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    Tom Holland y el peso de la máscara: diez años como el Hombre Araña en un Hollywood de puras franquicias

    Con más de 120.000 espectadores en Uruguay, Spider-Man: un nuevo día confirma el éxito del héroe arácnido mientras su protagonista intenta liberarse de la “cárcel de oro” del personaje

    Tom Holland fue elegido para el papel de Spider-Man en 2015, cuando tenía 19 años y todavía había que buscar en internet su nombre para saber quién era.

    Más de 10 años después, Holland ya alcanzó los 30 y su última película como el Hombre Araña, Spider-Man: un nuevo día, rompió toda clase de récords. En menos de una semana, recaudó US$ 1.050 millones alrededor del mundo, convirtiéndose en el estreno más exitoso del año y uno de los lanzamientos más potentes que se recuerden en la historia de Hollywood.

    La película también se consolidó en su primer fin de semana como “uno de los mayores estrenos de todos los tiempos en Uruguay”, según lo comunicó Movie Films, distribuidora local del estudio Sony Pictures. Tras casi dos semanas en cartel, ya superó los 120.000 espectadores, según se informó a Búsqueda.

    Por si fuera poco, este año Holland también aparece en La odisea, de Christopher Nolan, interpretando al hijo de Ulises, Telémaco. La película, también en cartel en Uruguay, ya llevó cerca de 96.000 personas a las salas desde su estreno a mediados de julio, según cifras de la distribuidora de Universal Pictures, RBS.

    En 2022, Quentin Tarantino sentenció en una entrevista que la “marvelización de Hollywood” crea actores famosos sin producir estrellas de cine. “El Capitán América es la estrella. O Thor es la estrella”, dijo entonces.

    Aunque el director no lo mencionara en esa entrevista, Holland encaja a la perfección con la descripción. Por más que haya logrado compatibilizar la maquinaria de Marvel con el proyecto faraónico de Nolan, el propio Holland ve La odisea como el hito que le permite cerrar la etapa del joven superhéroe y empezar a ser considerado un actor con otras dimensiones. Pero por más que intente soltarla, la telaraña parece seguir pegada a sus manos, cada vez con más fuerza.

    ¿Mejor solo?

    Tom Holland y el director de Spider-Man: un nuevo día, Destin Daniel Cretton.

    Tom Holland y el director de Spider-Man: un nuevo día, Destin Daniel Cretton.

    En Un nuevo día, Peter Parker está solo. Borrado de la memoria de todos los que alguna vez fueron su familia y sus amigos, carga el peso de un aislamiento que desencadena una evolución física inesperada. Los ojos se le pondrán negros, la voz áspera y sus sentidos serán aumentados hasta el punto de lo insoportable. El propio Holland bautizó esta idea en la trama como una suerte de “pubertad arácnida”.

    Los dolores del crecimiento van de la mano con la actividad de trepamuros. El personaje nació en los cómics de los años 60 como una historia de adolescencia disfrazada de acción, y desde entonces el cine viene reformulando esa premisa según los grandes malestares de cada época.

    El cineasta Sam Raimi construyó, a comienzos de siglo, un Peter Parker perdedor y noble, atado al duelo colectivo neoyorquino del 11 de setiembre. Marc Webb, por su parte, propuso un lavado de cara en la década de 2010 con un registro más melancólico y callejero, donde la tragedia personal, y no el deber heroico, era el verdadero peso con el que cargaba el protagonista.

    Ya bajo el paraguas de Marvel, Jon Watts lo devolvió a los pasillos del liceo pero lo convirtió en el aprendiz del Tony Stark de Robert Downey Jr. De golpe, el botija de Queens estaba peleando en el espacio exterior y con resultados devastadores.

    Lo que el nuevo director Destin Daniel Cretton propone en Un nuevo día es, en principio, un regreso a un territorio más reconocible. Peter vuelve a ser un joven que muta contra su voluntad, y la película salta cuatro años en el tiempo para que Holland y el personaje estén en la misma sintonía. Como película, cumple sin más. Resulta un entretenimiento correcto, un intento de Marvel por satisfacer a sus hambrientos fanáticos con lo que ya conocen, sin grandes riesgos.

    La relación entre Holland y el personaje sigue teniendo, de todas formas, una química que no se desgastó, y las secuencias de acción están filmadas con un pulso urbano que le da a la película un mayor filo, un sentido de calle que se había perdido entre tantos hechiceros y alienígenas presentes en las entregas anteriores. Pero alrededor del carisma de Holland, el encanto decae. Hay una villana que nunca termina de justificar su lugar y un elenco secundario cargado de lo que parecen ser mandatos de estudio, inclusiones que huelen más a obligación contractual que a necesidad narrativa.

    Contra todo pronóstico, Un nuevo día termina sintiéndose como una película menor dentro de la propia saga. Disfrutable, sí, pero no memorable, sostenida más por su protagonista que por la historia que lo rodea. No es un desastre, pero tampoco deja huella. Digamos que zafa.

    No es culpa de Holland. Andrew Garfield, que interpretó a Spider-Man antes que él, definió la experiencia de vestir el traje como una “cárcel de oro”. Dijo, en su momento, que se había comprometido a profundizar una historia y un personaje, y que ver cómo la maquinaria corporativa terminaba primando sobre eso le rompió, un poco, el corazón.

