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    ‘Variaciones de lo real’, muestra de fotografías de Alicia Haber en la sala Nicolás Loureiro de El Galpón

    “Siempre me interesó la fotografía; cuando me jubilé me vino un arranque, una pasión, y las pasiones no se pueden explicar”, dice Haber, quien fue crítica y curadora de arte de larga trayectoria

    Su nombre está asociado con la crítica y la curaduría de arte, profesiones en las que tuvo una larga y reconocida trayectoria. Pero una vez jubilada, Alicia Haber adoptó lo que ella llama una pasión: la fotografía. Con su cámara Sony Alpha ha andado y desandado calles y esquinas, se ha detenido en un charco de agua, en un vidrio mojado por la lluvia, en una mano que se asoma a la ventana de un ómnibus detenido o en escenas de la vida cotidiana. La luz y la sombra, el movimiento, la superposición, la distorsión, los reflejos en el agua o la soledad del covid han pasado por su cámara y por el tratamiento con Photoshop. El resultado son fotos pictóricas, y algunas realmente se pueden confundir con pinturas. “Pero son fotos”, aclara Haber en su apartamento. Un gran ventanal permite ver el parque que fue inspiración de una de las fotos en tonos de verde, que se asemeja a un cuadro impresionista. Es una de las favoritas de la muestra Variaciones de lo real, que con curaduría del fotógrafo Armando Sartorotti se exhibe en la Sala Nicolás Loureiro de El Galpón. “Después de tantos años dedicada a ver las obras de los otros, necesité entrar en un espacio creativo propio donde la subjetividad fuera más importante que la explicación”, escribió Haber en el catálogo de la muestra. Estudiosa y viajera incansable, ha sido docente de Historia del Arte en el IPA, directora y curadora en museos de la Intendencia de Montevideo y crítica de arte en El País. Ha escrito libros, ensayos y catálogos. Pero para la fotografía no se puso a estudiar, se puso a experimentar. “Fueron muchos fotógrafos a la inauguración, eso me sorprende y me hace sentir aceptada”, dice Haber en esta entrevista con Búsqueda en su apartamento, donde los cuadros han invadido todas las paredes, y todavía falta colgar alguna de sus fotos.

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    Alicia Haber en la inauguración de Variaciones de lo real, su muestra fotográfica.

    Alicia Haber en la inauguración de Variaciones de lo real, su muestra fotográfica.

    —¿De dónde te vino el amor por el arte? ¿De tu familia?

    —No, de mi propia historia. Mis padres eran cultos, pero no por el lado de las artes plásticas. Mi madre era una representante de la generación del 45, muy lectora. Fue una mujer de izquierda, entrerriana, se vino para acá y se casó. Soy la cuarta generación de América Latina, pero también soy muy cosmopolita. Empecé a viajar muy joven con becas o invitaciones. A los 17 conseguí una beca de un año en Israel, fue mi primera salida sola. Me enriqueció mucho, era un Israel muy diferente al actual, todavía bastante pobre. Trabajé en dos kibbutzim y estudié en el Machon, en Jerusalén, mucho antes de 1967. Aún no había territorios ocupados, era un Israel muy idealista. No conocí la derecha, sino una socialdemocracia. Vi mucho arte en ese viaje. También tuvo mucha influencia en mi formación mi marido, Polo Porzecanski. En los primeros 10 años de relación, me enseñó a ver arquitectura y me impulsó a contactarme con los lugares de becas. Tuve dos becas Fulbright en el Museum of Contemporary Art de Chicago, por tiempos breves. Ya era mamá de dos niños. Ese fue un punto de partida para lo que vendría.

    —¿Cómo fue esa experiencia en Chicago?

    —Trabajaba en todos los departamentos. En el de arte, en el de curaduría, en el de financiación, donde aprendí muchísimo. Fue muy enriquecedor. Y Chicago es una ciudad muy linda, la más estadounidense de todas las ciudades. Acá estamos muy lejos de eso. Allá ser millonario implica que tenés que dar y mostrar que sos exitoso. Acá siento que está mal visto ser exitoso desde el punto de vista material. Y cuando alguien da dinero para el arte tiene que ser anónimo. Por eso no hay mecenas.

    —¿Te sirvió esa experiencia para dirigir el Subte?

