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    Tabaré Rivero: “Si hubiera sabido que la banda iba a durar 40 años, no le hubiera puesto mi nombre”

    Fogueado entre el rock, el teatro, los Beatles, el Festival de Woodstock y el nativismo que heredó de su padre, el fundador y líder de La Tabaré cuenta la prehistoria del grupo que celebra 40 años

    El living de la casa de Tabaré Rivero no es lo que uno podría esperar del living de la casa de Tabaré Rivero. Un juego de mesa típico de una sala de estar promedio, un pequeño juego de living, una mesa ratona, un par de repisas con algunos libros, cuadritos y posavasos de los Beatles y un par de viejos afiches encuadrados del clásico gauchesco Juan Moreira y de una obra llamada Muchachos que peinan canas, ambas por la compañía de teatro nativista que dirigía su padre, Mario Rivero, un todoterreno del escenario que, al decir de su hijo, “escribía, dirigía, actuaba y cantaba”.

    “¿Cuáles son nuestras raíces?”. Así comienza Las raíces desteñidas, una de las canciones más difundidas de Placeres del sado-musiquismo, el tercer disco de La Tabaré Riverock Banda, publicado por Ayuí/Tacuabé en 1992. Precisamente, apenas comienza la entrevista, ante la pregunta por el afiche encuadrado que cuelga en el living, sobre el sofá, Rivero desgrana la historia de sus raíces familiares y cuenta que, prácticamente, se crio al lado de un escenario.

    Con la consigna “Poesía contra todo”, La Tabaré celebró sus 40 años el sábado 8 en el Teatro de Verano. Es preciso remarcar que, si bien la formación de la banda tuvo múltiples variaciones, su trayectoria no ha tenido interrupciones y que, junto con El Cuarteto de Nos y Buitres, está entre las bandas más longevas de la historia de la música uruguaya.

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    La Tabaré celebra sus 40 años

    La Tabaré celebra sus 40 años

    Junto con Rivero saldrán a escena la cantante Pamela Cattani, el guitarrista Leo Lacava, el bajista y contrabajista José Suárez, el baterista Marcelo Lacava y el trombonista Enzo Spadoni. Se trata de una formación que se ha consolidado en los últimos años, desde que Cattani sustituyó a Lucía Ferreira. Con varios invitados especiales y con la presencia de varios de sus exintegrantes, el grupo anuncia un extenso recorrido por canciones de sus 15 discos publicados, desde Sigue siendo rocanrol (Orfeo, 1987) hasta Urutopías (Bizarro, 2023).

    Desde su formación en 1985 en Montevideo como La Tabaré Riverock Banda (hace una década redujo su nombre a La Tabaré) el grupo mantuvo el foco en fusionar el legado del primer rock uruguayo (el de los años 60 y 70) con el blues y el punk, incluso el jazz y el tango, pero a su vez con la canción popular como norte y con una fuerte impronta teatral. A su extensa discografía La Tabaré suma un cúmulo importante de espectáculos teatrales-musicales como La ópera de la mala leche, ¿Qué-te-comics-te?, Vian de Vian (dedicado al literato francés Boris Vian) y dos recordados títulos con la Comedia Nacional: La micción y el más reciente La euforia de los derrotados.

    Rivero se formó como actor en la EMAD y el Teatro Circular e integró varios grupos teatrales alternativos en los 80, antes de emigrar por un año a Italia. Al teatro están dedicadas canciones como De actores y camarines y del teatro han provenido buena parte de las cantantes que ha tenido la banda, como Davidovics, Alejandra Wolff, Mónica Navarro y Lucía Trentini. Del teatro provienen invitados como Franklin Rodríguez, quien recita a voz en cuello al inicio de Sras. Sres.

    La Tabaré es uno de los escasos vasos comunicantes entre el rock de los años 70, el movimiento del canto popular de inicios de los 80 y el rock de la posdictadura, muy influido por el punk y el hard-rock. Su base instrumental siempre fue la de un power trío (guitarra eléctrica-bajo-batería) con la incorporación ocasional de instrumentos de viento y otros más asociados a folclores latinoamericanos y europeos. A nivel conceptual la banda, incluso desde su nombre, siempre tuvo la impronta poética de Rivero, definida por una postura política y social extremadamente crítica, muy cercana al anarquismo, con la canción Somos todos subversivos, aquella que enunciaba, como como declaración de principios, una larga lista de items a derogar (la propiedad privada, por ejemplo) y legalizar (el aborto, la eutanasia y no votar, por ejemplo).

    Sobre este largo camino recorrido, sobre cómo logró dejar atrás la rabia, la angustia y el enojo de aquella época temprana de la banda, y sobre algunos aspectos no tan conocidos de su vida, a dos meses de cumplir 69 años, Tabaré Rivero dialogó con Búsqueda en su apartamento del barrio Sur, a escasos metros del Cementerio Central y de la rambla con su viejo murallón.

