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    El creador de ‘BoJack Horseman’ abandona los animales en ‘Long Story Short’, su nueva serie sobre la familia

    Una familia judía de California navega por décadas de relaciones, duelos y risas en esta animación de Netflix

    El creador de BoJack Horseman, Raphael Bob-Waksberg, se despidió de su célebre caballo antropomórfico. Lejos de dormirse en los laureles de la serie que redefinió la animación adulta —cuya popularidad puede verse aún en rankings especializados, memes y en especial en el imaginario colectivo de los usuarios de Netflix— el guionista y escritor optó por volcar su oficio de narrador en la construcción de algo nuevo.

    El viraje creativo tiene un hito biográfico como disparador. Bob-Waksberg, cuyo humor encuentra un dulce equilibrio entre el sarcasmo y la sinceridad, se volvió padre. La nueva faceta lo llevó a pensar seriamente sobre su propia infancia y, de manera más marcada, sobre la de sus padres. Fue en ese terreno autobiográfico en el que concibió Long Story Short, su nueva animación estrenada en agosto en la plataforma y la que marca el comienzo de una etapa creativa posterior al querido BoJack.

    Para alejarse de Hollywoo, el lugar ficticio con el que satirizó a la industria que lo elevó como creador, Bob-Waksberg tuvo que deshacerse de lo que él denomina una “armadura de la ironía”, abandonando los tonos de tragedia griega que su serie anterior alcanzaba muchas veces sin previo aviso. La interrogante que moviliza su nuevo proyecto ya no es únicamente cómo ser una buena persona (algo que persiguió al pobre BoJack en sus seis temporadas), sino cómo se edifica una vida plena cuando se la examina a través de la familia, el tiempo y la identidad.

    Esa búsqueda de una comedia más humana, con personas en lugar de animales, que se atreve a transitar el duelo con crudeza y aborda lo religioso con una seriedad inusual para las series animadas, encontró su forma concreta entonces en Long Story Short. La gestación del proyecto, sin embargo, también respondía a otra de las preguntas que Bob-Waksberg se hacia frente al panorama actual de la industria del entretenimiento: ¿cómo conseguir que una audiencia, habituada al consumo veloz de contenidos, construya un vínculo intenso con una familia en apenas 10 episodios, un apego que antes demandaba temporadas enteras?

    Fue así que el estadounidense optó por una solución. Si el tiempo de pantalla era escaso en comparación con su anterior obra, había que fracturarlo. La estructura no lineal se convirtió en el eje central de Long Story Short, y esta obsesión por manipular el tiempo dio lugar a la vida de los hermanos Schwooper, una familia judía de California, siguiéndolos desde la infancia hasta la adultez, y de regreso al pasado, para mostrar sus victorias y derrotas a través de las décadas.

    Lejos de ser un simple recurso estético, este dispositivo narrativo logra una crítica a la vez mordaz y conmovedora de la institución familiar. En el centro de esta historia se encuentra la matriarca Naomi, cuyo carácter marca a fuego a sus hijos: Avi, el neurótico, Shira, la resentida, y Yoshi, el despreocupado. Entre guiones que presentan un torrente de chistes y gags con una velocidad que recuerda a las temporadas más afiladas de Los Simpson, la serie también se adentra en la toxicidad de los vínculos no elegidos. La pregunta que parece recorrer cada episodio es si el sufrimiento de estos hermanos constituye un legítimo trauma familiar o simplemente se trata de las heridas ordinarias de cualquier infancia.

    Embed - Long Story Short | Official Trailer | Netflix

    Al intentar emular el funcionamiento de la memoria, la estructura de Long Story Short logra una sinceridad que conmueve. El relato salta en el tiempo sin previo aviso, dejando las piezas de este rompecabezas familiar a merced del espectador, aunque rara vez uno se siente perdido. Esa yuxtaposición constante entre pasado y presente muestra también cómo las experiencias fundamentales de la infancia terminan dando forma a la psicología del adulto.

    La estructura no lineal funciona, además, como la herramienta que permite entender las identidades de cada hermano. Avi, el mayor, encuentra en la crítica musical una profesión que le permite volcar su juicio donde se le dificulta demostrar afecto. Shira, la hija del medio, emprende un minucioso trabajo de arqueología emocional para discernir qué aspectos de su crianza replicar y cuáles descartar al formar su propia familia. Yoshi, el menor, libra una batalla constante contra el estigma de ser el “bebé” de la familia, una crisis de propósito que, en su vida adulta, lo lleva, para sorpresa de todos, a refugiarse en la tradición del judaísmo ortodoxo.

    Lejos de ser un mero recurso formal, la estructura temporal se convierte en un buen vehículo para mostrar cómo el pasado habita constantemente el presente, mientras los personajes buscan reconciliarse con su herencia familiar. La serie examina cómo las experiencias infantiles, desde la exigencia emocional de la matriarca Naomi hasta las dinámicas fraternales, marcan de forma permanente. O cómo el duelo se presenta como un proceso fragmentado, donde la memoria permite reelaborar relaciones incluso después de la muerte. Y más allá de lo religioso, la identidad judía se presenta como una base cultural que moldea sus tradiciones, su sentido del humor y su forma de ver el mundo.

    La propuesta visual de Long Story Short marca un alejamiento radical de la estética que caracterizaba a BoJack Horseman. Bajo la dirección de arte de Lisa Hanawalt, amiga de la infancia de Bob-Waksberg, y Allison Dubois, la serie presenta una animación artesanal que recuerda a las ilustraciones de un libro infantil. Este universo visual, construido sobre líneas temblorosas, perspectivas forzadas y colores deliberadamente desbordados, convierte la imperfección técnica en un recurso expresivo que hasta logra mantener la frescura de lo que podría ser un boceto.

    Este producto visual, que llega a declararse “hecho por humanos” en sus créditos, trasciende lo decorativo para convertirse en el soporte estructural del relato. El trazo imperfecto y la paleta cromática llamativa le otorgan a este drama familiar su carácter memorable. Así, lejos del universo de animales antropomórficos y el humor descarado de su obra anterior, lo que comenzó como una despedida para Bob-Waksberg se consolida como un reinicio: la construcción de un lenguaje animado donde la vulnerabilidad humana encuentra, una vez, una expresión honesta y conmovedora.

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