Yo me quedaré sentado en la cumbre del Olimpo
En pleno Mundial 2026 y en época de pantalla total, esta entrega de Algo que quiero contarte (newsletter de temas culturales) reflexiona sobre la emoción y las imágenes que transmitían (¿o siguen transmitiendo?) los relatos de fútbol
Yo me quedaré sentado en la cumbre del Olimpo
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáy recrearé mi espíritu contemplando la batalla.
(La Ilíada, Homero, Combate de los dioses)
La modulación de la voz, el ritmo, las pausas, los gritos y los silencios: quienes dominan la narración oral saben cómo manejar estos recursos y provocar “la magia” que hace visible aquello que no se ve. Cuando la palabra hablada se vuelve imagen, la audiencia está asegurada.
Lo sabían los juglares que recitaban los cantares de gesta con las hazañas de caballeros y guerreros; lo sabían los cronistas de la conquista cuando transmitían su asombro por los nuevos mundos; lo saben los “habladores” de comunidades indígenas que narran mitos y leyendas para mantener la memoria de sus pueblos; lo saben quienes dominan la oratoria política y los cuentacuentos de relatos infantiles.
Y también lo saben los relatores de fútbol, verdaderos cronistas populares de las hazañas y de los fracasos en las canchas. La radio fue el instrumento ideal para llevar masivamente los partidos a los hogares. No han necesitado tener una voz potente, sino dominar el arte de la narración. El uso de metáforas y comparaciones (con esforzados intentos poéticos o con alusiones a la vida cotidiana), el chiste y también alguna grosería han condimentado hasta hoy esos relatos.
En general, para los más veteranos no hubo mejor relator de fútbol que Carlos Solé (1916-1975). Recuerdan su profesionalismo, la emoción de sus transmisiones y su voz desgarrada en el micrófono. En 2005, el Día del Patrimonio tuvo como lema: “Patrimonio sonoro del Uruguay. Carlos Solé. El relato deportivo”. La Comisión del Patrimonio, en aquel momento presidida por Manuel Esmoris, fundamentó así la elección de Solé: “A través de su voz, fueron recreados algunos de los episodios más importantes del fútbol uruguayo: Campeonato Mundial de 1950 en Brasil, Campeonato Mundial de 1954 en Suiza. Copas Libertadores e Intercontinentales de 1960, 1961, 1966, 1971. Su voz grave, su emotividad, su capacidad técnica para transmitir las jugadas y todo el entorno del evento, desde el tiempo hasta el cálculo de la cantidad de público, su golpe de vista para captar lo pertinente en las situaciones confusas, su elocuencia generadora de imágenes inolvidables creó un estilo único y original”.
En la publicación La galena del sur, se recuerdan, en un artículo llamado Breve historia del relato deportivo en Uruguay, figuras destacadas antes y después de Solé. Allí se pueden escuchar algunas de sus famosas transmisiones. Entre ellas, por supuesto, su relato del Maracanazo de 1950:
“La alegría es indescriptible, se vive en el pecho y en la garganta, se anuda y no permite que el pensamiento fluya”, dijo después de que Uruguay ganara con el segundo gol de Alcides Ghiggia.
Otro de los relatores recordados es Víctor Hugo Morales, una figura controvertida por su involucramiento en la política, pero reconocido por sus transmisiones deportivas, tanto en Uruguay, donde comenzó, como en Argentina. Especialmente se recuerda su relato del partido Argentina-Inglaterra en 1986, hace exactamente 40 años. Fue en el Estadio Azteca por los cuartos de final de la Copa del Mundo. El partido lo ganó Argentina con dos goles de Maradona, uno de ellos lo hizo con la mano izquierda, y pasó a la historia como “la mano de Dios”. El segundo, se lo llamó "el gol del siglo", fue cuatro minutos después, y el relato de esa jugada en la voz de Víctor Hugo es el que también pasó a la historia. A su característico “ta, ta, ta, ta”, le sumó el apodo de “barrilete cósmico” para el jugador:
“Maradona, en una corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos... barrilete cósmico... ¿de qué planeta viniste para dejar en el camino tanto inglés?, para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina... Argentina 2, Inglaterra 0... ¡Diegol, Diegol, Diego Armando Maradona!... ¡Gracias, Dios, por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas! Por este Argentina 2, Inglaterra 0”.
El resultado del partido cobra otra dimensión si se piensa en la rivalidad de los países desde 1982, cuando tropas de Argentina, que estaba en dictadura, desembarcaron en las islas Malvinas para recuperarlas. Hasta hoy, ninguno de los países cedió la soberanía de las islas.
Si bien el deporte y los mundiales de fútbol se han querido impulsar como acontecimientos propicios para la unión de los pueblos, el propio lenguaje futbolero dice lo contrario. No solo por la agresividad de los cánticos, sino porque hay todo un vocabulario asociado al de la guerra.
En el relato deportivo suele hablarse del “duelo” entre contrincantes. A veces se “fusila” al arquero con los “tiros” al arco. Hay atacantes, defensas, ofensiva, repliegue y retaguardia. Hay agonistas, gladiadores y matadores, como Edinson Cavani, apodado el Matador.