    —¿Cuál fue tu primer vínculo con la música y el teatro?

    —Mi viejo era actor, director y dramaturgo de radioteatros. Escribía episodios para la radio y cuando iban por el episodio 40 armaba una obra con todo eso y la llevaba en giras por todo el interior. El bandoneonista era Donato Racciatti, y Alberto Mastra tocaba la guitarra y cantaba. La actividad artística de mi padre fue determinante en mi vida, sin dudas.

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    Tabaré Rivero.

    Tabaré Rivero.

    —¿En qué barrio te criaste?

    —Mi casa estaba en 18 de Julio y Minas, al lado del Cine Gran Palace, que después se convirtió en el Teatro El Galpón. De niño llegué a jugar a la pelota en pleno 18. Nunca tuve un barrio propiamente dicho, pero todos mis paseos están en toda esta zona entre 18 y la rambla. Fui a la Escuela Cervantes, en la calle Soriano, donde hoy es Magisterio. Jugaba al fútbol en el Club Miguelito Siré de Palermo, en Isla de Flores y Ejido. Así que casi todos mis amigos vivían entre Palermo y barrio Sur. Jugábamos al fútbol en terrenos cercanos al Club Atenas, íbamos a la rambla casi todos los días y en verano íbamos a la Ramírez, por supuesto.

    —¿Eras futbolero?

    —En esa época, sí, muy futbolero, hincha de Peñarol. Iba solo al Estadio (Centenario), a la talud. Ahora no, después de que mataron al hincha de Cerro adelante del hijo, dejé de ser hincha. Ya venía muy descreído y ese fue el detonante.

    —¿Cómo eran esos viajes con tu padre?

    —Por lo general no tenían con quién dejarme y ya de chiquito me iba con mis padres. Mi viejo actuaba en todos lados y mi madre lo acompañaba. Salíamos los jueves de tarde y volvíamos el lunes de mañana. Íbamos en una bañadera destartalada con todo el elenco. En un solo fin de semana podíamos ir a Tacuarembó, después en tren a Paso de los Toros y en otra bañadera por otros pueblos de la zona. Yo llegaba y me iba derecho a la escuela. Muchos fines de semana seguidos. Era una gira continua. Tenía mucho de compañía de circo. Se actuaba en teatros, lindos y feos, en clubes sociales y todo tipo de locales. Yo vivía al lado de un escenario, entre ensayos y funciones. Ahí, entre actores, músicos, instrumentos y camarines nació mi gusto por la música y el teatro. Eran obras muy musicales. Y después lo otro que aprendí fue que después de la función los actores se iban al boliche y se mamaban (ríe). Ahí aparecían los payadores, los folcloristas, los fogones, los bombos, las guitarras. Y eso era lo que más me emocionaba, siempre. En esas noches brotaron mis primeras lágrimas de emoción.

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    Tabaré Rivero.

    Tabaré Rivero.

    —¿De ahí viene el gusto por el tango que se aprecia en diferentes épocas de La Tabaré?

    —Sí, seguro, en esa troupe conocí el bandoneón. Y al llegar a mi casa escuchaba los discos de tango y folclore, y a veces era un placer mayor que salir a jugar. Pero me hice más tanguero con los años. Y tanguero instrumental, no tanto cantado. Tanto al inicio de la banda como en los últimos años, el tango siempre aparece. Como en la versión rockera de La cumparsita. Lo que intenté siempre fue lograr algo que nos distinguiera del rock anglosajón. No ser una imitación de algo ya hecho. Por eso las letras hablan tanto de Montevideo. Algo de uruguayidad siempre tiene que haber.

    —¿Y cómo entra el rock?

    —Una tía mía, a la que veía muy seguido, escuchaba mucho el Club del Clan. Y a mí me gustaban mucho Johnny Tedesco y Palito Ortega. Tengo que admitirlo (ríe). Es una música muy juguetona. Y a los cinco años eso te atrapa. Pero a los siete esa misma tía me llevó a ver Help! y me cambió todo. Una locura instantánea. Salí del cine y ya era fanático de los Beatles. Me volaron la cabeza. Después vinieron los Rolling Stones, Bob Dylan, los Who y Woodstock, que nos volvió a volar la cabeza. Woodstock fue el rock politizado, el rock que ya tenía algo para decir: “No al sistema”. Los hippies en esa época decían “no al consumo”. Apareció la generación beat y llegaron las culturas orientales y otros tipos de religión y de entender la vida y la muerte. Empezó a llegar información sobre las drogas, que acá no existían. Apareció Joan Báez cantando a capela y me deslumbró. Apareció la posibilidad de escuchar música con otra amplitud.

