Pero la exclusión social de personas por otras personas siempre existió y no solo en regímenes autoritarios que han promovido la delación. En la Atenas del siglo V a. C. se había instaurado un castigo con intenciones democráticas pero de gran crueldad: el ostracismo. La palabra deriva de óstraco (óstrako), un pedazo de cerámica, concha o piedra en la que se escribía el nombre de un ciudadano que podía ser castigado con el ostracismo, es decir, el exilio fuera de Atenas.
Óstracos con nombres de posibles condenados al ostracismo.
Museo del Ágora de Atenas/Wikipedia
Atribuida a Clístenes hacia el año 508 a. C., la pena tenía como fundamento evitar la concentración de poder y las tiranías, pero también la influencia de líderes o ciudadanos con demasiada ambición. Una vez al año, los ciudadanos con derecho a voto (solo eran hombres) se reunían en asamblea y decidían si era necesario un ostracismo. En caso afirmativo, 10 días después se llevaba a cabo la votación.
En el óstraco cada votante escribía el nombre del ciudadano que quería expulsar y lo entregaba para el recuento final. Solo anotaba el nombre, sin argumentos ni pruebas. Quien recibía más votos era condenado. No perdía ni su casa ni sus bienes, pero debía dejar la ciudad y no regresar hasta que pasaran 10 años. Si lo hacía, recibía la pena de muerte.
El nombre de Pericles en un óstraco.
Museo del Ágora de Atenas/Wikipedia
La condena se prestó para maniobras políticas o venganzas personales. Así, fueron condenados generales exitosos en las batallas o políticos destacados. Hasta el nombre de Pericles, el estadista y líder de la democracia ateniense, fue a parar a un óstraco, aunque no obtuvo los votos necesarios para recibir el castigo.
Algo del significado de aquel ostracismo permaneció en el uso que le damos hoy: quedar olvidado, marginado, excluido.
¿Estamos tan lejos de aquella forma de condena social?
Mi nombre es Silvana Tanzi y esta es una nueva entrega de Algo que quiero contarte, newsletter de temas culturales. Si querés escribirme con alguna sugerencia o comentario, podés hacerlo a [email protected]. En lo posible, no me funes.
—
Hace días que leo listas. No de recomendaciones ni de compras ni de deudores. Son listas de escritores, intelectuales y personalidades de la cultura que firman comunicados, cartas, declaraciones. Unas listas se enfrentan a otras, y en todas veo escritoras que leí con entusiasmo y autores que admiro. Los comunicados y las listas se replican en las redes sociales y la gente toma posición al instante. A mí me lleva tiempo buscar qué dijo cada quien y en qué contexto.
Entonces pienso en los ciudadanos atenienses que grababan el nombre de alguien en una piedra. Algunos no sabían escribir y le pedían a otro que lo hiciera. En ese momento las listas eran más breves.
La situación en Palestina es el denominador común en algunas cancelaciones, desprogramaciones o funas que ocurrieron en pocos días. Una de ellas fue contra la escritora argentina, radicada en Francia, Ariana Harwicz (Buenos Aires, 1977), quien había sido invitada al Festival Internacional de Arte, Literatura y Humanidades (CULTUR∴ALH) de la Universidad de Granada, en España.
El festival se desarrolló entre el 21 y el 27 de setiembre, pero unos días antes del inicio, la escritora fue “desinvitada” a pedido de la Red Universitaria por Palestina de Granada, con el argumento de que Harwicz niega que haya un genocidio en Gaza y apoya las acciones del gobierno de Israel contra la población palestina. Agregan que con sus manifestaciones en entrevistas y redes sociales la escritora fomenta discursos de odio.
Por su parte, Harwicz considera que su exclusión de la grilla fue por ser judía y como un síntoma antisemita que se está expandiendo con rapidez por el mundo y provoca el boicot a artistas e intelectuales israelíes.
En un comunicado oficial, la Universidad de Granada aclaró que no fueron sus autoridades quienes excluyeron a la escritora de la grilla, sino las organizadoras del encuentro. “Una universidad pública debe ser un espacio abierto al pensamiento crítico, al contraste de ideas y a la expresión de posiciones plurales, también cuando estas resultan discrepantes o controvertidas”, dice su declaración.
Entonces, volvemos a las listas de firmas que leo desde hace días. Más de 350 figuras del mundo cultural por acá, más de 500 por allá. La gente en las redes compara, señala, dice que es bueno saber quién puede o no puede estar en el próximo festival. Algunos se preguntan quién es Harwicz, y al mismo tiempo se pronuncian a favor de que haya sido desprogramada.
En 2024 entrevisté a Harwicz a propósito de la publicación de su novela Perder el juicio. Ya había leído su Trilogía de la pasión, integrada por las novelas Matate, amor, La débil mental y Precoz. Como lo anticipan los títulos, su literatura es incómoda, provocadora, inconformista. Matate, amor fue representada en teatro con un excelente unipersonal de Érica Rivas y llevada al cine con producción de Martin Scorsese. En la entrevista respondió todas las preguntas con vehemencia. También habló sobre Israel-Palestina. Sus ideas las ha expuesto públicamente en redes, entrevistas y en el ensayo El ruido de una época. La charla que iba a ofrecer en el festival se llamaba “Oponerse al mundo”. Un título que ahora suena anticipatorio.
Por suerte, además de las declaraciones aparecieron las columnas de opinión en los medios. Digo por suerte porque una buena columna invita a reflexionar y se escribe con más calma que con la urgencia por salir a marcar posición. Entre todas las que leí me quedo con la de Sergio Olguín, publicada en Página12, se llama Hablemos de censura. Es de libre acceso y te la recomiendo.
