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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl escultor; mi amigo
In memoriam de Pablo Damiani Arocena
Si creyésemos en el destino,
como creo yo que él creía,
dos hilos dictarían la totalidad de sus días:
el arte y el vino.
Pasó la mitad de su vida en los bares de barrio
de Montevideo, disfrutando los diálogos
entre derrotados que no tienen nada más para perder,
rescatando el ingenio de alguna metáfora
infiltrada que se dejó caer sobre el mostrador.
Construyó su obra de la misma manera
en la sombra de múltiples talleres:
efervescente y juvenil en Ciudad Vieja sobre Maciel,
maduro y familiar al costado de la Plaza de la Amada,
incierto y solitario en la llanura de Solís de Mataojo,
y la decadencia final llegó en la calle Lucas Obes.
Madera y piedra; imaginación y trabajo.
Fonseca, Moore y Chillida.
Ya enhebrado de tubos y cables en el hospital,
sabiendo él que no le quedaba tiempo,
ni queriéndolo más tampoco,
apreté su mano callosa y tibia, nos miramos,
dibujó una sonrisa débil de sabiá
y movió sus labios en silencio.
—¿Y entonces qué? —eso fue lo último que me dijo.
Dr. Felipe Arocena
Profesor Titular-Departamento de Sociología
Facultad de Ciencias Sociales