—¿Cuál es el rol que juega la OEA para la política exterior del gobierno de Orsi? ¿Con qué mandato asumió el cargo?
—El presidente y el ministro han planteado que la estrategia de Uruguay en este mundo complejo y polarizado es contribuir al diálogo, la paz y los valores de los derechos humanos y la democracia que nos caracterizan. Todo desde una perspectiva de tender puentes, de ser articuladores y no de aumentar las divisiones. Cuando Orsi asume, en su discurso inaugural en el Palacio Legislativo, creo que fue muy significativo que habló de tener un rol en el Mercosur, en la Celac (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños) y en la OEA. La OEA está en un momento clave porque hay un nuevo secretario general, que viene con una impronta, que por primera vez es un representante del Caribe. La OEA es el espacio hemisférico privilegiado para el diálogo con América del Norte, con Estados Unidos y Canadá, donde tenemos un diálogo político, jurídico y de distinta naturaleza.
Edison Lanza durante una asamblea de la OEA
Representante de Uruguay, Edison Lanza, durante una sesión del Consejo Permanente de la OEA
—Hay también un nuevo gobierno en Estados Unidos…
—Todavía no llegó el nuevo representante de la administración Trump, con lo cual estamos en un buen momento para ver las nuevas prioridades de la organización y de los países que tienen mucha incidencia en la OEA. En ese sentido, participamos activamente en varias cuestiones que han pasado en estos dos últimos meses. Se eligió una nueva secretaria general adjunta, que es Laura Gil, una uruguayo-colombiana, cuya candidatura también promovió Uruguay para dar un equilibrio geográfico y regional. La OEA está procesando también una reforma administrativa para enfocarse estos próximos cinco años, que implica una reducción a cuatro secretarías generales, que son las más tradicionales: seguridad hemisférica, democracia, desarrollo y asuntos jurídicos. También se ha diseñado una nueva dirección ejecutiva, una suerte más de gerencia general, que solicitó en este caso Estados Unidos y que Uruguay también apoyó, porque la OEA sin duda tiene que ser muy eficaz con los fondos que administra y que gestiona, eso lo compartimos totalmente. Estados Unidos, ya con la nueva administración, promovió una candidata a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, de nacionalidad americano-cubana: Rosa María Payá, y logró el apoyo de una mayoría para uno de los cargos. También se ratificó a un candidato impulsado por México y a otra por el Caribe. Por lo tanto, pese a las divergencias que pueda haber a nivel de gobiernos y demás, Estados Unidos mostró interés en el Sistema Interamericano de Derechos Humanos; nadie impulsa candidaturas si no cree en la importancia de la organización para la que postula.
—¿Espera Uruguay un cambio de rumbo en relación con lo que fue la gestión de Luis Almagro?
—No hay una posición de comparar. Estamos en una nueva etapa, esa es la realidad después de 10 años del anterior secretario general con, bueno... su impronta muy marcada. Uruguay acompañó la elección del nuevo secretario general con su voto porque queremos una OEA fuerte, no venimos a bajarle el perfil.
—En su primer discurso, durante la sesión del Consejo Permanente del 20 de agosto, planteaba que la región enfrenta desafíos, crecen los cuestionamientos a los principios democráticos fundamentales y en algunos países la democracia ha sido socavada y hay presos políticos y exiliados. Dijo también que la Carta Democrática de la OEA es un instrumento “excelente”, pero hay riesgo de “inmovilismo”. ¿Cómo debería la OEA pararse ante estos fenómenos de deterioro democrático en la región?
—Primero, volviendo a reiterar que la prosperidad, el desarrollo, la seguridad, todo tiene sentido si se hace en el marco de los principios democráticos. Por ejemplo, recientemente hubo elecciones en Bolivia, que fueron muy importantes y donde, mediante el diálogo, la OEA volvió a estar presente con sus misiones de observación electoral y, más allá de la lectura política, lo interesante es que nadie ha cuestionado el funcionamiento ni el resultado. Creo que es un valor agregado de la OEA que se tiene que seguir manteniendo. Es decir, en todos aquellos lugares donde pueda hacer garantía de las instituciones democráticas hay que estar.
Luego hay situaciones donde notoriamente para el baile se necesitan dos. Entonces, están los casos de Nicaragua, que ha denunciado la carta de la OEA y se ha retirado de la organización, y el caso de Venezuela, que tampoco está participando en los órganos políticos. Y, sin embargo, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos sigue monitoreando y vigilando —cosa que nosotros apoyamos— la situación de los derechos humanos y denunciando en este caso la existencia de posibles abusos. Hay que seguir haciéndolo porque es el Sistema Interamericano de Derechos Humanos, es el sistema que hemos construido entre todos los pueblos de las Américas. Cuando enfrentamos situaciones de autoritarismo, incluso de dictadura, en las dictaduras del Cono Sur, la Comisión Interamericana jugó un papel clave: no dejó de funcionar por el hecho de que hubiese una interrupción del orden institucional.
Ese rol, que a veces es complejo en situaciones de autoritarismo y de corrupción institucional, hay que seguir apoyándolo. Recientemente, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos hizo una actualización de la situación de Venezuela en materia de derechos humanos y Uruguay, junto con toda la membresía, habilitó que se hiciera ese informe. Mostramos la misma preocupación de siempre por la situación de los presos políticos que denunció la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, de las restricciones para el trabajo de la prensa, de las restricciones a los opositores políticos. Y esto generó una presión más y hoy nos estamos encontrando con la buena noticia de que se hayan liberado a 13 presos políticos y se haya otorgado prisión domiciliaria para otros. Es lo que estamos pudiendo hacer por el momento, ¿sí? En buena medida, el Sistema Interamericano de Derechos Humanos es el que nos da las herramientas objetivas para decir: bueno, en este país hay restricciones, en este país hay problemas, en este país hay presos políticos. Ese rol creemos que es fundamental y Uruguay mantiene su compromiso.
