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    martes 04 de junio de 2024

    Drive-Away Dolls, primera película de Ethan Coen sin Joel Coen

    La aventura en solitario de uno de los miembros de la pareja de hermanos más célebre del cine es un regreso a sus viejas mañas

    Hubo un tiempo que fue hermoso, en el que el cine fue libre de verdad. Estamos hablando de los años 80, una época en la que uno podía ir a una sala de estreno y sorprenderse descubriendo la obra de directores que se sentían libres de recorrer sus caminos estéticos y formales como mejor se les antojara, echando mano a las referencias que se les antojara. La época de los directores que controlaban superproducciones había terminado, y faltaban años para la llegada de la era del cine “independiente” de Miramax, el mumblecore y las tarantineadas recurrentes. Durante casi una década Hollywood lanzó al mundo las carreras de creadores que al mismo tiempo experimentaban, creaban cosas nuevas y saqueaban sin asco las artes plásticas, el cine clase B, los dibujos animados, el film noir, las comedias slapstick o lo que se les antojara.

    Venían en todas las formas y todos los colores. Uno iba al cine y sentía cómo le explotaba la cabeza al enfrentar por primera vez una película de, entre otros, Tim Burton, David Lynch, James Cameron, Sam Raimi o, por supuesto, los hermanos Coen. Todos ellos plantaron su bandera basada en férreas visiones personales y, salvando los abismos que los separaban, el concepto del cine como espectáculo y vehículo estético. No hay nexos formales entre Terminator (Cameron, 1984), Terciopelo azul (Blue Velvet, Lynch, 1986) o El joven manos de tijera (Edward Scissorhands, Burton, 1990), pero sí un sutil puente casi espiritual basado en el concepto de no ceder un centímetro en la convicción de qué contar, cómo contarlo y dónde poner la cámara para hacerlo.

    Cuatro manos

    Joel y Ethan Coen no necesitaron más que un par de películas para destacar. Simplemente sangre (Blood simple, 1984), un drama criminal seco, mordaz y afilado, y Educando a Arizona (Raising Arizona, 1987), una comedia deschavetada, delirante y genial, de lo mejor en su género dentro de una época en que las comedias abundaban y todavía tenían algo de importancia. Dos películas tan diferentes como se puedan imaginar, pero compartiendo el mismo genio cinematográfico. Y en ambas los hermanos se repartían los créditos, como harían por el resto de su carrera. Ambos firmaban el guion, Joel como productor y Ethan como director. Pero el rumor siempre es que ambos metían mano en todos los apartados, salvo en edición, que era y sigue siendo un asunto que lleva a cabo Joel con seudónimo.

    Desde ese momento, los Coen acumularon una obra maestra atrás de otra, llegando a su pico máximo en 1998 con El gran Lebowski (The Big Lebowski), su mejor película y una de las mejores comedias de todos los tiempos.

    Tristemente hay una ley del cine no escrita, no muy estudiada y, digamos todo, bastante poco aceptada: los grandes directores se agotan. Surgen, producen un puñado de películas magistrales, llegan a la cumbre de su arte y se diluyen. Para buscar excepciones a esa regla hay que pensar en nombres del calibre de Kubrick o Kurosawa. Para los demás es ascenso, esplendor y caída. Caída que puede durar décadas enteras.

    Los motivos de esta caída son muchos y varían. Algunos caen en la grandilocuencia (Cameron), otros son estrujados por las demandas del Hollywood actual (Raimi), otros simplemente se retiran (Lynch, John Carpenter), otros llegan a la vejez desesperados por demostrar que siguen vigentes (Woody Allen, Clint Eastwood), otros pierden los espacios necesarios para desarrollar sus visiones extremas (John Waters). Pero en todos los casos se puede decir “Hasta la película equis eran geniales”, y luego viene el debate, los argumentos emocionales o la negación de quienes los defienden. También están los blufs, que prometían ser grandes y quedaron en un par de películas que nos engañaron a todos (Taika Waititi, por nombrar a uno, o las hermanas Wachowski). De todo, un poco.

    El caso de los Coen es mucho más específico. No solo se puede señalar hasta qué película fueron grandes, sino que se puede decir en qué minuto exacto de ella dejaron de serlo. En El hombre que nunca estuvo (The man who wasn’t there, 2001) llega un momento en que el personaje central (Billy Bob Thornton) percibe que como castigo por sus inquinas y amoralidades se mueve entre la multitud en la calle totalmente desapercibido, ignorado por todos: se convirtió en lo que dice el título de la película. Hubiera sido un gran final para el personaje y para la historia condenarlo al ostracismo a plena vista. Pero lamentablemente la película sigue otra innecesaria media hora en la que pasan cosas que nada agregan y hasta aparece, vaya a saber por qué, un ovni. Se puede cronometrar el momento en el que ocurre la escena de la calle y afirmar con pulso firme que hasta ahí llegó el estado de gracia de los Coen.

