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    ¿Por qué llora, doctora?: ‘Una vida privada’ y el deleite de una Jodie Foster fuera de Hollywood

    La actriz se entrega al francés, idioma de su infancia, para interpretar a una psiquiatra que investiga la muerte de una paciente en un estreno disponible en HBO Max

    Recientemente, se celebraron los 35 años del estreno de El silencio de los inocentes, y las dos funciones aniversario, organizadas por Movie, sirvieron para recordar por qué el director Jonathan Demme filmó entonces a su protagonista, Jodie Foster, como lo hizo.

    Aquellos numerosos primeros y magnéticos planos de la aspirante a agente del FBI, Clarice Starling, mirando directo a cámara incluso ante ese terrorífico pero caballeroso monstruo llamado Hannibal Lecter, continúan construyendo una presencia que exige ser vista con la misma intensidad con que ella mira. Treinta años después, la directora y guionista francesa Rebecca Zlotowski encontró en ese rasgo, en esa capacidad de Foster para transparentar una inteligencia en curso, el eje sobre el que concibió su nueva película.

    Una vida privada (o Vie privée, en su título original) llegó directamente al catálogo de HBO Max sin pasar por los cines locales. En ella, Foster actúa casi íntegramente en un francés fluido y natural, una lengua que domina desde chica gracias a su paso por el Lycée Français de Los Ángeles y a las etapas de su infancia que pasó en Francia.

    Este reencuentro en pantalla con el idioma a sus 63 años responde a una libertad que ella misma resumió en una entrevista con la televisión estadounidense a comienzos de este año: “A los 60 pasa algo raro. De golpe deja de importarte todo aquello que te desvelaba a los 50. Querés disfrutar de la vida y listo, sin ninguna gana de competir con la idea que tenías de vos misma”.

    Una vida privada es uno de esos tantos proyectos que Foster parece elegir hoy desde la autonomía pura, en medio de una década en la que enriqueció su trabajo delante y detrás de cámaras con apuestas poco seguras. En 2023 consiguió su primera nominación al Oscar en casi 30 años por Nyad, donde interpretó a la entrenadora Bonnie Stoll; se llevó un premio Emmy por la cuestionada serie True Detective: Night Country, y se convirtió en la primera actriz estadounidense nominada a los premios César en un rol protagónico, justamente por su labor bajo Zlotowski.

    De hecho, que sus últimas cuatro películas hayan sido dirigidas por mujeres representa, para Foster, el síntoma de un cambio de época que ella busca acompañar. Se trata de un compromiso que también cultivó desde la realización, en series como House of Cards o en el recordado episodio Arkangel de Black Mirror. La actriz ya venía explorando dos de los grandes temas que atraviesan Una vida privada: la obsesión por la vigilancia y las tensiones de la maternidad.

    Por su parte, Zlotowski, que en películas como Grand Central o Une fille facile construyó una obra atenta a las contradicciones femeninas en momentos de crisis, vio en Foster a la actriz perfecta para sostener el relato de la protagonista, Lilian.

    Lilian Steiner es una psiquiatra norteamericana afincada en París. Vive sola en un departamento que acumula libros, silencios y compartimentos secretos, mientras sostiene una maternidad no resuelta con su hijo adulto (interpretado por Vincent Lacoste), quien utiliza calculadamente el francés para poner distancia y minar su seguridad. A su vez, la reaparición de su exmarido (Daniel Auteuil) introduce un tono de comedia en un matrimonio que afloja sus corazas y reabre la puerta a una sensualidad que se encontraba acallada.

    Sin embargo, el verdadero quiebre de su estructura profesional y personal empieza en el silencio. Lilian es una terapeuta en crisis que ha dejado de escuchar a sus pacientes y graba las sesiones porque ya no logra habitar el presente. A esa desconexión se le suma un detalle tan absurdo como brillante, un ataque de lágrimas incontrolables e inexplicables en plena consulta. Son lágrimas sutiles, que caen sin la alteración gestual que suele acompañar al llanto.

    Esas cintas, prueba material de su distanciamiento, se convierten en el motor de la trama cuando una de sus pacientes muere en circunstancias dudosas y Lilian se ve obligada a escuchar lo que hasta entonces había ignorado.

    Un paralelismo casi inevitable pero tentador es el de una Miss Marple parisina y neurótica, algo alcohólica, con una copa de vino blanco casi siempre a mano y una determinación que contrasta con el desorden de su vida personal. Foster construye a Lilian Steiner desde adentro, sin subrayar nada, utilizando el francés, un idioma en el que su voz suena más alta pero a la vez más vulnerable, para cubrirse con una máscara de control que se va resquebrajando a medida que la investigación avanza.

    Zlotowski filma París sin itinerarios turísticos. Sus interiores, los pasillos de edificios art nouveau, los cafés donde las conversaciones ocurren en voz baja, componen una ciudad que funciona como extensión del estado de ánimo de Lilian.

    Las revelaciones llegan despacio, y en ese ritmo la película encuentra lo que busca. A medida que Lilian se acerca a la verdad, el guion aprieta el paso y con eso aparecen algunas calles sin salida. Hay coincidencias que estiran la credibilidad y alguna escena donde la lógica narrativa cede ante la necesidad de avanzar hacia el desenlace. Zlotowski sale mejor de los tramos donde la deja respirar, y Foster es la razón principal para perdonar esos desvíos.

    Actuar en francés le impone a Foster un ritmo más pausado en sus frases, una lentitud donde cada gesto carga más peso. Si Jonathan Demme ya conocía el poder de filmarla de frente para dejar que su rostro dijera lo que el guion callaba, Zlotowski rueda con esa misma convicción. En sus mejores momentos, la cámara se queda sobre la actriz el tiempo suficiente para que algo cambie en su mirada sin necesidad de nombrarlo. Una vida privada se consolida así como una película madura, un cine adulto que confía en el pulso del espectador y en una intérprete en pleno dominio de su oficio.