    Thomas Lowy me eligió para entrar a la Intendencia de Montevideo, pero no como funcionaria porque yo no quería. Entré como una asesora, como alguien externo. Estuve manejando tres salas: el Cabildo, el Subte y la que tenía la IM en su edificio. Él era director de Cultura de la IM (entre 1985 y 1990) y me conocía poco, pero nunca me preguntó qué votaba. Cuando vi los pocos recursos que tenía la IM salí a buscar sponsors. En la IM lo último que recibía financiación eran las artes visuales. Después trabajé bajo el gobierno de (Mariano) Arana, que era sensible para las artes, pero su causa fue el Teatro Solís. Entonces me financié por cuenta propia y la experiencia de Estados Unidos me ayudó. Osvaldo Reyno tenía una creatividad brutal. Armaba una sala a veces con cartones y papeles, a la uruguaya. Esa parte escenográfica, en el Subte de entonces, que no era atractivo, se destacaba. Allí hicimos una gran exposición de José Gurvich.

    Alicia-Haber-Bailarina-roja

    —¿Cuándo empezaste con la crítica de arte?

    —En 1982 entré a El País, donde había estado María Luisa Torrens, pero ya no tenían crítica de arte. Leía y estudiaba mucho, compraba libros, los traía de los viajes, leía revistas. Estuve muchos años en El País, que pasó por crisis de todo tipo y yo me mantuve como empleada. El jefe de la página era Jorge Abbondanza y trabajaba gente muy preparada, de la que aprendí mucho, Guillermo Zapiola, Washington Roldán, y tuve la suerte de colaborar con El País Cultural dirigido por Homero Alsina Thevenet. Me nutrí de muchos perfiles, tal vez lo que podría decir ahora es que todos mis jefes fueron siempre hombres. No había mujeres en ese cargo. Yo escribía como una docente, enseñando al público, no al artista. Alsina Thevenet me leía las notas y me decía que escribía demasiado hermético e intelectual. Con él aprendí mucho de periodismo con sus comentarios. Igual que en la página de espectáculos.

    —¿Era difícil tanto en la crítica como en la labor de curaduría tomar distancia con los artistas?

    —Nunca fui amiga de los artistas, no pasaba con ellos tomando café o grapa miel. No es mi modalidad, podía conversar durante buen tiempo para una exposición, pero no me gusta el amiguismo. Acá se practica el amiguismo. Yo no hice muestras de amigos, sino de gente que me interesaba.

    —La crítica de arte prácticamente ha desaparecido, ¿por qué te parece que sucedió?

    —Yo tenía algunos alumnos excelentes en el IPA que podrían haber agarrado por ese camino, pero los sueldos son muy bajos y no es la prioridad ni de diarios ni de semanarios. No trae más lectores porque es un tema para cierto tipo de personas. Lo demás hay que preguntarles a quienes deciden por qué no contratan gente que escriba sobre arte.

    —Creaste un museo virtual (Muva) en 1997, algo muy innovador en ese momento, fuiste una adelantada.

    —Fue el primero. Había visto en internet lo que tenía el Moma (Museo de Arte Moderno, de Nueva York) y otros museos, pero eran más bien catálogos. Pero el Muva fue una experiencia de realidad. Hoy con la IA (inteligencia artificial) es más común, pero hice exposiciones con inauguraciones virtuales. Había muestras que estaban un tiempo y otras que eran fijas. La realización física era de unos jóvenes que sabían cómo hacerlo. Duró 20 años, lo creé como yo quería, para que pareciera de verdad un museo. No pudo durar más porque la tecnología quedó obsoleta y ya no era lo mismo.

    Alicia-Haber-Reflejos-en-el-agua

    —¿Cómo te volcaste a la fotografía?

    —Siempre me interesó la fotografía; cuando me jubilé me vino un arranque, una pasión, y las pasiones no se pueden explicar. Me pasaba horas para hacer las fotos, horas para editarlas y para publicitarlas. Las hacía con una cámara Sony Alpha que me compré en Estados Unidos. Sartorotti, que fue mi profesor, me decía que me comprara una mejor, que me iba a durar como 10 años, y yo le decía que no sabía si yo duraría 10 años (se ríe). Aprendí mucho sobre la cámara con Sartorotti, y también con un profesor venezolano que trabaja acá, Aaron Sosa, y con Santiago Petrelle, que me enseñó a manejar el Photoshop. Todos son fotógrafos realistas, documentalistas, pero mis fotos no lo son, ellos igual me reconocieron. También establecí una relaciones muy buenas con dos personas que estaban en Nueva York. Una vive allí, se llama Leanne Staples; la otra es Ximena Echague, es argentina y cosmopolita. Ahora vive en Bruselas. Ambas son curadoras, fotógrafas y jurado de los llamados. Tomé clases con ellas, mi formación fue uruguaya, pero también internacional. También tengo amigos en Instagram. Una de ellas es Vilena Figueiras, una fotógrafa y experta en archivos que vive en Colombia.

