Un mes antes, al tipo a quien sus vecinos llamaban el Alemán la Policía le había requisado su pistola Mauser 7.65, así que se procuró una escopeta calibre 20 que disparaba un solo tiro por vez y salió de cacería por Montevideo.
Héctor Paladino y su corta carrera criminal, que costó la vida de dos personas, causó heridas a una tercera y provocó temor a muchas otras, tuvo su momento estelar el 21 de diciembre de 1987
Un mes antes, al tipo a quien sus vecinos llamaban el Alemán la Policía le había requisado su pistola Mauser 7.65, así que se procuró una escopeta calibre 20 que disparaba un solo tiro por vez y salió de cacería por Montevideo.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn el más o menos apacible Uruguay de la posdictadura, cuando habían cesado las bombas y los disparos contra locales del Frente Amplio y aún no habían atentado contra el estudio del presidente Julio María Sanguinetti ni volado el auto del dirigente de izquierda Hugo Cores, hubo espacio para la aparición fugaz de un civil neonazi de armas tomar.
Se llamó Héctor Paladino y su corta carrera criminal, que costó la vida de dos personas, causó heridas a una tercera y provocó temor a muchas otras, tuvo su momento estelar el 21 de diciembre de 1987.
Todo indica que a Paladino no le había caído en gracia que dos jóvenes sionistas (un término que entonces no tenía la carga actual, luego de Gaza) hubieran querido borrar del frente de su casa en Gonzalo Ramírez y Barrios Amorín la tosca bandera nazi y la consigna “Sieg Heil” que él había pintado con orgullo.
No olvidar, no perdonar había titulado el diario comunista La Hora su cobertura de la aparición de Paladino con su bandera hitleriana, en tiempos en los cuales en Uruguay no había una legislación específica para crímenes de odio.
Dispuesto a vengar la ofensa recibida, Paladino, que tenía 35 años, intermediaba en publicidad y padecía una patología psiquiátrica, diagnosticada pero no bien tratada, tomó una vieja escopeta de la familia a la que le recortó el caño y salió a matar. Sus objetivos eran más o menos difusos: gente de los medios y —cuando no— empresarios judíos.
Luego de consumar tres ataques en un mismo día, mientras la policía lo buscaba por todo Montevideo sin encontrar un patrón de actuación, Paladino se entregó en la jefatura de San José y Yi, dando comienzo así a una larga estadía en cárceles y hospitales. Cuando falleció, en 2022, tenía el alta médica, la Justicia había cerrado el caso, cobraba una pequeña pensión del Estado por su enfermedad y se entretenía subiendo música a YouTube desde su vivienda cerca de Manga.
El consultor político y experiodista deportivo Pablo Londinsky —que entonces no había nacido— se propuso reconstruir lo ocurrido y que pocos conocen o recuerdan. Un resumen de su investigación está contenido en el bien estructurado libro El loco de la bandera. El caso Paladino: los crímenes del nazi que aterrorizó a Uruguay editado este año por Sudamericana.
La frontera entre la locura y las ideas políticas supremacistas no es fácil de hallar tampoco en el caso Paladino. Los muchos médicos que evaluaron su estado mental coincidieron en que era inimputable y de hecho hacía tiempo que su historia clínica registraba un “cuadro maníaco delirante” que lo había llevado a varias internaciones y diversos tratamientos.
Cuando no estaba en un hospital psiquiátrico llevaba una vida bastante normal. En el plano político, adhirió al pachequismo: en las elecciones de 1984 apoyó la candidatura del contador José Pedro Damiani, pero más tarde fue declarado persona non grata por el sector encabezado por el ultraderechista coronel Julio Barrabino, que consideró que Paladino tenía “ideas extremas que no le pueden hacer ningún bien a la juventud”.
No solo el coronel Barrabino estaba preocupado. En diciembre de 1986, el Departamento 2 (Inteligencia) del Estado Mayor del Ejército elaboró una ficha suya como miembro destacado de la Legión Tero. “Han realizado pintadas con leyendas anticomunistas en la universidad y en las escaleras de acceso a CX30”, decía uno de los informes archivados por el Ejército.
