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    Cuatro nuevos títulos ensanchan la colección Discos

    Estuario Editora publicó ‘Pueblo chico, infierno grande’ (Níquel), ‘Sin palabras’ (Los Iracundos), ‘El Peyote Asesino’ (El Peyote Asesino) y ‘Cinco estrellas’ (Astroboy)

    Los Iracundos, Níquel, El Peyote Asesino y Astroboy. Cuatro bandas surgidas en cuatro décadas distintas. Los de Paysandú en los 60, los liderados por Jorge Nasser en los 80, la banda que unió el rock con el rap en los 90 y los mayores exponentes uruguayos del brit pop en los 2000. Más allá de los probables o improbables vínculos estéticos que se pueden trazar entre estos cuatro grupos que, en distintos momentos fueron protagonistas de la escena uruguaya, ahora tienen algo nuevo en común: son las últimas incorporaciones a la colección Discos, de Estuario Editora. Con los cuatro volúmenes publicados en simultáneo en las últimas semanas, la saga de libros que abordan de distintas maneras (periodística, académica, literaria) la producción discográfica local llegó a los 29 tomos.

    A esta altura, la serie dirigida por el investigador literario y musical Gustavo Verdesio abarca un gran espectro de manifestaciones de la música popular y se está transformando en la enciclopedia fonográfica uruguaya. Puede ser una buena experiencia leer el libro con el disco en cuestión a mano, para tenerlo de fondo o para ir pasando tema a tema y acompañar las palabras con los sonidos.

    Níquel total

    Con su monumental díptico De las cuevas al Solís, publicado hace ya más de 20 años, Fernando Peláez construyó un puente generacional en el primer rock uruguayo, que había sido dinamitado por el agujero cultural que produjo la dictadura. Aquellos dos voluminosos tomos permitieron al público joven de los años 2000 recuperar la memoria sobre el intenso movimiento rockero ocurrido en Uruguay en los años 60 y 70, y poder establecer lazos estéticos con lo que vino después. Peláez continuó su tarea de investigación y divulgación en varios trabajos, entre los que estuvo el libro que hizo sobre el disco homónimo de la banda Días de Blues para esta colección.

    Ahora vuelve con Pueblo chico, infierno grande, el disco publicado por Níquel en 1996 para el sello internacional BMG, que los había fichado a raíz de la popularidad que la banda de Nasser había logrado en aquel entonces. Peláez va bastante más allá del disco que decidió retratar y comienza el libro con una reseña histórica de la década que tenía el grupo cuando publicó este álbum. Tanto en esos capítulos introductorios como en el cañón central de su trabajo, el autor tiene entre sus abundantes virtudes académicas, la capacidad de combinar rigor documental, potencia conceptual en la crítica y una frondosa curiosidad que se transforma en buenas preguntas en las entrevistas. El resultado es un estudio profundo y abarcador sobre todo el periplo de esta banda que llegó a ser la más popular del rock uruguayo de los tempranos años 90, una época en la que el rock aún no había logrado el auge de los 2000.

    En su análisis, Peláez pone en el microscopio cada una de las 18 canciones del disco, desde Mi voz se oirá a Agua de Querétaro, pasando por la filosa La gamela, la divertida Milonga hey, la nostálgica Conferencia secreta, la malvinense Playa Honda y El violín de Becho, la versión más rockera que se ha hecho de Zitarrosa.

    Con su nutrido panorama de referencias musicales, Peláez permite comprender y apreciar de mejor manera la riqueza musical que la banda ostentaba en la madurez de su obra, en la que confluían no solo la tradición del rock anglosajón sino del blues, una fusión personificada en artistas como Stevie Ray Vaughan. El libro también desmenuza cómo Nasser y el guitarrista Pablo Faragó traducían la huella local que venía de Los Shakers, Gastón Dino Ciarlo, Días de Blues y el Flaco Barral, entre otros, influencias que la banda había plasmado años antes en su disco De memoria, dedicado a versiones del rock uruguayo fundacional.

    “Uno tiene la impresión de que antes había conocido tan solo la punta de un iceberg musical (tanto disco como banda) que es, en realidad, mucho más grande y complejo”, dice acertadamente el texto promocional del libro, que a su excelencia textual suma una rica galería de imágenes y memorabilia de la grabación del disco.

    Surf en Paysandú

    ¿Cómo es posible que una banda con tanta historia no se haya ganado el respeto de sus pares y de gran parte de los amantes de la música en Uruguay? Con esta pregunta tan retórica como fundacional comienza el libro sobre el disco Sin palabras, grabado por Los Iracundos en el mítico estudio ION de Buenos Aires entre 1964 y 1965. El nombre es literal porque se trata de un disco enteramente instrumental de esta ecléctica banda uruguaya surgida en Paysandú y que llegó a conquistar altísima popularidad en países del pacífico, como Chile, Perú y Ecuador, donde siguen siendo muy queridos y recordados, y también en Argentina.