Creo, como Olguín, que sobre Harwicz cayó la censura y que no es por ser judía, sino por sus ideas políticas. También creo, como él, que cada uno sabe a quién quiere escuchar en un festival literario. Por otro lado, cuando se veta a un artista, el resultado es inversamente proporcional al que se busca. Hoy quienes no conocían a Harwicz, la conocen. A lo mejor fueron a comprar alguno de sus libros.
Recuerdo ahora la cantidad de artistas rusos cancelados (estuvieran vivos o muertos) en varias ciudades europeas cuando Rusia invadió Ucrania. Se suspendieron, por ejemplo, funciones del Bolshói y del El lago de los cisnes, cuya música compuso Chaikovski; la Academia de Cine Europeo eliminó todas las películas rusas de los premios del 2022, y la Filmoteca de Andalucía decidió no exhibir Solaris (1972) de Andréi Tarkovski, director que fue perseguido por las autoridades soviéticas en época de la URSS.
Recuerdo también la fatua que promulgó en 1989 el ayatolá Jomeini contra el escritor británico de origen indio Salman Rushdie (Bombay, 1947) por su novela Los versos satánicos (1988), por considerarla ofensiva con el Corán. Rushdie vivió oculto durante 11 años bajo la protección de la policía británica y hubo una serie de muertes relacionadas con la novela. Uno de sus editores franceses murió acuchillado por fanáticos islámicos, el editor noruego fue atacado y, en un atentado al editor turco, murieron más de 30 personas. El miedo invadió el mercado editorial que rodeaba al libro y Rushdie perdió contactos y amigos. En 2022, radicado en Estados Unidos, recibió 10 puñaladas de un fanático islámico de 24 años nacido en Nueva Jersey que había ido a una de sus conferencias. Rushdie estuvo muy grave y perdió un ojo.
Otra situación. El ministro de Cultura de Israel, Miki Zohar, evaluó quitarles la nacionalidad a los cineastas israelíes Yuval Abraham y Rachel Szor, directores del documental NAZA, a quienes acusó de “traición”. El título del documental, que obtuvo el Premio Especial del Jurado en el último Festival Internacional de Cine de Venecia, se refiere al Nezek Agavi, término técnico de la inteligencia militar con el que se calcula la estimación de “daño colateral” o número de víctimas civiles admisibles en un operativo de combate. Los cineastas recogieron el testimonio de integrantes del ejército israelí, sin revelar sus identidades.
En 2023, el presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, les quitó la nacionalidad a 94 personas, entre ellas, a varios escritores, periodistas e intelectuales, como Sergio Ramírez y Gioconda Belli. No es la primera lista que promulga Ortega en esa dirección. Con el despojo de la nacionalidad se lesiona la identidad que está unida a los lazos con la tierra, se pierden relaciones, a veces bienes. El ostracismo de la vieja Atenas dejó algo más que una palabra y cerámicas con inscripciones.
Leo otra cancelación de estos últimos días que ocurrió en la gira internacional del cantante británico Ed Sheeran. Resulta que uno de sus teloneros, el rapero Macklemore, fue apartado de los espectáculos en Estados Unidos por gritar “Free Palestine!” en un concierto de Nueva Jersey.
Como no tenía idea de quién era Macklemore (tampoco es que conozca demasiado a Sheeran) puse su nombre en el buscador, como habrán hecho todas las personas que se enteraron de la noticia. Me encontré con un joven nacido en Seattle en 1983, un activista social y de la música, como suelen ser los raperos. Me entero que quienes presionaron a los promotores de la gira y exigieron la salida del rapero bajo la amenaza de cancelar los conciertos, fueron los propietarios de estadios en Estados Unidos, liderados por el millonario Robert Kraft.
Sheeran le transmitió la noticia a Macklemore, quien es, o era, su amigo. No se pronunció públicamente y quedó como el causante de la decisión de desprogramar al rapero. Recibió por eso muchas críticas. Sheeran tendría que haberse negado a sacarlo de la programación y defenderlo como artista, y no aceptar cancelarlo por sus ideas. Igual que quienes participaron del festival en Granada tendrían que haberse negado a la exclusión de Harwicz. Le iba a costar caro suspender la gira, pero dejar que cancelaran al rapero le costó más caro: todos los músicos que abrían los conciertos renunciaron a la gira en apoyo a Macklemore.
Un comentario: “Repudiar la cancelación mediante amenazas de un acto cultural no significa defender el genocidio. Yo mismo he denunciado los crímenes de guerra de Netanyahu (...). Llevo cinco días recibiendo insultos por algo que no he dicho”. Lo escribió en su cuenta de X el escritor peruano Santiago Roncagliolo a propósito de la desprogramación de Harwicz.
Odio: otra palabra para integrar a este glosario.
En uno de los capítulos de la serie futurista Black Mirror, titulado Blanca Navidad, una persona puede bloquear a otra mediante un dispositivo que la deja como una silueta gris, difuminada, como si fuera un holograma difuso. Cualquier palabra o sonido que emita la persona bloqueada se siente como un zumbido ininteligible, y los demás se le aparecen también como siluetas difusas.
He visto los capítulos con los que comenzó Black Mirror, allá por 2011, en Inglaterra. Me doy cuenta de que muchos de los planteos de la serie que parecían futuristas e imposibles se han cumplido. Me pregunto si no aparecerá en algún momento un dispositivo electrónico funador que nos pueda dejar sin rostro y sin habla. Que nos pueda dejar solos en el ostracismo. ¿O ya lo tenemos?
—
Antes de despedirme, quiero recomendarte dos columnas. Una es de Emma Sanguinetti y trata sobre su visita a Bilbao y sus reflexiones sobre Montevideo; la otra es sobre la cantidad de ropa de baja calidad que se está produciendo en nuestros días y sus consecuencias. La escribió Silvia Soler.