Todo alimenta la imaginación de los escuchas y también una identidad común detrás de la bandera que hay que defender. Todo alimenta la épica, como la que cantaban los juglares al recrear una batalla.
El relato televisado se volvió más sobrio que en la radio, menos verborrágico porque no tiene que crear imágenes con palabras. Pero tal vez, justamente por eso, los relatores radiales han seguido existiendo.
En tiempos de pantalla total, que se enfoca en la estética de los jugadores, en sus tatuajes y peinados tanto como en las jugadas, ¿se sigue manteniendo la épica futbolera en el relato deportivo? ¿Qué pasa con la imaginación cuando se lo muestra todo?
Mi nombre es Silvana Tanzi y esta es otra entrega de Algo que quiero contarte, newsletter de temas culturales. Si querés escribirme con tus comentarios o sugerencias, podés hacerlo a [email protected].
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Quienes me conocen están un poco asombrados de verme desde hace días escuchando viejas transmisiones de fútbol. Saben que tengo una especie de fobia, no al deporte en sí, sino a todo lo que lo rodea: los comentarios eternos, monótonos, inconducentes; la violencia de los barrabravas (y la complicidad de los dirigentes), el negocio en torno al fútbol, los millones que se pagan por poder transmitir… Sí, me pongo insoportablemente principista. Mucho más en época del Mundial 2026, con todo su contexto de guerra y en un territorio de persecuciones a los inmigrantes. Además, los partidos me aburren.
“Al final el fútbol te venció por la palabra”, me dijo un compañero cuando sintió que me reía al escuchar un audio con el comentario de un viejo relator. Es que en realidad siempre me llamó la atención el relato deportivo, no tanto por su contenido, sino por esa forma de narrar sin aliento, como si estuviera por suceder algo muy bueno o muy malo en cualquier momento, en todo momento. Pero si se mira la pantalla, lo único que pasa es que un jugador le patea la pelota a otro jugador.
Ese ritmo creado con palabras fue la banda sonora de los fines de semana de mi infancia, posiblemente también de la tuya. Pero creo que recién me di cuenta de que esos relatos constituían un legado cuando en el 2005 se habló de ellos como “patrimonio sonoro”. Me di cuenta de que había algo sobre la identidad en esos sonidos de la infancia, algo de historia y hazañas compartidas.
Me hizo recordar a mi padre, que iba a la cancha con su Spica para escuchar a su relator (no recuerdo cuál era), mientras se desarrollaba el partido. O bajaba el volumen de la televisión y, mientras miraba la pantalla, escuchaba la transmisión de la radio. Porque la imagen no lo daba todo, necesitaba la épica que transmitía la voz.
El gran humorista Jorge Esmoris hizo algo maravilloso que también me trajo aquellos sonidos de la infancia: unió relato de fútbol con literatura. O dicho de otro modo, relató episodios de clásicos de la literatura como si fueran partidos de fútbol. Y todo con su voz y la de su equipo: Gonzalo Eyherabide (el profe a cargo de los comentarios y la locución comercial), Gustavo Fernández Insúa y Martín Avdolov como movileros desde la cancha.
Cuando se une la originalidad y la genialidad, surge un programa radial como Nacidos para perder, que se transmitió desde inicios del 2000 y durante años por El Espectador.
Aquí te dejo el episodio de Barranca abajo de Florencio Sánchez:
Y aquí un desopilante episodio de la Biblia transmitido en un programa anterior de X FM que se llamó Ajo y agua. La parodia del relato de fútbol en su mayor esplendor.
Las señales me rodean de forma inesperada. Hace unos meses, fui a un cumpleaños familiar y los niños estaban jugando con unos walkie-talkies a perseguirse. Creo que las niñas eran policías y los niños los malhechores, primera señal, pero no fue la que me sorprendió.
Lo que llamó mi atención fue que cuando hablaban por el walkie-talkie decían: “Atento, Casco”. Los adultos nos reíamos, pero en mi caso no sabía exactamente por qué se había hecho tan popular la expresión. Tenía una vaga idea de que venía de un relator deportivo, Ruben Casco (1932–2006), pero no sabía bien su origen. Me pasa lo mismo con el “Tuya, Héctor”.
Entonces me puse a buscar y me enteré de que Casco tenía un sentido del humor muy especial y se tomaba su tiempo cuando veía venir una jugada que podía terminar en gol. Entonces él mismo se decía “Atento, Casco” y alertaba a su equipo técnico. Y esa expresión pasó a la historia como otro de los legados sonoros del fútbol.
En un artículo de Nelson Barceló en la diaria, que te recomiendo, encontré un fragmento de una de sus transmisiones:
“Va uno para afuera, una verde para (Enrique) Peña. ¡Qué cosa bárbara este Peña, cómo golpea este muchacho! Muchacho tranquilo, que atiende una biblioteca. Un hombre dedicado a la lectura, a la meditación, incluso es del culto Babalú, culto que requiere mucha sobriedad. Se olvidó del culto y le pega en el culto a todo el mundo, Tito (Bernardo)”.
