Patrimonio indígena
Patrimonio indígena
Accedé a artículos gratuitos y newsletters de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáSr. director:
Venimos a referirnos a qué política ha desarrollado el Estado respecto del festejo del Día del Patrimonio, dedicado este año al legado indígena en Uruguay. Título que alude inevitablemente a las diferentes etnias residentes en el país cuando llega el español. Pues no ha sido así. Se ha segregado por parte del Estado a la mayoría de los indígenas. Y se lo ha hecho con un fin político.
1. El gobierno elije lo paleolítico y lo no originario. A nuestro juicio, pues, el gobierno ha actuado con inconsistencia muy grave al abordar el asunto.
Según Daniel Vidart, principalísimo antropólogo uruguayo, solo el 5% de los descendientes de indígenas de la Banda Oriental vienen de los charrúas.
El 95% descienden de los guenoas originarios (también llamados minuanes), de los guaraníes mayoritarios o de los chanás los más desarrollados, todos ellos neolíticos.
Neolíticos, es decir, con rudimentos agrícolas, algo de domesticación de animales, tendencias más sedentarias, cerámica, piedra pulida, etcétera.
Pero nada de eso existe para el gobierno uruguayo. Solo existen los paleolíticos charrúas, muy minoritarios y nada originarios (los últimos en llegar), de poco tiempo de presencia en la Banda Oriental y de un fenomenal atraso, solo compatible con su condición de cazadores recolectores, hombre de las cavernas sin cavernas.
Mencionamos este aspecto del rezago cultural porque el mismo hizo que los charrúas no pudieran o no aceptaran integrarse al proceso histórico complejo que se dio a partir de la saga tal vez más impresionante de la humanidad, cual fue la aventura de la conjunción de europeos y americanos.
Obviamente nadie es culpable de ser paleolítico, todos lo hemos sido, pero constituye una responsabilidad política ponerlos en valor respecto a todas las demás etnias de nuestro territorio, a las que además se ignora.
Félix de Azara, Augusto de Saint Hilaire, ambos científicos y sabios, así como José Brito del Pino, luego general, nos han dejado descripciones directas y acabadas de los charrúas y su estado paleolítico.
Su hedor antediluviano, por ejemplo, no permitía acercarse a menos de 100 metros (Azara), eran necesariamente nómadas porque ellos mismos no aguantaban su propio olor y debían trasladarse (Saint Hilaire) y tenían una costra de materia pegada a la piel que ellos mismos contribuían a mantener y que generaba los efectos antedichos.
Materia “inmunda sobre la piel” dice Brito del Pino.
2. Estado actual del estudio del origen de las etnias. Las investigaciones antropológicas en curso nos enseñan que lo charrúa era diferente a todo lo demás indígena conocido en estos lares.
Hace décadas se superaron las primeras clasificaciones tipo macrocharrúas o macroguenoas o macrochanás, que de todas hubo y que integraban etnias, sin embargo, bien distintas. De esas teorías nada se sostiene hoy.
Pese a que se está en plena efervescencia antropológica respecto al origen de muchas etnias americanas, parece claro que los guaraníes venían del tronco amazónico “tupí” que avanzó hacia el sur hace más de 4.000 años. También eran tupi los tapes que habitaban el actual Rio Grande y casi no hubo de ellos en nuestro territorio.
Sobre los guenoas se discute. Habitaban la costa atlántica del Brasil incluyendo nuestras costas. En una visión se los consideró amazónicos tronco “je”, como muchos que salieron del Amazonas hacia el este. Hoy se piensa que probablemente sean amazónicos pero no de ese tronco.
La mayor contribución que probablemente se haya hecho a la antropología del Uruguay en los últimos 25 años ha sido que se ha jerarquizado el papel de los guenoas, autónomos y originarios.
De los chanás se pensó bastante tiempo que podían ser awarak, una etnia caribeña que avanzó hacia el sur, experta fluvial. Hoy se duda y hay expertos que buscan su origen en la rama kaingang del tronco “je”. Los estudios lo dilucidarán.
