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    No se puede reformar la educación “en un régimen de asamblea o congreso permanente”, dice Aristimuño sobre participación gremial

    La responsable de la Dirección Ejecutiva de Políticas Educativas del Consejo Directivo Central (Codicen) de la Administración Nacional de Educación Pública (Anep), Adriana Aristimuño, es la cabeza técnica detrás de la reforma educativa que impulsa el gobierno. Para que los cambios propuestos muestren resultados, está convencida de que es necesario promover una interacción permanente entre todos los actores. Pero al mismo tiempo entiende que “no se puede reformar la educación en un régimen de asamblea o congreso permanente”.

    Lo dice en respuesta a los reclamos gremiales y a las “reacciones automáticas” de todo tipo que a su juicio entorpecen la transformación en curso. En su despacho del piso 9 del edificio de la ANEP, donde ha diseñado buena parte de la reforma, junto con el titular del Codicen, Robert Silva, la jerarca asegura que la pandemia retrasó solo un semestre los planes y que estos avanzan a buen ritmo.

    Aristimuño detecta “una cultura profesional en la educación de no cambiar, de resistir” y de creer que “todos los temas deben ser consultados, consensuados, con participación al máximo”. Y entiende que es necesario “matizar” esas ideas arraigadas. “No se puede participar en todo y no se puede opinar sobre todo”, porque hay áreas de especialización, temas y momentos para hacerlo, y “tampoco se puede confundir y ponerlo en términos de democracia directa todo el tiempo; no es así”, afirma.

    —¿Consejeros y sindicatos docentes han dicho que el nuevo plan de la ANEP busca preparar a los estudiantes para el mundo laboral, para cumplir tareas utilitarias, sin ofrecerles una formación íntegra como personas, para su vida. ¿Qué responde a eso?

    —Si tú miras las competencias… creo que esa crítica cae por su propio peso. Vamos a formar en la capacidad interpersonal, en el relacionamiento con el otro; en la capacidad intrapersonal, en la introspección, en la construcción de un proyecto de vida. También vamos a formar en la competencia del pensamiento crítico, que es nada menos que tomar distancia de un razonamiento, chequear las fuentes cuando me llega una información. Nada de eso cierra con la idea de formar robots para una sociedad de consumo. No tiene absolutamente nada que ver. Es muy llamativo, porque en otras instancias, ante otros cambios, se dijeron estas cosas. Me acuerdo que se decía que la reforma de Germán Rama era neoliberal. Es el correlato de lo que hoy se dice de mercantilista. Eso también es llamativo. Yo creo que a veces hay reacciones automáticas, más allá de lo que se está proponiendo.

    —¿A qué obedecen esas “reacciones automáticas” del gremio docente?

    —Cambiar cuesta, al ser humano en general. Y la educación es un campo en el que uno como docente se arraiga un poco a las prácticas. Lo digo también en primera persona. Uno como docente se apropia, se encanta, se siente a gusto, encuentra su zona de confort y cree que tiene resueltas las cosas de una manera, y entonces se va consolidando una práctica. Por supuesto que siempre hay gente innovadora, que prueba, que es más experimental, más lúdica. Ahora, hay como una cierta cultura profesional en la educación de no cambiar, de resistir. Y también hay una cultura de que todos los temas deben ser consultados, consensuados, con participación al máximo. Yo creo que hay que matizar eso, porque en realidad en todas las áreas de la sociedad ha habido cambios y ha habido participaciones relativas.

    —¿Qué quiere decir?

    —Yo creo que es muy importante que los docentes estemos convencidos de lo que estamos haciendo. Pero no se puede participar en todo y no se puede opinar sobre todo. Hay áreas de especialización, hay elementos técnicos. Yo, Adriana, no puedo desarrollar un documento como el marco curricular nacional sola. Necesito colegas que sepan sobre el tema. Yo no puedo desarrollar perfiles de tramo. Eso exige grupos especializados. Quiero decir que no se puede reformar la educación en un régimen de asamblea o de congreso permanente. Eso realmente es importante decirlo, porque es una manera de trabajar la que estamos adoptando, que va combinando diferentes formas de participación en los diferentes momentos.

    —¿Un ejemplo?

    —Cuando se elaboraron estos documentos, enseguida se sometieron a análisis y ahora con los programas abrimos mucho más la participación, porque se podía. Pero tenemos más de cien personas haciendo los programas. Yo creo que participar te acerca a la idea y derriba muchas veces el miedo, la aprehensión, la resistencia. Pero también hay una cuestión profesional de que debe haber apertura para lo que me proponen: “Vamos a probar, vamos a experimentar”. En el fondo este es un tema cultural, un tema histórico y una combinación de muchas cosas.

