Leonardo DiCaprio y Robert De Niro protagonizan lo nuevo del cineasta estadounidense
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDespués de salir de una proyección de Los asesinos de la luna, se siente una extraña emoción en el aire. La luz adquiere una dimensión distinta, como si el hechizo entre la pantalla y el espectador se resistiera a desaparecer por un rato. La última película de Martin Scorsese exige una dedicación considerable y, una vez que finaliza, el mundo tarda unos minutos en regresar a su frenesí habitual.
Son tres horas y media y las dificultades ante ello son obvias. Se requiere creatividad para contrarrestar el sedentarismo inherente a cualquier función cinematográfica, así como paciencia en un mundo que no la tiene. La retribución, en contraste, resulta magnífica. A un mes de cumplir 81 años, Scorsese demuestra un dominio completo de su arte y solo demanda lo que siempre ha pedido: respeto por el cine.
Y todo lo que precede a Los asesinos de la luna merece respeto y admiración. Sus personajes, sus escenarios, su innegable belleza y su inevitable dolor. En otra demostración de su capacidad para abordar los dilemas terrenales más oscuros con la espiritualidad y sabiduría de un hombre de fe que ha hecho del séptimo arte su segunda religión, el maestro ha regresado con lecciones para enseñar.
Da la impresión de que esta película es la visión de Scorsese acerca de dónde ha estado parado a lo largo de su vida y desde donde se construyó una filmografía destacada, diversa y desafiante: en una nación moldeada por la avaricia, el odio y el olvido.
A comienzos del siglo XX, la compleja relación entre la nación de Osage, una comunidad indígena, y los pobladores blancos del centro de Estados Unidos estuvo caracterizada por una explotación despiadada que abarcaba desde la apropiación de los recursos naturales de la tierra de Oklahoma hasta la corrupción sistémica que debilitó, poco a poco, la integridad de la población nativa americana.
A través de un montaje enérgico que fusiona elementos de blues y música tribal de manera anacrónica, en un reflejo del espíritu del director en adaptar su estilo único a un entorno antes desconocido, se presenta una introducción que detalla esa historia. La nación de Osage de Los asesinos de la luna está construida en una contradicción: ha perdido una batalla al dejar entrar al hombre blanco a su vida, pero ha ganado su respeto y un desprecio inevitable al aferrarse a la riqueza del petróleo y transformarla en un símbolo de poder en respuesta a la inminente dominación de la población colonizadora.
Entre los caudales de oro negro, vistos aquí como erupciones de una tierra aparentemente hecha solo de brea, corrió la sangre de los Osage. La historia es la crónica de una masacre. Fue reconstruida por el autor David Grann en un libro homónimo que inspiró la película y plasmada a cuatro manos gracias a la colaboración de Scorsese y el guionista Eric Roth. Esta es una historia que el cineasta busca rescatar del olvido y mantener viva centrándose en un pilar sencillo pero poderoso: la imagen como un golpe.
Sin embargo, el poder de las imágenes no se limita solo a su movimiento; aquí, todas tienen un peso significativo. Un primer ejemplo es la forma en que las fotografías, fijas, en blanco y negro, presentadas por el director de la nación de Osage al inicio de la película, se incrustan en la memoria del espectador. Al situar la fotografía en un lugar crucial de su narración como una herramienta para preservar la memoria, Scorsese transmite un mensaje claro a través de esos retratos: estos rostros fueron reales. Aquí están en la ficción, pero con un legado que debe perdurar.
El cineasta ha sido muy transparente al explicar los cambios experimentados por la película desde su concepción. Inicialmente, estaba planeado que Leonardo DiCaprio, la estrella de su filmografía contemporánea, interpretara a Tom White, un agente de la Oficina de Investigación, que más tarde se convertiría en el FBI, encargado de resolver los asesinatos en la nación de Osage.
Sin embargo, Scorsese optó por alejarse de la narrativa policial convencional en la que el espectador se involucra en la búsqueda del culpable. En Los asesinos de la luna, se revela desde el inicio la identidad de los homicidas y se nos expone a convivir con sus mentiras, crímenes y atrocidades de manera inevitable y perturbadora.
Tras entablar relación con los descendientes de la nación de Osage, el director optó por concentrarse en comprender su perspectiva y alentar su participación para relatar la historia. A partir de este encuentro, la trama tomó un giro hacia algo aún más complejo que la simple codicia: una historia de amor sórdida impulsada por una familia arraigada en la maldad.
Los asesinos de la luna es, según revelan sus horripilantes afiches, una historia acerca de tres personajes principales. Ernest, en la piel de DiCpario, es un excombatiente de la Primera Guerra Mundial que no es brillante pero tampoco un idiota, será uno de los verdugos intelectuales de la ejecución de varios indígenas y sus familiares.