De lo que no hay ninguna duda es de que todos ellos eran diferentes a los indígenas de origen patagónico como los charrúas. Que establecieron luego su centro en Santa Fe, algunos fueron a Entre Ríos y muy pocos y muy tardíamente llegaron a la Banda Oriental.
Otros físicos, lenguas no emparentadas, sin cultura que legar.
3. El tiempo del desprecio por lo indígena más relevante. El Estado uruguayo frentista ignora pues e invisibiliza las etnias de donde provienen 19 de cada 20 descendientes. Muy curiosa forma de honrar el legado indígena. Despreciar a casi todos. Histórico error, un desastre identitario e intelectual. Descalificante.
Solo entendible desde el ideologismo pobrísimo que anima a la mediocridad gobernante demostrada en su incapacidad para entender la historia del país.
El futuro verá el tiempo actual de la hegemonía cultural populista, de caricatura fácil, como el tiempo de la esterilidad cultural. En este terreno de la historia como en todos, sea la narrativa, la poesía, el ensayo, el periodismo, etcétera, salvo escasas y honrosas excepciones.
Así, por ejemplo, la historiografía materialista, el arte “comprometido” y cosas similares han caducado en el planeta y ya no anegan a los talentos.
Sostener que se hace un homenaje y despreciar en la ocasión a la mayoría abrumadora de los indígenas precolombinos, sobre todo a los más avanzados, es culturalmente atroz.
Se invisibilizan etnias cuyas lenguas conocemos así como su cultura y objetos. Lenguas que nombran, por ejemplo, a la totalidad de la toponimia uruguaya, ríos, cerros, parajes, etcétera, empezando por el nombre mismo del país. Difícil de ignorar pero lo hacen.
Como se sabe, se conservan elementos bastantes de la lengua guenoa dada le existencia de un “catecismo guenoa” de 1787, de la lengua chaná por lo que recogió Dámaso Larrañaga a la vuelta de su viaje a ver a Artigas, así como se conserva vivo el guaraní presente y el guaraní antiguo.
El chaná antes mencionado fue ratificado y ampliado por un chaná-hablante milagrosamente conocido hace 20 años y que muriera el mes pasado.
De la lengua charrúa se conservan solo 30 palabras que recogió Teodoro Vilardebó.
4. Charrúas esclavistas de indígenas. Es decir, el gobierno deja fuera del legado al 95% de los indígenas de la Banda Oriental y apela a un legado charrúa inexistente. Como dijo el reputado antropólogo Renzo Pi Ugarte, “no hubo legado charrúa salvo algunas boleadoras”.
El mismo prestigioso antropólogo afirmó también, por ejemplo, que los charrúas habían exterminado a los chanás.
Paradójicamente los chanás, los guenoas y los guaraníes eran en general enemigos mortales de los charrúas y frecuentemente sus víctimas. Lo dijo el diputado de la Banda Oriental en la Corte Constituyente de Cádiz (1812) Rafael Zufriategui: “Nadie ha matado tantos indios como los charrúas”.
Como está registrado en numerosos documentos del Archivo de Indias en Sevilla, durante más de 200 años los charrúas capturaban a otros indígenas autóctonos, particularmente guenoas —hoy también humillados por el gobierno actual al invisibilizarlos— y los vendían como esclavos a Buenos Aires y a San Pablo. Si se resistían, los mataban.
Los descendientes de las víctimas, paradójicamente, hoy homenajean a los asesinos de sus ancestros.
¡Ancestricidio!
Algo así como que los descendientes judíos de los campos de exterminio homenajearan a Hitler.
Tal es el tamaño de la ignorancia que distribuye la hegemonía cultural antiliberal vigente que tergiversa radicalmente la verdad histórica.
De paso, el Estado uruguayo ignora a los verdaderos originarios, los guenoas. Los vuelve a matar. Nadie reclama, curiosamente, por los originarios reales.
