No fue su rápido posicionamiento en el ranking de lo más visto en Netflix ni el efecto inmediato que la plataforma causa con sus productos, que suele llegar en forma de preguntas de allegados: “¿Ya viste x?”, esa interrogante infaltable que siempre provoca la sensación de estar quedándose atrás de un fenómeno.
El impulso surgió de una recomendación en la red social antes conocida como Twitter, donde un usuario elogiaba la serie y a su elenco, sosteniendo la idea de una “generación de actores” admirable que, según afirmaba, estaba en vías de extinción.
Esa finitud anunciada quizás sea apresurada, pero su sugerencia era atinada en lo siguiente: si los protagonistas son Griselda Siciliani, Esteban Lamothe, Benjamín Vicuña y Martín Garabal, quienes, en numerosas ficciones, han sabido explotar sus respectivos dotes cómicos o románticos, ¿por qué no darle una oportunidad a la propuesta, una producción de Adrián Suar que esquivó la televisión tradicional y fue encomendada, en cambio, desde la compañía líder en el streaming?
Quizás cierta reticencia inicial se deba a que Envidiosa trae consigo ciertos aspectos estéticos y narrativos que, aunque han hecho de Suar y Pol-ka nombres reconocibles en la televisión argentina, pueden resultar, a primera vista, en una catarata abrumadora y empalagosa de estímulos.
Los personajes de Suar habitan un mundo extremadamente iluminado, que se sostiene en una representación artificial y no realista en donde casi no hay sombras y la paleta de colores suele apostar a tonos vibrantes. Sus habitantes se expresan fuerte y rápido, reafirmando una vorágine que, desde el otro lado del Río de la Plata, entendemos como un frenesí clásico de lo televisivamente bonaerense. Además, se someten de manera continua al factor que hace de todas esas historias un producto de consumo voraz: una catarata de sentimientos que desencadena amores, desamores, alianzas y tradiciones lideradas por personajes muchas veces arquetípicos, con diálogos ingeniosos y cargados de humor.
A pesar de que Envidiosa no se aleja demasiado de las comedias de Suar en la televisión abierta, se siente más aggiornada. Su encanto no reside tanto en lo desbocada de su protagonista, sino en las imperfecciones que sus palabras revelan. La serie utiliza la envidia como motor del relato y explora el peso de los mandatos sociales y la presión que enfrentan las mujeres en su búsqueda del amor romántico y la felicidad. A través del carisma de Griselda Siciliani, el personaje logra evitar caer en el estereotipo de alguien que anhela lo que tienen sus amigas, especialmente la vida familiar tradicional, una búsqueda que se vuelve aún más urgente a medida que avanza la trama.
Siciliani interpreta a Victoria Mori, Vicky, una mujer que está por cumplir 40 años y enfrenta la separación de su novio, con quien estuvo durante 10 años. Angustiada por el hecho de que él se casa con otra mujer poco después de la ruptura, Vicky siente la presión de casarse y tener hijos antes de cierta edad, una idea que ella asocia con la imagen de la familia perfecta. La serie la seguirá en su búsqueda de un nuevo hombre que la ayude a cumplir su sueño de formar esa familia tradicional.
Entre esas posibilidades, hay tres candidatos. Esteban Lamothe es Matías, el vecino de Vicky, a quien ella describe como un “buen muchacho” y un “tipo tranquilo e introvertido”. Matías se convierte en su confidente mientras trabaja en una rotisería junto con una familia china y su romance con Vicky arranca como una amistad que pronto se desdibuja.
Por otro lado, está Nicolás, interpretado por Benjamín Vicuña. Encantador y exitoso, es su jefe y un verdadero mujeriego, tan manipulador como seductor. Para Vicky, representa la oportunidad de estabilidad y prestigio que ansía.
Martín Garabal, en tanto, da vida a Daniel Oribe, el exnovio de Vicky. Después de 10 años juntos, se separan al inicio de la serie y, poco después, él se casa con una joven brasileña, lo que dispara aún más los celos y la mencionada envidia de Vicky.
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Si bien la búsqueda de una pareja es central en Envidiosa, la serie también explora otros personajes, en especial el círculo de amigas de la protagonista. Carolina (Pilar Gamboa), Lu (Violeta Urtizberea), Debi (Marina Bellati) y Melina (Bárbara Lombardo) aportan una dinámica que ofrece al personaje un respiro de las convenciones de la comedia romántica. A través de momentos de cariño, pero también de miserias y tensiones, la serie aborda la complejidad de este grupo, aparentemente, de amistad. A menudo sorprende lo reiterado que es el maltrato de Vicky hacia ellas, pero esta relación contradictoria ofrece otra mirada a los vínculos longevos.
