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Ricardo Pascale: Uruguay “está extremada y peligrosamente alejado de la economía del conocimiento” y carece de “estrategia clara de crecimiento”
El expresidente del Banco Central plantea en un nuevo libro —que incluye reflexiones de varios expertos y exjerarcas— una estrategia para converger hacia los países más avanzados sobre la base de una economía basada en el conocimiento
Ricardo Pascale. Foto: Javier Calvelo / adhocFOTOS
Ricardo Pascale veía en 2021 a Uruguay creciendo a un modesto ritmo que lo relegaba frente a otros países con mayor prosperidad y, más grave aún, sin una estrategia que lo insertara en la economía basada en el conocimiento. En un nuevo libro, machaca con ese enfoque y le pone un tono de urgencia dado por lo ocurrido desde entonces —una pandemia, el conflicto bélico en Ucrania, la “velocidad y nuevas características de las plataformas tecnológicas”, las renovadas presiones inflacionarias— y que define como una “nueva era” a escala global. “Si no se quiere ver al país agudamente rezagado en este mundo tan cambiante, de creciente incertidumbre y vertiginoso avance científico-tecnológico”, se precisa de un paradigma distinto al basado en cantidades producidas. Hoy, según él, Uruguay carece de una “estrategia clara de crecimiento de largo plazo”.
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Pascale, un experto en finanzas con un doctorado en Ciencias de la Información y el Conocimiento que presidió el Banco Central en 1985-1990 y en 1995-1996, publicó ahora El Uruguay que nos debemos. Convergencia y sociedad del conocimiento, editado por Planeta. El nuevo libro incluye textos o diálogos con economistas, científicos, académicos y algunos exjerarcas de gobierno que complementan el enfoque del autor.
“El desarrollo tecnológico adquirió velocidades desconocidas, transformando las formas de vida e impulsando el crecimiento económico y nuevos valores en las relaciones internacionales”, enmarca Enrique Iglesias, expresidente del Banco Interamericano de Desarrollo, en lo que define como un “cambio de época en el mundo”. También Luis Mosca, exministro de Economía (1985-1990), alude a “otra etapa que sobreviene” y a que el planeta asiste al “fin de la globalización liberal” como se la conoció hasta hace unos años.
Pascale cuestiona que Uruguay invierte una cifra “extremadamente baja” en investigación y desarrollo, de en torno a 0,4% del Producto Bruto Interno (PBI o PIB). Cita a Daniel Gianola: “Si se desea presentar a Uruguay como hub de innovación, hay bastantes deberes que hacer y el camino para recorrer puede que sea más largo de lo que parece a priori”. En ese sentido, en su aporte para el libro este ingeniero agrónomo y genetista aboga por una “política de Estado que comprometa a la sociedad a efectuar inversiones públicas de calidad en ciencia y tecnología”, entre otras acciones.
Por su lado, el decano de la Universidad de la República, Rodrigo Arim, señala que los “políticos y hacedores de políticas citan y repiten la importancia de la investigación (…). Sin embargo, esta presencia en el discurso cotidiano contrasta con el grado de priorización efectiva de las políticas en ciencias, tecnología, innovación y creación cultural en la matriz de programas y proyectos”.
Para Pascale, “sociedades como la uruguaya no podrán mejorar su bienestar general si no es a través del uso fructífero del conocimiento en el entramado productivo, avanzando hacia la diversificación y densificación de la estructura productiva del país. No es viable pensar el desarrollo en este siglo a partir del incremento de una producción primarizada (aunque tecnificada) y concentrada en un puñado de productos con bajo nivel de diferenciación en los mercados internacionales”.
Acerca de la inserción externa, Ignacio Bartesaghi, director del Instituto de Negocios Internacionales de la Universidad Católica, sostiene que “más allá de los esfuerzos realizados por el gobierno de Lacalle Pou, Uruguay sigue sin modificar sus condiciones de acceso en el mercado internacional”.