Encontré otro artículo que no tiene que ver con Casco, pero sí con el lenguaje futbolero. Lo escribió el periodista Luis Prats, para Ovación, de El País, y también te lo recomiendo. Así como Esmoris encontró la forma de llevar el ritmo del relato deportivo a la literatura, Prats encontró unas cuantas expresiones que usamos a diario y que provienen del fútbol.
“Las voces futboleras no son solamente las de los relatores radiales, ni las cosas que gritan los hinchas. El devenir de la pelota está tan presente en la vida de la gente que a menudo se habla de fútbol cuando no se está hablando de fútbol”, dice al comienzo de su artículo.
Algunas de las voces que aparecen en su lista, y que tenemos muy incorporadas sin darnos cuenta, son: ¡abran cancha!, agarrarla en el aire, a esta altura del partido, bajar la pelota… ¿Se te ocurre alguna otra?
Como ya te conté, no soy de mirar partidos de fútbol. Ni siquiera en momentos mundialistas. Entonces les pedí a amigos, compañeros de trabajo y familiares que mientras veían el Mundial me enviaran frases de relatores de fútbol que les llamaran la atención por ser graciosas, extravagantes o ridículamente poéticas.
Tengo que agradecer, entonces, a quienes se tomaron el trabajo de escuchar y anotar: integrantes de la redacción de Búsqueda-Galería, mi amiga futbolera Vicky y mis amigas correctoras con quienes tengo un grupo llamado Las Mismas (tal vez te cuente en otra ocasión por qué ese nombre). Y debo decirlo: participaron todas mujeres. ¿Será por el fútbol o por el lenguaje? Te la dejo picando (y ahí tenés otra expresión futbolera).
Pensé que no iba a tener un gran retorno de frases o expresiones, porque si las transmisiones televisadas son un poco planas, las de los mundiales aún lo son más. Pero hubo una buena cosecha de relatores uruguayos y argentinos. Va una selección anónima porque algunos nombres se me perdieron o no estaban. Las aclaraciones entre paréntesis son mías:
Fuera del relato deportivo te dejo otra: “Que no hayamos ganado hoy se debe a que no conseguimos nuestra mejor versión”. Sí, adivinaste, es de Marcelo Bielsa después del empate de Uruguay con Arabia Saudita.
Como en aquel partido de Argentina-Inglaterra de 1986, cada tanto “hay algo que sigue vivo” en los cuadros que se enfrentan, pero no siempre ese algo es espiritual o amistoso. Eso pasó en 1969 en el enfrentamiento (nunca tan bien empleado el término) entre Honduras y El Salvador.
“Nadie le gana a Honduras”, “Vamos a vengarnos de ese 3-0” son algunos de los grafitis que el periodista polaco Ryszard Kapuscinski encontró en las calles hondureñas e incorporó a su libro La guerra del fútbol (1978). Allí contó el enfrentamiento entre El Salvador y Honduras en la cancha y en las calles. Porque durante cuatro días de 1969, ambos países se enfrentaron en un conflicto que dejó miles de personas muertas. Pero todo empezó en la disputa para entrar al Mundial de México de 1970.
En el Estadio Azteca las selecciones estaban jugando su tercer partido. Honduras había ganado 1-0 en Tegucigalpa, y El Salvador había ganado 3-0 de local. En ambos partidos hubo estallidos de violencia. Aquel día de 1969 era el partido definitorio y empataron, por lo que tuvieron que ir a alargues. El Salvador terminó ganando. A las tres semanas, estaban en guerra. Te recomiendo el libro de Kapuscinski, una verdadera crónica sobre la violencia latente que explota a partir del fútbol.
En 1914 se encuentra el reverso de ese episodio. Durante la I Guerra Mundial, en la víspera de Navidad, soldados aliados y alemanes detuvieron los disparos, salieron de sus trincheras, compartieron cantos, alimentos e improvisaron partidos de fútbol. El acontecimiento se llamó Tregua de Navidad, y el escritor Robert Graves lo tansformó en un cuento con ese mismo nombre en 1962, de indudable tono biográfico.
¿Pensás que hoy se podría organizar un partido de fútbol pacífico entre países en guerra? Mi respuesta es tan negativa que supera mi rechazo a los entornos futboleros.
Pero ahora vuelvo a las crónicas deportivas y a mi escucha de viejos relatores. Entonces siento el llanto de Solé en el micrófono cuando Juan Eduardo Hohberg hizo un gol y Uruguay logró empatarle a Hungría en el Mundial de Suiza de 1954.
Uruguay terminó perdiendo en la definición por penales, pero el llanto de Solé pasó a integrar, una vez más, el patrimonio sonoro del país. Escucho y entiendo un poco más el bajón y la rabia de estos días, y la necesidad de tener como sociedad el relato de una hazaña —futbolera, histórica, política— que fortalezca la identidad. Vuelvo a escuchar a Solé y siento una lejana emoción.
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Antes de despedirme, te propongo leer esta columna de Emma Sanguinetti sobre el Estadio Azteca, tan mencionado en esta newsletter.