    Desde entonces siguieron sacando películas, todas buenas, o como mínimo muy dignas. Pero el nivel de sus primeros 15 años de carrera no volvió jamás. Vistas en solitario, ninguna de sus obras posteriores puede decirse que decepcione. Comparadas con su época de gloria, no dan el peso. El talento sigue ahí, pero la magia ya no está.

    Aventuras en solitario

    La conjura cinematográfica de los Coen duró 18 películas, hasta 2018 y La balada de Buster Scruggs (The ballad of Buster Scruggs), luego de la cual se separaron. En 2021 Joel fue el primero de los hermanos en romper el sólido binomio creativo al adaptar, producir, editar (con seudónimo) y dirigir por su cuenta una versión estilizada, minimalista y en blanco y negro de Macbeth (The tragedy of Macbeth), con Denzel Washington y Frances McDormand. McDormand, esposa de Joel, fue la participante más fiel en casi todos los proyectos de su marido y su cuñado desde Simplemente sangre.

    En 2024 le tocó el turno a Ethan, quien dirigió y junto con su esposa, Tricia Cooke, escribió y produjo Drive-Away Dolls, una road-comedy que es la primera parte de una proyectada trilogía. Tricia Cooke a su vez es montajista y trabajó en ese rubro en casi todas las películas de los hermanos desde 1990, junto con Joel (con seudónimo) hasta, curiosamente, 2001, o sea, hasta el final de su época de oro. La familia Coen es, o era, de vínculos firmes.

    Drive-Away Dolls, ambientada en 1999, cuenta las aventuras de dos amigas lesbianas, la alocada Jamie (Sarah Margaret Qualley, hija de Andie MacDowell) y la apocada Marian (Geraldine Viswanathan), que por distintos motivos necesitan dejar su ciudad, Filadelfia. Jamie, para dejar a su controladora novia policía; Marian, para cambiar una vida que siente que la asfixia. Las dos deciden viajar por carretera hasta Tallahassee (Florida) en un auto alquilado. Tienen la mala fortuna de que el no muy avispado empleado de la empresa de alquiler les da justo un coche que un mafioso local planeaba utilizar para transportar una carga muy cuestionable hasta, justamente, Tallahassee, lo que lo obliga a mandar secuaces en su persecución. Las amigas no tardan en descubrir que en el auto llevan, entre otras cosas, un fragmento de un hombre llamado Santos, al que se vio aparecer y desaparecer agresivamente en el prólogo de la historia (Pedro Pascal, dos minutos en pantalla en cuerpo completo, algunas tomas más como fragmento). Los otros elementos que transportan son de suma importancia para un senador conservador (Matt Damon), que se suma a la búsqueda. Mientras tanto Jamie y Marian se desvían, pasean por Florida, buscan bares y fiestas lésbicas y esquivan a sus perseguidores. Hay flashbacks psicodélicos protagonizados por Miley Cyrus que explican el involucramiento muy íntimo del senador conservador con los elementos cuestionables.

    El tono es de comedia ligera, desenfadado, agradablemente descontracturado y gozosamente queer. Hubiera sido un éxito allá por mediados de los 80.

    Es interesante comparar los caminos elegidos por ambos hermanos en sus aventuras en solitario. Joel abrazó un cine despojado, casi abstracto, que hace reverencias a referentes como Orson Welles, F.W. Murnau o Carl Theodor Dreyer. Ethan en cambio eligió la fuga hacia el pasado, hacia lo que probablemente sienta como su zona de confort. Todo el contexto general de su película grita “soy retro”, tanto el humor como las decisiones formales, desde el montaje (las transiciones entre escenas incluyen jueguitos con autos que giran y cosas similares) hasta el sonido (cada vez que un personaje consulta su reloj de pulsera se escucha un fuerte “tictac, tictac”). Las tomas, los ángulos, todo parece sacado de los antiguos grandes éxitos de los hermanos. El guion fue escrito a fines de los 90, pero la impresión es que la película hubiera sido filmada en 1985.

    Y el tiempo pasó. Lo que en aquellos años hubiera volado la cabeza de un espectador en un cine céntrico, hoy produce como mucho una calidez melancólica, una sonrisa genuina ante los chistes que abundan y son buenos, pero dejan una sensación incómoda de déjà vu. No dejan la sensación de haberlos visto ya, sino de que deberían haberse visto en otra época, hace mucho, cuando en pantalla no solo estaban presentes el talento y el ingenio sino también la magia. Al día de hoy, Drive-Away Dolls es un artefacto nostálgico, un jocoso homenaje estético a todas aquellas buenas decisiones que volvieron a ambos hermanos íconos del cine.

    Vida Cultural
    2024-05-01T17:00:00