Mollie, una indígena de la nación de Osage con una gran riqueza familiar detrás, encarnada aquí por Lilly Gladstone, cuya entereza propicia algunos de los rostros más memorables de la película, será su fatídico interés romántico.
Por último se encuentra Robert De Niro, quien aquí, como el tío de Ernest, el magnate agrícola William King Hale, se gana el derecho a perdonarle las últimas dos décadas de películas chabacanas. Su trabajo, bajo la orden de Scorsese, es una vez más una demostración del talento actoral más puro.
¿En qué momento DiCaprio se dio cuenta de que el mejor camino que su carrera debía tomar era el de abrazar la oscuridad de personajes repudiables? Sin duda, Scorsese plantó la semilla con El aviador, pero aún hay cierto heroísmo en ese extraño inventor que fue Howard Hughes. En todo caso, el amo de esclavos Calvin J. Candie de Django sin cadenas abrió las puertas para lo mejor en la última etapa de DiCaprio: el hedonista Jordan Belfort de El lobo de Wall Street, el actor perdedor Rick Dalton de Érase una vez en Hollywood y ahora un nuevo papel consagratorio: el odioso Ernest Burkhart.
Ernest, presentado como nuestro punto de introducción a la historia, es el protagonista central. Cuando el blanco y negro con el que comienza el montaje de la película se convierte en color, transformando el pasado en el presente que se explorará, llegamos a Oklahoma en un tren. Al descender, Ernest abraza lo que la tierra tiene para ofrecerle: una promesa del sueño americano. Las ofertas de las petroleras se multiplican, todos parecen ser poderosos y él quiere un pedazo de la torta. DiCaprio lleva la codicia y la desdicha hasta el máximo. Se aprecian en su rostro ciertos rasgos de Jack Nicholson pero sin el encanto, solo la perversión en su forma de mirar a la mujer que aparentemente ama mientras el diablo le susurra al oído.
Gladstone, la figura de la película que será el descubrimiento de muchos, es quizás la piedra emocional de Los asesinos de la luna. Mollie, siempre envuelta en sus atuendos coloridos, apenas mueve los brazos y Gladstone, en sus ojos, lo transmite todo: su atracción por el hombre que fingió entregarle su corazón, el horror de un duelo que solo crece y el agobio de una sobreviviente cuyo entorno la irá matando lentamente.
De Niro, en tanto, se alza con la tenacidad, el encanto y la impunidad del titiritero que sabe que, si un títere se rebela, basta con prenderlo fuego y buscar otro. Hale es un villano perfecto, que no anuncia su maldad con grandes gestos ni declaraciones a los cuatro vientos. Todo lo contrario, son sus sonrisas, su capacidad para hablar el idioma de sus vecinos y sus amigos indígenas y su papel de benefactor en la ciudad lo que lo revela como lo que es: el lobo bajo la piel de oveja.
Hay un manejo excepcional del tiempo, la tensión y el drama por parte de Scorsese en la construcción de la vida de este trío condenado. El equilibrio en Los asesinos de la luna se logra entre sus secuencias vigorizantes, incluso explosivas, y la paciencia de sus conversaciones, donde poco a poco el terror se acumula bajo la piel como una epidemia mortal que irá cobrándose más de una vida en la nación de Osage.
La puesta en escena acerca la película al wéstern, pero la acción no tarda en acercarla realmente a las cartas que el maestro Scorsese sabe jugar con inteligencia: las del cine de gánsteres. Son crímenes atroces, sangrientos, y aquí se muestran sin adornos: si un cuerpo recibe una bala en la cabeza, cae como una mosca. Scorsese y su colaboradora crucial desde hace décadas, la editora Thelma Schoonmaker, no se apuran en cambiar el punto de vista o el plano: si el cuerpo queda ahí, tirado, nosotros tampoco nos moveremos. Es tan solo uno de los tantos recursos brillantes de esa odisea.
Hay más de una aparición en la película de Scorsese y el propósito de ello quedará claro en una inolvidable escena final, donde cine, representación, memoria y ficción se entremezclan en lo que quizás varios consideren como una despedida, por si acaso, del maestro. Su voz, acelerada y siempre algo temblorosa, aparece primero y luego toma forma en una actuación frente a cámara cuyo papel es mejor no revelar. Sí se puede decir lo siguiente: es el cineasta que se adueña del artificio al que le dedicó su vida y eleva la tragedia de la nación de Osage hacia lo mejor de su filmografía. Es, simplemente, un guiño fantástico.
Hace unas semanas, Francis Ford Coppola dijo lo siguiente sobre su colega y amigo: “Es una persona maravillosa y el mejor cineasta vivo del mundo”. Cuesta rebatir la afirmación. ¿Quién puede competirle? ¿Steven Spielberg? ¿Michael Haneke? Es difícil considerarlos a ellos o a otros desde la misma vitalidad con la que Scorsese hace su cine. Es una vitalidad por la que hay que rezar para que tenga más y más películas por delante, si Dios quiere.