.

    —En los sondeos de Equipos Consultores, ¿hay registro de la disputa por liderazgos en la interna de los partidos de oposición?

    —Es maravillosa la política uruguaya porque en los semilleros de los partidos uno inmediatamente identifica a un conjunto amplio de nombres que podrían estar constituyendo sectores, propuestas, candidaturas. Efectivamente, en el Partido Nacional tenés varios jugadores: está Delgado en la presidencia del directorio; tenés a Javier García desde el Senado; tenés a Martín Lema creando eventualmente un sector nuevo; tenés a la excandidata a presidenta de la interna Laura Raffo; a la exvicepresidenta Beatriz Argimón, ahora en un cargo internacional; tenés cierta fuerza de intendentes emergentes como Nicolás Olivera, que está intentando dar voz a esa parte del electorado nacionalista al interior; tenés al intendente de Florida, Carlos Enciso. En el Partido Colorado tenés algo parecido, aunque capaz con más concentración en dos figuras: Andrés Ojeda y Pedro Bordaberry. Pero, si uno contrasta la situación actual del Partido Colorado con la de cinco años atrás, a esta altura ya (Ernesto) Talvi se había retirado de la política y la orfandad en el Partido Colorado era absoluta. Hoy el Partido Colorado, desde la oposición, está parado mucho mejor porque hay gente agarrando sus banderas más de lo que lo estaba haciendo hace cinco años. El Partido Independiente persiste con un espacio relativamente constante. Cabildo, si se quiere, es el signo de interrogación mayor, después de una derrota electoral y ahora con esta posición un poquito más ambigua o libre.

    —Es el que la ha dado los votos al oficialismo en temas clave.

    —Hay un rol de Guido Manini que tiene en agenda algunos temas, pero evidentemente los diputados también terminan siendo clave. Hay más de incertidumbre, pero con el potencial también de construir algo hacia adelante. La suerte de Cabildo creo que depende más de la estrategia político-electoral que desarrolle de 2027 a 2028 en adelante.

    —¿Y Gustavo Salle?

    —Identidad Soberana es un actor que ha terminado consolidando un electorado chico, pero no despreciable, que se mantiene y que se nutre algo de este descontento político, que hoy en Uruguay no es mayoritario.

    —El Frente Amplio va a tener que buscar un nuevo candidato para 2029, dado que Orsi no puede repetir.

    —Lo mismo que decía para la oposición vale para el Frente Amplio. Hay un conjunto de figuras que podrían estar peleando lugares de relevancia. Desde la vicepresidenta Carolina Cosse, el intendente de Montevideo, Mario Bergara; el presidente del Frente Amplio, Fernando Pereira; Alejandro Sánchez, secretario de Presidencia y figura central del gobierno y del MPP; la senadora Blanca Rodríguez, que tiene imagen positiva y algunos la mencionan jugando algún rol relevante; la ministra de Salud, Cristina Lustemberg, que está generando una buena imagen; en menor medida el ministro de Economía, Gabriel Oddone; el senador Óscar Andrade, que siempre ha tenido una base de apoyo relativamente importante; Jorge Díaz, el prosecretario de la Presidencia. Todo esto habla de partidos vivos y partidos ricos, el tiempo dirá.

    —Hablaba de la derrota electoral del gobierno y justo ahora hay un proceso de autocrítica iniciado por el Partido Nacional. ¿Cuál es su conclusión?

    —Los procesos de autocrítica hay que manejarlos con mucho cuidado porque corren siempre el riesgo de desbarrancar hacia una cuestión de canibalización interna que termina siendo negativa. Creo que el Partido Nacional lo está manejando con mucho cuidado y con mucho equilibrio, no veo que esa canibalización fuerte haya aparecido, pero la tentación está.

    —¿A qué atribuye la derrota?

    —No hay una respuesta a esa pregunta, siempre son fenómenos multicausales. Depende de desde dónde se aborde. Uno podría preguntar por qué el Partido Nacional perdió o podría preguntar por qué el Frente Amplio ganó. Uno puede decir: “Bueno, pero es la misma pregunta”. Pero te llevan a mirar cosas distintas. Un resultado electoral puede tener que ver con errores propios, pero también con méritos de los adversarios. Sería, a mi juicio, imposible que del proceso de autocrítica emergiera una conclusión de que esta fue la causa por la que el Partido Nacional perdió o la causa por la que el Frente Amplio ganó, porque obviamente nunca hay una causa única.

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