—Mencionó a Nicaragua y Venezuela como ejemplos del deterioro democrático. Organizaciones internacionales han cuestionado la situación de El Salvador, donde hay megacárceles sobre las que hay denuncias de violaciones a los derechos humanos y decenas de periodistas exiliados. En estas semanas, además, el oficialismo eliminó la restricción a la reelección y habilitó así a que el presidente Nayib Bukele pueda perpetuarse en el poder.
—Ahí hay una diferencia sustantiva y es que, en este caso, el resto de los países de la región, incluido El Salvador, que mencionabas, están participando plenamente de la organización, no han dejado de reconocer ni denunciado la carta constitutiva de la OEA ni su carta democrática. Periódicamente, como se sabe, la Comisión Interamericana realiza un informe anual de la situación de cada uno de los países de la región en materia de derechos humanos, que incluye realizar visitas a los distintos países. Vamos a estar en lo que la Comisión Interamericana establezca porque creemos, como decía recién, que si uno tiene una comisión especializada, que es autoridad especializada en materia de derechos humanos, es importante mantener su independencia, su autonomía en cuanto a los dictámenes que realiza y la objetividad que debe tener para poder tomar posiciones. Ya ha habido señalamientos de la Comisión Interamericana, en el caso de El Salvador y de otros países, y nosotros vamos a estar mirándolos y observándolos. En los órganos políticos no hay ninguna situación concreta o resolución planteada al respecto, pero sí creemos que todos los países tenemos que estar abiertos al escrutinio de los órganos de derechos humanos.
—Su antecesor, Washington Abdala, tuvo un perfil muy alto en el cargo, con intervenciones muy críticas, varias sobre la crisis en Venezuela, que luego se viralizaban. ¿Cuál va a ser su tono?
—El tono no lo da una persona sola, sino que lo da un gobierno. El valor agregado del país —y yo lo sentí personalmente ahora en mi primera intervención y cuando me designan frente a la Comisión de Asuntos Jurídicos y Políticos de la OEA— es su récord acumulado en materia de democracia y derechos humanos, lo que nos habilita la confianza del resto de la membresía para ser un elemento articulador y no un elemento divisivo o que genere posiciones que no contribuyan a avanzar en el diálogo y la paz en la región. Estoy encuadrado en una acción de gobierno que es muy clara: la idea de que la región tiene que superar las diferencias de gobierno e ideológicas de cualquier signo, que camine en lo posible con definiciones que se puedan tomar en conjunto, con los mayores consensos posibles. Obviamente, siempre vamos a estar preocupados por los temas de derechos humanos, vamos a alzar nuestra voz cuando algún país se aparte del respeto a los instrumentos internacionales de derechos humanos, no avalamos la existencia de persecución a los opositores, a los periodistas, a los defensores de derechos humanos.
—¿Le parece posible alcanzar consenso en la OEA con la disparidad de miradas ideológicas?
—Este es el desafío. Por eso es tan importante esta señal que dieron todos los países al designarse en la Comisión de Asuntos Jurídicos y Políticos, donde se discuten las resoluciones sobre democracia, sobre derechos humanos, que luego van a la Asamblea General. En la diversidad tenemos que tratar de construir. Hay que leer cada tiempo, tal vez en algún otro momento se avanzó muchísimo en términos de igualdad, de no discriminación. Uruguay, por supuesto, ha estado a la vanguardia con leyes, como el matrimonio igualitario, la legalización de la marihuana, la ley que reconoce los derechos de las personas trans, por supuesto, un país que avanza en términos de igualdad entre hombres y mujeres. Hoy hay que ver a qué paso se puede avanzar, en qué tema se puede avanzar y en cuáles no hay que retroceder. Hay que hacer, de alguna manera, un control de que los estándares que ya están establecidos y que están consolidados no retrocedan, como establece el principio de no regresividad en materia de derechos humanos.
En la OEA no se impone la línea de un país, sino que se construye, como dice el presidente, con diálogo. Entonces, tenemos posiciones seguramente que no son similares a las nuestras en estos temas, pero también hay otros países que tienen posiciones más similares a las nuestras, como Canadá, México o Brasil, ¿verdad? Entre todos tenemos que tener la sabiduría, yo creo que los colectivos tienen la sabiduría, de pensar que somos una región sola, que no nos vamos a mudar y que vamos a tener que dialogar. Tenemos que encontrar los mínimos, los temas donde podemos avanzar, los intereses comunes, negociar mucho y hablar con todos. Esa es un poco la tarea, sabiendo de arranque que no es fácil. Decía en el discurso que tenemos que salir del inmovilismo, porque muchas veces caemos en el error de decir “bueno, la región solo puede avanzar si está toda alineada en un signo político”. Eso no va a pasar nunca. Es muy difícil que haya grandes mayorías alineadas, y la política hoy se ha vuelto muy dinámica y muy cambiante, y, por tanto, tenemos que superar esa forma de ver las cosas y movernos aún en la diversidad político-ideológica, ¿no?