    Ninguna película encarnó mejor esa contradicción que Spider-Man: sin camino a casa (2019), una obra aberrantemente inocua, ahogada en una puesta en escena soberanamente digital, cuyo único sostén fue reunir a los tres Spider-Man del siglo XXI.

    Pero quizás el valor de ese encuentro no estaba en la pantalla, sino fuera de ella. El director Jon Watts facilitó un encuentro privado entre Tobey Maguire, Garfield y Holland para que compartieran lo que significaba cargar con ese papel. Garfield lo describió como una experiencia de hermandad, una suerte de terapia colectiva hollywoodense que no redimió al producto final, pero que sí planteaba el mismo dilema que años después expresaría Robert Pattinson, compañero de Holland en La odisea. Tras interpretar a Batman, Pattinson también sintió que el éxito masivo no abría ninguna puerta secreta hacia otros proyectos de mayor riesgo o satisfacción artística.

    Zendaya y Tom Holland en Spider-Man: un nuevo día.

    Zendaya y Tom Holland en Spider-Man: un nuevo día.

    ¿Está Holland condenado a colgarse disfrazado hasta los 40? En junio de 2026, en una entrevista con GQ, el actor habló del año sabático que se tomó antes de rodar La odisea y Un nuevo día, y de su salida del alcoholismo, como un reinicio. Durante ese tiempo fuera de los sets, se dedicó a jugar al golf, a construir una casa en Londres y, sobre todo, a descubrir qué quedaba de él cuando nadie lo miraba. Ese paréntesis personal, según contó, le permitió cerrar el capítulo del “niño de Hollywood” y empezar a verse a sí mismo como un adulto con una voz con más peso al moldear sus proyectos.

    Holland también reveló que existe un plan trazado con Sony y Marvel para el relevo generacional. Hay una hoja de ruta que contempla la llegada de otros futuros Spider-Man, y en la que él aspira a convertirse en el mentor que Robert Downey Jr. fue para él. Pero cuando en la entrevista de GQ le recordaron su frase de 2021 —“si sigo siendo Spider-Man después de los 30, hice algo mal”—, Holland admitió que quizás fue una “estrategia para generar temor” en las negociaciones. Ahora, con 30 años recién cumplidos y el traje aún puesto, bromeó con que debería cambiar la fecha límite a los 37.

    Fuera del traje, el historial de Holland es errático. Debutó con fuerza en el drama, pero sus intentos por consolidarse en el cine adulto fueron una sucesión de traspiés. Hubo películas de suspenso que prometían y no cumplían y un regreso al teatro que fue más negocio que arte. La biografía dramática de Fred Astaire que empezará a filmar en enero de 2027, al menos, suena a un proyecto que aprovecha su formación como bailarín y puede ser el paso que necesita. De todo lo que ha hecho, es La odisea la única que lo hace hablar con verdadera devoción.

    Holland llegó a decir que la aventura épica de Nolan “casi salvó” a la cuarta entrega de Spider-Man, porque ambas producciones tenían fechas idénticas. Tuvo que pedirle a Tom Rothman, presidente de Sony, que retrasara el rodaje de Marvel seis meses. Sin ese retraso, dijo, no habrían tenido a Cretton ni tiempo para el guion. El rigor de Nolan, además, lo empujó a exigirle más profundidad a su propia franquicia y hasta preguntarle al estudio por qué hacían esa película más allá de que fuera rentable.

    La agencia de noticias financieras Bloomberg publicó un análisis sobre por qué Spider-Man sigue funcionando mientras otras franquicias de superhéroes patinan. Señala que el personaje, a diferencia de otros héroes, opera a escala humana. Salva su ciudad, no el multiverso, y se enfrenta a villanos con motivaciones reconocibles, no a amenazas sin rostro. Eso, sumado al anclaje visual de una Nueva York real y reconocible, convierte lo fantástico en algo cercano. Y por si fuera poco, está el fenómeno mediático de Holland y Zendaya, la actriz que interpreta a MJ en las películas de Spider-Man y que es su pareja en la vida real. La reciente boda de la pareja ha funcionado, además, como un imán para la generación Z, que los sigue dentro y fuera de la pantalla.

    La identificación con Spider-Man, sin embargo, tiene una base más profunda. La ética de Peter Parker es la de una deuda infinita que nunca se termina de pagar. No importa a cuántos criminales atrape, siempre queda la sensación de insuficiencia. Esa obligación moral lo convierte en el clásico perdedor con suerte, alguien que a pesar de sus poderes sigue viviendo en la precariedad porque su propia brújula moral le impide sacar ventaja de sus dones. Vive con lo justo, se equivoca, se levanta, y al otro día se vuelve a poner el traje. No hay otra.

    Hay también un componente más literal en el diseño del personaje. El traje cubre al actor de pies a cabeza, sin dejar ver un centímetro de piel ni ningún rasgo identitario, y esa condición permite que cualquiera pueda proyectarse dentro de él, sea de donde sea, tenga la edad que tenga.

    Pero lo que funciona como virtud para la franquicia es el verdadero obstáculo para el actor. Salir de debajo de esa tela para mostrar un rostro propio exige, al llegar a los 30, conformarse con la comodidad del éxito masivo o dar el salto definitivo hacia otro tipo de carrera. Holland parece haber entendido que el traspaso generacional tarde o temprano llegará, pero el éxito de esa emancipación no dependerá de una negociación sino de su capacidad para demostrar que hay vida, y talento, más allá de la sombra del personaje.