La serie presenta una visión de la amistad que puede resultar familiar para muchos; se aleja de la idealización y muestra que las relaciones entre amigos son complejas y multifacéticas. A lo largo de la trama, vemos momentos de apoyo incondicional a la protagonista, donde las amigas están dispuestas a ofrecer su ayuda y su aliento en los momentos más difíciles. Sin embargo, también emergen pasajes de pura competencia y egoísmo que ponen de manifiesto lo difícil de estas relaciones. En esa tensión sale a luz cómo las presiones sociales, sobre todo en torno al matrimonio y la maternidad, pueden afectar a las amistades femeninas, transformando lo que debería ser un lazo de apoyo en un campo de batalla emocional.
La Vicky de Siciliani se presenta como una mujer en crisis, a punto de cumplir 40 años, que enfrenta una enorme dificultad para prescindir de la idea de encajar en el modelo de familia que imaginó desde pequeña, cuando fue abandonada por su padre. Políticamente incorrecta, dice lo que piensa sin filtros y actúa de manera egoísta. Pero detrás de su aparente seguridad va dejando entrever profundas inseguridades y una necesidad de validación externa constante.
A lo largo de los capítulos, Vicky inicia un proceso de autodescubrimiento, enfrentándose a sus demonios a través de la terapia y tratando de separar sus verdaderas aspiraciones de sus expectativas. Es un proceso complejo y lleno de altibajos, como el que recorre la propia serie. La serie, al igual que Los Soprano, utiliza los encuentros de Vicky con su psicóloga, interpretada con firmeza por Julieta Fantini, para ofrecer un vistazo más profundo a la personalidad y los anhelos de la protagonista. Mientras que en Los Soprano estas sesiones servían para humanizar al personaje y mostrar su vulnerabilidad, aquí, en un inicio, acentúan lo opuesto: Vicky parece cada vez más distante de su propia realidad. A través de sus sesiones, se revelan sus justificaciones y evasiones, lo que, en lugar de acercarla a la comprensión de sí misma, la lleva a desentrañar las raíces de su infelicidad. Las sesiones, que funcionan como separadores de los hechos de la trama principal, se transforman en un campo de batalla entre lo que Vicky desea ser y lo que realmente es.
La serie no está exenta de falencias, al igual que su protagonista. Presenta atajos estéticos imperdonables, como algunas transiciones con tomas de la ciudad de Buenos Aires animadas con una cualidad de presentación de PowerPoint que parece que alguien armó de apuro ante una entrega atrasada. Personajes como el de Pilar Gamboa, la hermana “hippie” de Vicky, caen en lo caricaturesco para ofrecer risas obligadas, mientras que el vaivén de la protagonista con sus intereses románticos a menudo la deja en situaciones vergonzosas que ella debe enfrentar al mismo tiempo que intenta rearmarse como persona. En el contexto actual, la serie tampoco pretende abordar con profundidad las diferentes opciones de vida ni la posibilidad de encontrar la felicidad fuera de los modelos tradicionales. Además, presenta una Buenos Aires que, a menudo, parece existir solo entre Recoleta, Palermo y Puerto Madero.
Con guion de Carolina Aguirre, Envidiosa logra sacar el máximo provecho de su protagonista magnética y, aunque no se aleja del estilo característico de Suar y Pol-ka, aporta una frescura que la distingue en el panorama de la comedia romántica. La serie se adentra en la crisis de la mediana edad abordando temas que resuenan con muchos espectadores y exteriorizando luchas internas que, sin duda, generan un alivio al ser expresadas en voz alta. Su humor efectivo se combina con momentos de genuina vulnerabilidad y crea un equilibrio competente. A pesar de que se tropieza en algunos atajos narrativos y estéticos, su habilidad para equilibrar la comedia con la reflexión personal la convierte en una propuesta recomendable.
De cara al futuro, se espera una segunda temporada para el verano, y surge una pregunta intrigante: ¿en quién depositará Vicky ese corazón con agujeros que apenas comienza a emparcharse y sanar? Si en el amor, como en el fútbol, el camino es la recompensa, solo el tiempo dirá.