    —¿Nunca se te dio por pintar?

    —No, sería malísima. Seguro no sé pintar y no sé dibujar. Tengo el ojo entrenado para ver. Me quedó saber ver, no solo obras de arte, sino arquitectura y urbanismo, es la herencia de mi marido. Aprendí además el lenguaje de las bienales, que no son perfectas, pero un 30% de las obras exhibidas te enseñan. Te gusten o no te van formando.

    —Llegaste a exponer en muestras colectivas en el exterior…

    —Empecé publicando en Instagram y me presenté a llamados en varios países. Fui siempre aceptada y eso me dio una gran satisfacción porque tenía poca experiencia. Lo más relevante es que el International Center of Photography, el más importante del mundo, hizo un llamado para presentar fotos sobre el tema Covid. Se presentaron 60.000 obras, y 1.000 quedaron, entre ellas la mía. Estuvo exhibida en Manhattan.

    Alicia-Haber-Covid
    Fotografía seleccionada por el International Center of Photography para una muestra sobre el Covid.

    Fotografía seleccionada por el International Center of Photography para una muestra sobre el Covid.

    —Decís en el prólogo que para tus fotografías hiciste un camino inverso al que hacías en tu labor como crítica. ¿Fue difícil?

    —Para la fotografía soy otro tipo de persona. Es algo que en la crítica y en los libros y catálogos no hacía, allí buscaba la objetividad, aunque la objetividad no existe. Para las fotos no me puse a leer ni a estudiar, solo estudié la técnica.

    —¿Cómo fue el trabajo para esta exposición individual?

    —Trabajamos acá en casa con Sartorotti, hicimos un plano de la sala. Él me había pedido que mandara a hacer las fotos tipo postal y así organizamos la muestra. En algunos lugares me dicen que soy una fotógrafa pictórica. Vivo rodeada de arte y duermo rodeada de arte. Algunos amigos me han preguntado cómo puedo dormir con esas pinturas. Y yo si no puedo dormir no es por las pinturas (se ríe). En mi dormitorio tengo a Lacy Duarte, Virginia Patrone y a Carlos Seveso. Con esas obras duermo y convivo. Ahora no tengo más paredes para poner una foto mía.

    —En tu trabajo de crítica no habrás visto muchas muestras de fotos. Durante mucho tiempo a la fotografía no se la consideraba arte…

    —La consideraban un arte menor, y tal vez no se usaba la palabra arte. Además la foto tenía que ser en blanco y negro, esa era la buena foto. Por los años 60 empezaron con el color. Vi muy pocas muestras de fotografía en mi época de crítica y como curadora tuve solo una, de Luis Alonso.

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    Variaciones de lo real, muestra de Alicia Haber.

    Variaciones de lo real, muestra de Alicia Haber.

    —¿Por qué elegiste trabajar con Photoshop?

    —La fotografía necesita edición, cuando los fotógrafos sacaban con película, también hacían intervenciones. Ahora es lo mismo pero digital. Aprendí con Petrelli, un profesor muy joven de la ORT, y también con Sosa a manejar el Photoshop. Al principio saqué fotos más o menos documentales, me enganché con la street photography, que es todo un movimiento que tiene mucho éxito. Pero después me interesó experimentar con la cámara, moverla, cambiar la velocidad, registrar movimientos. Utilicé diversas técnicas. Una vez que aprendí Photoshop me encantó. Hice varias superposiciones, varias con reflejos de la gente en el agua. Un día llegó un ómnibus de turistas que bajaron en un bar. Empezó a llover a cántaros y de pronto veo una mano de mujer con las uñas pintadas en la ventana. La foto sobre fondo negro quedó con algo de (Alfred) Hitchcock.

    —¿Cuánto te han influido el teatro o el cine?

    —Aparte del arte influyen en mí los espectáculos, sobre todo el cine. Soy cinéfila a muerte. El cine tiene grandes maestros de la fotografía. Todo eso es sedimento. Soy una agradecida a los artistas de aquí y de afuera. No sé cuál de todas esas huellas que me dejaron están en mi inconsciente cuando tomo una foto.