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Un cine que apunte a un público general, que sea inteligente y que no haga sentir al espectador como si necesitase darse una ducha. Ese es el deseo del cineasta estadounidense Steven Soderbergh: películas de las que, al día siguiente, no te avergonzás de haber visto. “No placeres culposos”, aclaró el director en una entrevista para la revista Men’s Health. “Simplemente placeres”.
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En una industria obsesionada con fórmulas y ahogada en algoritmos, el director de éxitos como La gran estafa y Erin Brockovich, catapultado por Sexo, mentiras y video, responde y desafía a Hollywood con dos películas que, al estrenarse en cines en Uruguay con dos semanas de diferencia, se convierten en un manifiesto: Presencia y Código negro.
La primera es un thriller de terror inusual con una perspectiva única: la historia se narra desde el punto de vista de un fantasma que acecha a una familia suburbana. La segunda, un drama de espionaje sofisticado, tiene una premisa letal: un espía debe encontrar al traidor en su equipo, donde también trabaja su esposa, otra agente de inteligencia.
Mientras Marvel fabrica espectáculos y Netflix optimiza clics, el cineasta insiste. Insiste en historias astutas, elencos estelares y presupuestos contenidos. El combo de Presencia y Código negro contiene un cine de autor que enfrenta a fórmulas prefabricadas, la prueba de que el riesgo y la originalidad aún tienen cabida en las salas y que la obsesión de Hollywood por lo gigantesco y lo vacío se puede desafiar. Con estas películas, el director exige que el cine vuelva a ser cine.
Cámara fantasmal
Embed - PRESENCIA | TRAILER OFICIAL
Soderbergh no dirige películas: las habita. Su obsesión por operar personalmente la cámara trasciende un estilo. Es ya una filosofía cinematográfica radical, parte inseparable de su manufactura.
En Presencia, esta obsesión alcanza su expresión más pura. La cámara no solo muestra al fantasma: se convierte en él. Cada movimiento del operador (Soderbergh) se transmite directamente a la imagen. No hay trucos o, mejor dicho, solo hay uno: la física del cine. Un cuerpo humano desplazándose en un espacio real con una cámara de poco más de cinco kilos.
El director confesó a la revista GQ que, desde el primer momento, entendió que esta película solo podía existir filmada completamente desde la perspectiva del fantasma. Esta decisión, que contradice su propia teoría previa sobre las limitaciones de narrar una historia desde un punto de vista subjetivo, se convierte en el eje de una experiencia cinematográfica que borra los límites entre espectador y espectro.
El poder de la película nace precisamente de lo que omite. Al negarnos imágenes del fantasma o planos de reacción, Soderbergh crea una tensión que surge de la ausencia. Silencios prolongados y sonidos ambientales reemplazan la música dramática tradicional y el movimiento sutil de objetos cotidianos inquieta más que cualquier efecto especial.
Durante su presentación en el Festival de Sundance de 2024, varios espectadores abandonaron la sala, incapaces de soportar la mirada fantasmal. Soderbergh había anticipado esta reacción al describir el proyecto como un “asesinato cinematográfico” personal, en el que la cámara es a la vez arma y testigo.
Palabras que matan
Embed - Código Negro – Tráiler oficial (Universal Pictures) HD
La subversión en Código negro es otra. El director desarma el thriller de espías hasta dejarlo en su forma más pura: palabras como armas y miradas como balas. Confesó que lo que lo atrajo del proyecto —con guion de David Koepp, al igual que Presencia— fue precisamente su naturaleza conversacional, esa posibilidad de explorar qué pasaría si los personajes de ¿Quién teme a Virginia Woolf? fueran agentes secretos. Lejos de las persecuciones y explosiones del género, la película se centra en el duelo psicológico entre sus protagonistas.
El casting es un lujo, con nombres como Cate Blanchett y Michael Fassbender a la cabeza. Soderbergh buscaba intérpretes capaces de transmitir más de un significado en un simple intercambio de miradas, actores que entendieran que la mayor amenaza no está en las calles, sino en las habitaciones cerradas. Fassbender explota una frialdad que ya había demostrado en The Killer, mientras Blanchett habita con maestría un rol entre femme fatale y posible traidora, con gestos muy difíciles de leer.
El resultado es un película en la cual la tensión nace de lo no dicho. Su dirección, discreta pero precisa, crea el ambiente ideal para que estas interpretaciones florezcan, editando él mismo la obra para que nada quede librado al azar. Código negro no reinventa el espionaje, pero sí lo despoja de todo lo accesorio, dejando un núcleo letal que a algunos les hará acordar al cine de Alan Pakula en películas como El pasado me condena y Todos los hombres del presidente. La violencia es contenida: en un apretón de manos demasiado largo o en una sonrisa que llega un segundo tarde.
Cine de sustracción
Presencia y Código negro son dos películas que ejecutan la misma operación quirúrgica: eliminar lo accesorio hasta dejar al descubierto los nervios expuestos del cine.
En Presencia, esa reducción a lo esencial toma forma de una lente fija de 14 mm que nos convierte en ese fantasma con el gusto por el voyeurismo. “Era restrictivo en el mejor sentido”, confesó Soderbergh sobre esta decisión que anulaba cualquier plano convencional. El resultado es un cine que no se ve, que se siente: la ausencia de contraplanos nos obliga a completar lo invisible.
Código negro se centra en gran medida en diálogos extensos, particularmente en dos escenas de cena: una al principio y otra al final de la historia. La película las utiliza como motor principal de la trama, donde la tensión, la sospecha y las revelaciones se construyen a través de las conversaciones y las interacciones entre los personajes. Así, la narrativa prescinde de la dependencia excesiva en la acción física o el espectáculo visual típico del género de espionaje. Soderbergh describe estas escenas como un “terror para cualquier director” debido a su potencial estático. El resultado demuestra que ese miedo vale la pena.
Ambas películas comparten, entonces, ese afán por experimentar que el director busca. “Me gusta plantearme problemas sin solución”, admitió alguna vez, recordando cómo cada restricción técnica se convierte en motor creativo. No es casual que Cate Blanchett lo describa como un cineasta que “busca asustarse a sí mismo” con cada proyecto.
Este doble experimento confirma que el verdadero riesgo no está en el presupuesto, sino en la voluntad de eliminar apoyos. Cuando Soderbergh habla de “destilar hasta la esencia”, se refiere a un cine que obliga al espectador a dejar de ser pasivo: a completar fantasmas, a descifrar miradas, a ponerse nervioso junto a los actores en habitaciones herméticas donde se decide el destino de los personajes.
Frente a un Hollywood obsesionado con el exceso, Soderbergh propone un cine de sustracción. Presencia y Código negro no son ejercicios de nostalgia, sino radiografías de un arte que sigue vivo cuando se filma con las manos: una cámara ligera, un reparto dispuesto a todo y esa fe incómoda en que menos siempre será más. Como él mismo advierte: “En los últimos 10 o 15 años, he estado intentando ver si puedo destilar lo que hago hasta su esencia absoluta y, de verdad, mantenerlo muy simple (...). Y esa es mi meta: usar todas esas herramientas y todo lo que aprendí para llevar al público a donde quiero que esté. No quiero tener que pararme entre ellos y la pantalla agitando los brazos como diciendo: ‘¡Mirá lo que estoy haciendo!’”.