    —¿Y el rock uruguayo? Te escuché contar que estuviste en El Desenchufazo…

    —¡Claro que sí! Estuve en El Desenchufazo en el Cine Novelty, en la calle Cavia. Vi muchas veces a Días de Blues, a Psiglo, al poeta Leo Antúnez, que decía poemas muy intensos con rock de fondo. Vi a Dino en sus primeros conciertos, solo con una guitarra. A Mateo lo vi de telonero de Pappo en el Astral. Y el público rockero lo aceptó. Vi muchos argentinos: La Pesada del Rocanrol en el Teatro Artigas, en Colonia y Andes, Vox Dei en el Arizona, Aquelarre en el Stella. A los 13 o 14 me metí mucho con Almendra y Manal. Ya no estaba para la porteñada de Los Náufragos.

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    Tabaré Rivero.

    Tabaré Rivero.

    —¿Cómo te iba en el liceo?

    —En el liceo solo me motivaba la música. Como no era buen alumno me sentía horrible. Iba a clases pero me distraía y me ponía a dibujar. Pretendía salvar los exámenes y creía que estaba en un nivel superior a mis compañeros porque escuchaba música progresiva. Creíamos que eso era ser más inteligente. Los más cancheros, los que ganaban con las minas escuchaban la porteñada y la música bailable, los Bee Gees. Y nosotros, los resentidos porque las minas no nos daban pelota, éramos los reventados que escuchábamos King Crimson, Emerson, Lake & Palmer.

    —Y después llega el punk…

    —El punk me influyó más en la cuestión de la actitud que en lo musical. Porque en la dictadura yo escuché canto popular como loco. Había que estar codo a codo. Rumbo, Los que Iban Cantando, (Mauricio) Ubal y (Rubén) Olivera, Jorge do Prado con Pareceres. Iba a todos los conciertos. Incluso en esa época me negué a tocar el bajo en una banda de rock. Acá el rock más bien desapareció.

    —¿Y cómo empezaste en el rock?

    —Armamos una banda con Luis Trochón. Era una banda canción rock. Se llamaba San Bosta (ríe). Con ese nombre nunca llegamos a tocar. Toqué por primera vez con Euterpe, banda en la que conocí a Rudy Mentario, el primer y gran guitarrista de La Tabaré.

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    Tabaré Rivero en su apartamento, en el barrio Sur.

    Tabaré Rivero en su apartamento, en el barrio Sur.

    —¿Por esos años te engancha el teatro?

    —Yo había dejado el liceo y mi viejo me obligó a trabajar con él en las giras, en su compañía (ríe). Yo era muy tímido y el primer papel que me dio fue de milico en Juan Moreira (ríe). Después fueron llegando mejores papeles. Antes de los 18 años ya había recorrido el país actuando. Pasé entre 1974 y 1976 de gira. Después nos mató la expansión de la televisión en el interior.

    —¿Tuvieron líos con los militares?

    —No, nada, algún milico que se metió con una actriz, hubo que pararle el carro y casi terminamos todos presos. Mi viejo se tomaba dos copas de caña o grapa y enseguida iba de pesado.

    —¿Te pagaba bien?

    —Me pagaba dos chauchas, pero se justificaba con que me seguía manteniendo. “¡Vos comés en casa!”, me decía. Yo me gastaba la guita en cigarros y poco más. Todo el mundo fumaba mucho en esa época. En todos lados había un plato lleno de puchos.

    —Después te tomaste el teatro en serio. ¿Qué fue lo primero que hiciste en el teatro montevideano?

    —Hice tres años en la EMAD, tres en la escuela del Circular y empecé en su elenco. Lo primero que hice fue Los persas, de Esquilo. Un desastre (ríe). Éramos 11 actores y titularon la crítica Once contra Esquilo. Hicimos obras con (Horacio) Buscaglia, Héctor Manuel Vidal y Las raíces, de Milton Schinca. Ensayé una obra sobre la vida de (Edgar Alan) Poe con el Flaco (Jorge) Esmoris como protagonista y justo se quebró una pierna el día del ensayo general y no se pudo hacer. Y ahí fue cuando empecé con La Tabaré y dije: “Perdón, pido licencia”. Y me fui.

    —¿Cuándo hiciste tu primera canción?

    —A los 15 años, una canción muy infantil, después de ver una película sobre Bob Dylan y Woody Guthrie, el pionero del folk politizado y de protesta. Llegué a mi casa y quise sacar esa canción. No me salió. Me salió Paseando en coche. Está en YouTube porque la grabé medio en joda hace poco y un amigo la subió. En seguida dejé de lado ese imaginario del rock de autos y me incliné por un rock más político.

