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En la oscuridad de la noche montevideana, un hombre practica el gesto de desenvainar su katana una y otra vez. Prueba el filo contra los yuyos y se asombra, corta de verdad. Se siente un auténtico guerrero samurái. A la mañana siguiente, enfunda el arma dentro de su mochila y se dirige hacia su puesto habitual.
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Al poco tiempo los vecinos lo empiezan a llamar el Hombre-Espada, pero en realidad se llama Ignacio y es el protagonista de Máxima pureza (Alfaguara, 2026), el nuevo libro de Fernando Butazzoni. Ignacio no es un guerrero japonés, sino un hombre que vivió en la calle y sintió necesario armarse para convivir con las amenazas que lo rodeaban. Y la katana es más bien una hoja larga de metal que encontró en una volqueta de obra y afiló durante varios días, golpeándola contra una piedra de granito. “Fuiste un guerrero japonés sin guerra y sin Japón”.
Con la publicación de este libro, el periodista y escritor se aparta de los temas a los que tiene acostumbrados a sus lectores. Atrás quedan los desaparecidos y el terrorismo de Estado. Esta historia, que llegó a Butazzoni casi de casualidad, es la de un hombre adicto que vivió en la calle, en una obra en construcción, en la casa de su familia y en muchas pensiones. Siempre “a la sombra de las drogas”.
Al principio fue tabaco. Después marihuana, cemento de contacto, cocaína y finalmente pasta base. Ignacio nació en una familia de clase media alta donde nunca encajó del todo. Conoció las drogas a los 12 años y “descendió despacito, escalón por escalón, en un proceso de deterioro que llevó años y sobresaltos”. Su historia está llena de reveses, dolores, noches sin dormir, verdades que suenan a mentiras y detalles que se perdieron por el paso del tiempo y el efecto acumulado de las drogas.
Los años en los que vivió en la calle estuvieron signados por la violencia, el hambre, “hacer volqueta” y caminar constantemente al filo de la cornisa. No por nada alguien decide armarse con un fierro largo y filoso y cargarlo en su espalda. Como se lee en la contratapa del libro, “nunca sabemos lo que ocurrirá, salvo que será algo horrible”. Durante un tiempo Ignacio cuidó autos en la calle Soriano, que a veces le daba buena plata. Era eso lo que más le importaba, hacer plata, tener plata. Al menos unos pesos para cubrir la próxima urgencia y para poder conseguir, como fuera, el próximo chasqui. También vendió drogas para una boca, tarea que le valió persecuciones, amenazas, golpes y desconfianzas.
Máxima pureza está escrito mayormente en segunda persona. Butazzoni le habla y le escribe directamente y sin rodeos a Ignacio, a Nacho, a Nachito. Es franco con él, aunque también lo cuestiona, lo pincha y le revela anécdotas familiares. Es por eso que, por momentos, puede resultar difícil para el lector compaginar esas decisiones formales y expresivas con la distancia —milimétricamente calculada— que el escritor busca tomar respecto al personaje.
El texto mezcla características del ensayo, la ficción y la crónica periodística. El ritmo de la narración es rápido y se detiene en los detalles y en las escenas justas. Además, el autor encontró en este libro una oportunidad para escribir y pensar sobre su propia adicción al alcohol, en un gesto que le permite igualarse ante el personaje, al tiempo que busca constantemente reconocer la diferencia de condiciones. El enlace entre las dos historias resulta en un equilibrio delicado que algunas veces se vuelve difícil de sostener.
“Los pastabaseros cimarrones son personas que no tienen casa ni familia ni cama ni baño ni trabajo ni amigos ni educación ni dentadura. No tienen nada, y eso en la sociedad del tener o no tener es algo intolerable”. Para los adictos a la pastabase el tiempo no existe. No importa. O al menos no el que se separa entre pasado, presente y futuro. Lo que hay es un ahora enredado, en el que todo se mezcla y se tiñe por el deseo incesante y despiadado de consumir.
En un intento por ordenar los relatos de Ignacio, el autor delimita el libro en dos partes. En la primera, busca recuperar aquellos años salvajes, detenerse en ese pasado signado por la violencia, las noches de gira, adrenalina y menudeo. En la segunda parte, en tanto, repasa los esfuerzos que condujeron al protagonista a imaginar y trabajar por un futuro posible. Retratado y retratista construyen juntos este relato singular que es, a la vez, el de la vida de un hombre y el de tantos otros.