    —Su planteo parece contraponerse a la máxima gremial de que “no hay reforma educativa sin docentes”.

    —Ese eslogan es correcto, y los docentes tienen que estar convencidos y tienen que participar. Ahora, tenemos que definir bien qué entendemos por participar. En eso creo que hay que ponerse de acuerdo.

    —¿Y usted qué forma de participación propone?

    —Se hizo una reforma de la salud y no se le preguntó a todos los médicos qué opinaban. Se hizo una reforma de la seguridad social y no se le preguntó a todos los pasivos... ¡Y es cierto! ¿Por qué en la educación tiene que ser así? Y bueno, hay una tradición de participación que es interesante, que es importante. Pero creo que justamente hay que ir variando los mecanismos de participación, según el tema y el momento. Es teoría del cambio, es política pública. Es obvio que no se puede hacer una reforma sin los docentes. Pero tampoco se puede confundir y ponerlo en términos de democracia directa todo el tiempo; no es así.

    —Según el consejero docente Julián Mazzoni, los cambios curriculares proyectados en el plan de la ANEP no serán significativos gracias a la “movilización” de actores de la educación. ¿Cuál es su visión al respecto?

    —Los cambios curriculares son significativos, están planteados así y nosotros estamos desarrollando el plan de trabajo que traíamos y que dijimos que íbamos a hacer. El plan de educación básica integrada respeta las unidades curriculares, las asignaturas, las horas de los docentes, pero también innova en nuevas unidades curriculares y sobre todo en el enfoque por competencias. Eso es realmente disruptivo y ahí está el verdadero cambio. Uno cuando mira una malla curricular no necesariamente verá toda la innovación en la malla. Hay otros lugares donde ver la innovación: los programas, las prácticas de las aulas, las formas de evaluación... Esto es parte de la cosa, pero como es un sistema todavía faltan elementos. Está la transformación curricular en curso, el combate a la inequidad a través de políticas focalizadas como los Centros María Espínola o los Luisa Luisi, todo el cambio de la gestión a través de la formación de los directores y los instrumentos de gestión en los centros educativos para darles mayor autonomía. Además de la transformación de la formación docente que retroalimenta todo lo anterior.

    —Mazzoni también ha dicho que buena parte de la reforma, como la creación de séptimo, octavo y noveno grado, “es un viejo planteo” que está “sustentado en los primeros documentos que el Banco Mundial sacó sobre la visión que tenía de la educación” y luego en condicionamientos para el apoyo económico a este tipo de reformas. ¿Qué hay de eso?

    —El Banco Mundial no nos ha propuesto ni impuesto absolutamente nada. Al contrario, nosotros proponemos cosas y siempre nos están explicando que están al servicio de lo que el país quiera hacer. No hay condicionamientos ni mandatos de ningún agente externo. Lo que se propone se basa en una cantidad de fuentes pedagógicas. La pedagoga e investigadora argentina Flavia Terigi propone estas cosas. Lo mismo se propuso desde Eduy21 por actores de todo el espectro político. La continuidad educativa es un principio pedagógico muy deseable que no tiene absolutamente nada que ver con el Banco Mundial.

    —Hay quienes dicen que ahora se pisó el acelerador en la transformación de la educación y se va más rápido de lo aconsejable. Algunos, en sentido contrario, opinan que los cambios son demasiado lentos y piden más acción. Y para otros ya es muy tarde. ¿Cuál es la realidad? ¿Y cuánto trastocó la pandemia los plazos?

    —De adentro vemos que vamos al ritmo al que queremos ir. Solo tenemos unos meses de retraso del cronograma inicial, más o menos un semestre. Tuvimos que replanificar varias veces en pandemia, pero tratando de mantener ciertos hitos fijos. Ahora nuestra meta es llegar a marzo de 2023 con este plan en acción y todo parece indicar que lo vamos a lograr. Acelerar un proceso de este tipo es arruinarlo. Y no vamos más despacio de lo que deberíamos ir. Vamos al ritmo adecuado, al que se debe ir y vamos quemando etapas. Lo que pasa es que Uruguay está acostumbrado a ritmos bastante lentos. Por eso digo que es duro, no solo por la oposición externa. Hay mucha tensión, mucha presión. Pero entiendo que es saludable y hay que estar satisfecho de estar haciendo algo que a la gente le importa. Es bueno para Uruguay que el tema de la educación despierte tanto interés.

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