5. Politizando el pasado precolombino. Carolina Cosse, la señora-grieta, fue la que anunció de modo politizado y agresivo que iba a celebrarse el legado indígena y lo hizo atacando severamente desde el inicio al fundador de la República, a Fructuoso Rivera. Fue en el anuncio formal del año del legado indígena. Así arrancaron.
Todos sabíamos, desde entonces, que la verdad histórica no le importa al gobierno, sino que cree encontrar con el tema indígena la oportunidad de embestir contra los líderes históricos del republicanismo y el republicanismo mismo.
Lo hacen a diario en las escuelas y liceos. En suma, usan un homenaje indígena muy sesgado para tratar de tumbar republicanos.
6. La historia bipolar de “buenos” y “malos”. Cuando se debate el tema indígena también aparece, obviamente, la intolerancia.
Los de cabeza autoritaria “fabrican” inevitablemente a un “bueno” y a un “malo”, ambos falsos. Un cuadrado mental que aplican para todas las épocas con el interesante tino de equivocarse siempre, pues lo que funciona mal es el modo bipolar con que carburan.
El problema de la intolerancia en Uruguay es más grande que el solo hecho de que usen a los charrúas para atacar al primer republicano del Estado Oriental.
Los intolerantes, claro, harán lo misma dicotomía de “buenos” autoritarios y “malos” liberales cuando traten la historia nacional completa. Así terminan defendiendo al más cruel homicida de la historia del Plata, por ejemplo, como Juan Manuel de Rosas.
Nadie ha matado en la historia argentina ni la quinta parte que ese sanguinario al que la historia populista presenta como creador de la Patria Grande (para sojuzgar) y de lo “nacional y popular”, que siempre sirvió para hundir tiránicamente a la nación y a su gente.
El llamado “revisionismo histórico” plantea como ideal una dictadura como la de Rosas, la más sangrienta de las dictaduras argentinas por lejos. Rosas nunca reconoció la independencia del Estado Oriental ni del Paraguay. Su objetivo era la reconstrucción (“restauración” en su lenguaje) del virreinato no solo geográficamente, sino en su autoritarismo absolutista.
El atajo antirrepublicano siempre encuentra una excusa para suspender las garantías individuales, las libertades, la separación de poderes en pos de un paraíso que siempre esconde un infierno.
Son los mismos intolerantes que apoyarán luego a Cuba, a Maduro o a la barbarie homicida del socialismo real. Los mismos. Apoyar a Rosas y criticar a Videla es absurdo. A cual peor.
Ahora llevan también la grieta al pasado y censuran a guaraníes, guenoas, chanás y otros. Prohibidos todos. Están fuera del libreto antirrepublicano y no deben ser considerados. Borrar, por ejemplo, a los guaraníes que siguieron a Artigas e hicieron el pacto con Rivera que dio en la conquista de las Misiones y en el nacimiento de nuestro Estado Oriental, el Pacto de Guaviyú.
Usan al Estado actual para imponer una versión totalmente falaz y menor del legado indígena. Tocan el piano de la antropología indígena uruguaya con un solo dedo. El que sirve al antirrepublicanismo.
7. Carnaval en el Palacio Legislativo. Ayer mismo un señor disfrazado de indígena en el Palacio Legislativo —edificio que alberga tanta gloria y que es ahora arrastrado por el barro— empezó su discurso falsario en un acto oficial diciendo que los charrúas llevaban 15.000 años en el país.
Veintidós organizaciones charruistas que cuando convocan todas no juntan veintidós personas. Lo hemos visto.
La vicepresidenta en éxtasis. Como no sabe de indígenas de verdad ni de las corrientes profundas de la identidad nacional, creía que esa farsa era genuinamente indígena. Hacia el disparate apretando el acelerador a fondo. Admirando danzas falsificadas.
El Estado cobija así una “charrulandia” (Vidart dixit) para “inventar” que unos poquitos individuos recién venidos a esta Banda lo habían hecho hace miles de años. Falso.
En realidad los charrúas habían venido unos pocos años antes que el español. Y el grueso de ellos, que nunca pasó de unos cientos, llegaron a esta banda cuando los “redujeron” en Santa Fe hacia 1750.