    Los Iracundos-Libro

    Roberto Tito Lagos y Gonzalo Lalo Montes se esfuerzan en ilustrar sobre la gran originalidad tanto de la banda como de este disco en particular, que no cuenta con la ventaja de la voz de Eduardo Franco, el legendario cantante del grupo fallecido en 1989. Franco fue destinatario del notable documental Un tal Eduardo, de Aldo Garay, y factótum del reconocimiento internacional del grupo, mucho mayor al que logró en Uruguay.

    El libro resulta revelador para entender al álbum como una de las primeras referencias locales del surf rock, género que en Uruguay cultiva con devoción el grupo The Supersónicos, del cual Tito Lagos es uno de sus integrantes, junto a su hermano Leo. Tito además autor de las viñetas ilustradas que acompañan los textos. Montes, por su parte, es un entusiasta melómano y coleccionista de discos, autor de documentales sobre música y creador del sello Cólera para ti, dedicado al rescate patrimonial musical.

    El segmento central del libro contiene un minucioso análisis de la génesis de los arreglos y la interpretación de cada uno de los 12 temas, con el foco puesto en el rol protagónico del guitarrista Leonardo Leoni Franco, cuya manera de tocar la guitarra punteando las melodías resulta una cabal muestra primigenia de surf rock en Uruguay.

    Los Strokes montevideanos

    Otro sonido que sorprendió al público uruguayo. Con Cinco estrellas, grabado en un estudio casero en Colonia del Sacramento, publicado por Bizarro en 2003, y cantado mayormente en inglés, Astroboy puso a bailar a la escena local y le dio un color pop-rock a un medio por entonces demasiado tendiente al punk y al hard rock. Blur, Oasis, los Strokes y también, por supuesto, los Beatles sonaban en segundo plano al escuchar estas canciones, en el plano de las referencias y las asociaciones que evocan las melodías y los arreglos.

    El periodista cultural (también escritor, guionista y experto en cómics) Ignacio Alcuri, seguidor de la banda desde la primera hora, escribe este libro no con una mirada netamente periodística, sino con el punto de vista del fanático, desde una mirada generacional, desde ese lugar de “a mí nadie me la contó, yo la viví”. Lo hace en primera persona y le queda muy bien.

    Astroboy - Cinco estrellas-Libro

    Por supuesto que hay periodismo, están los testimonios de los protagonistas, reunidos en conversaciones que repasan historias y anécdotas. Cada uno de los seis capítulos es una crónica muy bien escrita de la entrevista con los miembros de la banda: Javier Vaz Martins (bajo), Martín Rivero (voz), Leandro Tuco Boné (guiarras), Pablo Fiallo (batería) y Francisco Risso (guitarra y coros). Son relatos frescos, alejados de la pretensión de ser totalizantes. Contienen el humor sutil que vuelve la lectura entretenida e imprevisible.

    Chupando la cuchara

    “Una noche de julio, a mediados de la década de 1990, vi por primera vez al Peyote Asesino”. Así comienza este relato de Pablo Izmirlián sobre la grabación del primer disco (homónimo) de El Peyote Asesino (publicado en 1995 por Orfeo), cuyo 30º aniversario acaba de ser celebrado. La irrupción de la banda liderada por Fernando Santullo, Juan Campodónico y Carlos Casacuberta tomó desprevenida a una generación acostumbrada a que ese tipo de sonido en el rock venía del extranjero.

    Este experimentado periodista cultural era menor de edad cuando vio por primera vez a la banda. Y en este trabajo refleja horas de conversación con sus autores y también con figuras clave, como el ingeniero de sonido Luis Restuccia, quien, como en sus trabajos con Jaime Roos y tantos otros, aquí ofició de algo más que sonidista: fue un verdadero productor artístico, que orientó a los músicos en cómo debían grabar para lograr el sonido contundente y visceral que buscaban. Izmirlián también relata cómo fue que la música del grupo llegó a los oídos de Gustavo Santaolalla, entonces gurú del rock latinoamericano, que produciría su segundo disco, Terraja.

    PEYOTE-ASESINO-Libro

    Para explicar el origen de varias de las canciones, el autor se remonta a la infancia, adolescencia y juventud de los tres fundadores de la banda en México, donde vivieron exiliados con sus familias, hasta que la recuperación democrática los hizo volver a Uruguay. El libro es una entretenida y muy bien informada crónica de cómo un grupo de amigos logran crear una expresión musical que entró en el torrente sanguíneo de los adolescentes y jóvenes habitantes de la noche montevideana de los 90.

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