Unos meses antes, un grupo de veinteañeros de cabeza rapada había repartido volantes en la puerta del nocturno del IAVA con los que difundían el “nacionalismo revolucionario”, una idea que existía desde la década de 1930 como réplica de organizaciones nazis europeas.
La investigación de Londinsky recuerda que, cuando Paladino ganó notoriedad debido a su bandera nazi, el periodista del semanario Brecha Eduardo Varela fue el único que logró ingresar a su casa, aunque finalmente no obtuvo autorización suya para publicar la entrevista, ya que “la organización había considerado, por razones estratégicas, no hacer declaraciones hasta nuevo aviso”.
Después de hablar con él, Varela, que tenía vasta experiencia, llegó a la misma conclusión que los médicos: el tipo padecía de una patología grave.
Los volantes de la Legión Tero, lo que vio en su vivienda y las afirmaciones de Paladino lo confirmaban: vinculaba el “sionismo internacional” con la secta anticomunista del reverendo chino Moon, junto con una mezcla de reivindicaciones de diferente tenor, entre ellas, oponerse al puente Paysandú-Colón, “de amistad federalista” que “nos deja sin gente”.
Tres días después del crimen, Varela describió en el semanario lo que vio en la casa del barrio Palermo. “En un living austero, la enorme bandera del nazismo cubría toda la pared y sobre los estantes de una biblioteca se alineaban cartuchos de balas de guerra, fotografías de generales y líderes nazis de la década del 40, junto a folletos de la organización”.
Paladino no fue el primer nazi en Uruguay. Aunque el autor no la cita, la historiadora Magdalena Broquetas se ha dedicado a investigar y ha publicado acerca de los movimientos de ultraderecha en Uruguay. Sí menciona al periodista que cubría el área de judiciales en Búsqueda, Raúl Ronzoni, que se ocupó años después del nazi del barrio Palermo en el libro Las caras del mal, publicado en 2014 por Fin del Siglo.
Los pocos antecedentes en la prensa, las entrevistas a los sobrevivientes y personas cercanas y el expediente judicial de más de 800 fojas fueron los elementos que ayudaron al investigador a hacerse una idea del caso, que se extendió durante varias décadas.
Después de su detención, Paladino no se mostró arrepentido y explicó con qué criterio había elegido a sus víctimas: los medios de comunicación, en especial El País y los tres canales privados de televisión, eran sus principales enemigos.
Esa mañana decidió empezar el raid por la casa de uno de los dueños del diario, Daniel Scheck, pero se retiró sin conseguir su meta, luego de herir a su hijo Nicolás y no lograr la recarga de la escopeta.
El segundo objetivo fue Enrique Delfino, un empleado del departamento comercial de Canal 4 que había representado a uno de los hermanos Romay en un concurso de belleza. “Fue Paladino. El loco de Héctor Paladino”, alcanzó a decirle moribundo a su esposa.
Después de almorzar tranquilamente en una parrillada de Pocitos, el loco de la bandera montó de nuevo en el Ford Escort blanco que había alquilado y buscó la casa del periodista de Canal 10 Omar de Feo, pero como no la encontró se dirigió al edificio donde vivía el director del Semanario Hebreo José Jerozolimski, que había alertado acerca la pintada nazi. Tampoco allí tuvo suerte y al no ubicarlo salió para a la mueblería de Simón Lazovski, quien había sido su cliente en publicidad hasta que se enteró por la prensa de los símbolos nazis en casa de Paladino. Fue el segundo muerto.
“Ustedes están buscando a un tal Paladino. No busquen más, soy yo”, dijo en la jefatura. Así comenzó para él un largo camino de jueces, fiscales, médicos forenses, enfermeros y guardias penitenciarios que el libro de Londinsky recorre de forma sucinta “para que los crímenes de Héctor Paladino no sean olvidados”.