Por su lado Marcel Vaillant, doctor en Economía y consultor, postula un “programa de reforma comercial orientado a la apertura”. Propone una “trilogía a considerar: valores, nuevas reglas y mercados. Eso es lo que se debería procurar, sabiendo que ningún país solo reúne las tres dimensiones. Para cumplir con esta regla se requiere una canasta balanceada”.
El futuro
En uno de los capítulos, Pascale afirma que quizás por la “mala relación” que tiene Uruguay con el futuro muchos problemas no terminan de resolverse, ya que solo “se atienden cosas más de corto plazo”. En línea con esa preocupación cita un aporte para su libro hecho por el especialista en derecho laboral Juan Raso en el que reflexiona acerca de las nuevas tecnologías y el mundo del trabajo: “Los sindicatos consideran que las nuevas tecnologías son peligrosas para los trabajadores (lo cual es una percepción correcta), pero, en vez de reaccionar en forma adecuada, optan por ignorar estos cambios, pensando que el soslayamiento de las nuevas realidades reducen los problemas. Por tal motivo es pobre la negociación colectiva sobre las nuevas tecnologías e inexistente la resistencia ante el embate de los algoritmos en la gestión del trabajo”.
En Uruguay, cerca de 400.000 personas están en condiciones de alta vulnerabilidad laboral, porque realizan tareas fácilmente automatizables, según un cálculo mencionado por el economista Ignacio Munyo, también consultado para el libro.
Casi como un grito, Pascale afirma en otro pasaje que Uruguay “está extremada y peligrosamente alejado de la economía del conocimiento y mucho más de la sociedad del conocimiento”. Frente a eso, propone como alternativa una estrategia que resume en dos palabras: innovación e instituciones. Una transición de ese tipo requiere, según el autor, de acuerdos y liderazgos; “es preciso que esté en el humor de la gente, en los animal spirits” de la población.
“Queda claro que en una economía del crecimiento al Estado le cabe un papel esencial en cuanto a asignar prioridad a la educación, la investigación básica y el apoyo a startups en áreas de potencial”, reflexiona, en tanto, Kenneth Coates, doctor en economía y director del Centro de Estudios Monetarios Latinoamericanos entre 2001 y 2009. Coates es, por otro lado, asesor de Cabildo Abierto.
Pascale se declara optimista en cuanto a que la sociedad uruguaya pueda establecer consensos en torno a una “estrategia nacional” orientada a una economía cada vez más intensiva en conocimiento. Plantea que esos acuerdos deben suponer, entre otras acciones, una coordinación de las políticas de educación, investigación, tecnología e innovación a través de un órgano —un consejo de investigación e innovación—, además de otras figuras de gobernanza del ecosistema de la economía del conocimiento, incluyendo plataformas de innovación, venture buiders y startups.
Pascale sostiene que la inversión en innovación y desarrollo en Uruguay debería aumentar a un promedio anual de 2,5% del PBI en algunos años.
En relación con el apoyo al sistema científico e innovador, el presidente de la Academia Nacional de Ciencias e integrante del Grupo Asesor Científico Honorario que apoyó al gobierno durante la pandemia de Covid, Rafael Radi, también habla del presupuesto en esa área: “Hay que seguir aumentando el aporte público hasta acercarlo lo más posible al 1% y a eso ir sumando lo privado”.
Mientras, el argentino Gerardo Marchesini, consultor y jefe de Tecnología en Nano-bio en el Centro de Innovación Tecnológica, Empresarial y Social de su país, afirma que Uruguay cuenta con solo 3 millones de habitantes pero puede “tener grandes ambiciones si invierte un punto más del PIB en todo el proceso de innovación”.
El director de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual para América Latina y el Caribe, Carlos Mazal, insta a que Uruguay adhiera “ya” al tratado de cooperación en materia de patentes y que haga “uso de su única opción de insertarse en la economía global para mejorar la competitividad de su industria por la vía del progreso técnico, lo cual impone así la modernización de la normativa en esta materia”.
“Divergimos. Ahora es el momento de converger, si no queremos empobrecernos más en relación con otros países o exportar talentos”, arenga Pascale al proponer un “‘salto’ de innovación, productividad y crecimiento”.