    Sige siendo rocanrol

    —En Sigue siendo rocanrol, el primer éxito de La Tabaré, ya criticás al rock cuando decís que el rock ya no es lo que era…

    Claro, yo venía de escuchar a Jesús Figueroa y al Flaco (Jorge) Barral y en los años 80 ese espíritu ya no estaba, estábamos más colonizados por el new romantic, el heavy metal con todo el glamour capilar y con rímel y lentejuelas. ¿Esto qué es? Por ahí me empecé a rapar, como Luca Prodan y el Indio Solari en Argentina, y empecé con esa actitud punk de romper con el mainstream.

    —¿Y cómo surge la idea de armar una banda?

    —Por el año 84 hice una obra para niños donde toqué con Mandrake Wolf, Riki Musso y Javier Silvera, que vive en Chile. Nos reuníamos mucho en lo de los Musso y conocí al Cuarteto de Nos. Renzo Teflón y Los Tontos estaban ahí en la vuelta. Las dos bandas y también Mandrake le ponían humor al rock. Los Estómagos ya tocaban, pero yo no me había enterado. Un romancero, de mis primeras canciones, es de esos años, y tiene humor. Y sigue siendo una de mis canciones más coreadas por la gente en los shows. Decía cosas como “No tengo propiedad privada, no tengo nada que comprar” y tiene la llevada de guitarra folk de Dylan. Ellos me empezaron a dar manija con que cantara, pero a mí todos me decían que cantaba mal y en las fiestas cuando cantaba la gente se aburría.

    —¿Por eso llamaste a una cantante, Andrea Davidovics, para compartir la voz líder?

    —La mujer en el rock era corista, y nada más. Había muchos frontman y por eso mismo quise que hubiera por primera vez una frontwoman. Yo pensaba en Joan Báez, en Janis Joplin, en Grace Slick, la voz de Jefferson Airplane. Y había visto en el canto popular cantar a Las Tres (Laura Canoura, Estela Magnone y Flavia Ripa). Estaba acostumbrado a que en el teatro los protagonistas son hombres y mujeres. Siempre nos cambiamos en el mismo camarín. Había machismo, sí, como en todos lados, pero el teatro siempre estuvo a la vanguardia en la igualdad de género. Y Andrea, con quien había hecho la EMAD y mucho teatro callejero, lo fue. Una voz impresionante. Yo quería hacer rock, me dieron manija, llamé a Andrea y ellos me acompañaron.

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    Tabaré Rivero.

    Tabaré Rivero.

    —¿Dónde fue el debut de La Tabaré?

    —En el Circular. Como era del elenco, pedí la sala y me la dieron. En el año 85 ya nadie iba a ver canto popular, que hasta el año anterior era furor. La gente quería fiesta y joda y ahí estaba apareciendo el rock. Entonces me dieron la sala. Habíamos grabado un casete con dos canciones (Sigue siendo rocanrol y Patada en el bajo beat) y lo llevamos a las FM El Dorado y Emisora del Palacio y resulta que fueron un éxito. Esas canciones anduvieron muy bien en la radio, gustaron mucho, conectaron un un gusto que estaba ahí, latente. El rock estaba empezando a estar de moda. Y eran canciones muy pop-rock digamos. A los pocos días de largar la venta pregunté en boletería cómo íbamos y para mi sorpresa me dijeron: “Están agotadas”. Un mes después grabamos Hotel a go-go y No me dejes perderte. Fueron las cuatro primeras canciones. Ese concierto fue un éxito: hicimos seis funciones agotadas en el Circular, después tocamos abundante y dos años después grabamos el primer disco (Sigue siendo rocanrol).

    —¿Cómo perfilaste tu voz ronca, tu forma de cantar y moverte?

    —En escena siempre me moví bien junto con Andrea, eso lo traíamos del teatro. Casi todas las bandas eran momias, excepto Los Estómagos. Gabriel Peluffo era infernal, era una fiera en el escenario. Lo vi en el Graffiti, en el Teatro de Verano, y pensé: este tipo es un animal salvaje. Tiraban bombas brasileras al escenario y él las pateaba en el aire y las mandaba de vuelta a la platea. Y la voz, no sé, es la que me salió, no la busqué.

    —¿Por qué le pusiste tu nombre a la banda y no otro cualquiera? ¿Ya la veías como una mezcla de banda y proyecto solista?

    —No, para nada. Fue como un chiste para actores. En el teatro estaba la Xirgu, la Medina, la Castro. Pensé, voy a joder con esto. “La Tabaré: la cuarta diva del rock nacional”. Una pavada para la gente de teatro, que fue nuestro primer público. Si hubiera sabido que la banda iba a durar 40 años, no le hubiera puesto mi nombre. Le hubiera puesto…, yo qué sé…, Los Macacos.

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