Los chanás hacía aproximadamente 2.000 años que estaban en nuestra Banda, los guenoas más y los guaraníes 1.000 años posiblemente.
Los criollos fueron corriendo de Santa Fe a los charrúas. El ejército colonial argentino mató a 200 charrúas en Nogoyá y encerró a 400 en la “reducción” de Cayastá. Los charrúas venían del sur, en realidad, pues eran de origen patagónico. De la reducción obviamente no podían salir.
8. Charrúas secuestradores de mujeres. Es que el caso de la etnia charrúa fue un curioso caso de paleolítico revigorizado y afianzado en su propio salvajismo por la llegada con el europeo del caballo, la vaca y el metal.
Atraso reforzado que cristalizó en un curioso paleolítico-potencia, con siglos de crueldad matando hombres y niños o esclavizándolos y secuestrando mujeres y niñas. De las pocas mujeres que se logró rescatar existen los relatos.
¡La vicepresidenta feminista homenajeando a los secuestradores de mujeres, mero capital reproductor para los paleolíticos! Cuanta ignorancia, por favor.
Las secuestradas y violadas durante siglos no volvían, pero alguna que se escapó, Francisca Elena Correa, y su niña chica herida por el malón, o alguna rescatada como Isabel Franco, han dejado testimonio de terror. Espanto hoy homenajeado por la incultura.
Arrojo ahora el nombre de Isabel y Francisca Elena, y de los cientos de mujeres secuestradas y violadas por la barbarie, sobre el rostro antifeminista de Carolina Cosse, ideóloga de este Día del Patrimonio racista y segregador de los reales indígenas de esta tierra.
9. Los olvidados guaraníes de Artigas. Los charruistas olvidan desde luego que los guaraníes de Andresito, a quien Artigas le dio su apellido, eran los verdaderos indígenas artiguistas y que los charrúas fueron los indígenas que, después de 1816, Lecor apostó en el litoral para que combatieran a Artigas si llegaba a volver. Contra Artigas.
Y luego contra la Cruzada Libertadora de 1825 puesto que le negaron a Lavalleja colaborar con la misma y permanecieron fieles a Lecor.
Muy al comienzo de la revolución hubo, sí, algunos momentos de apoyo charrúa a Artigas, muy fugaces, de individuos que jamás se integraron a la revolución, sino que aparecían y desaparecían. Y nunca fueron muchos. Según Eduardo Acosta y Lara, un sabio en la cuestión.
Los guaraníes, sin embargo, dieron siempre su vida por la revolución. En la batalla final de Tacuarembó de 1820 murieron hasta 800 guaraníes y, desde luego, acompañaron a Artigas hasta la frontera misma del Paraguay encabezados por su jefe, Matías Abacú.
Otros 400 guaraníes murieron, también y por ejemplo, en India Muerta en 1845, defendiendo asimismo la autonomía oriental que Rosas no reconocía.
La sangre guaraní riega la historia de lo mejor de este país y ahora la esconden.
Cuando decimos guaraníes, en realidad muchas veces corresponde decir misioneros. Porque si bien eran portadores de la cultura guaraní, en las Misiones hubo conjunción de sangres.
Por un lado había una importante contribución de sangre guenoa, pues estos se protegían de los charrúas esclavistas amparándose en las Misiones.
Por otra parte, hubo incluso sangre charrúa en las Misiones pues, por ejemplo, cuando los misioneros resuelven terminar con los charrúas en 1702 y matan a algunos cientos de guerreros (parte en Sevilla), se llevan algún cientos de mujeres y niños a las Misiones.
También es necesario puntualizar que nuestra descripción es un esquema general y válido, pero hay particularidades. Uno puede encontrar, por ejemplo, muy pequeños grupos de guenoas sueltos que han acordado con los charrúas. Y desacordado y vuelto a acordar.
10. Artigas matando charrúas. Los charruistas olvidan también que el capitán de Blandengues, José Artigas, en salvaguardia de las vidas de los criollos combatió a los charrúas.
En el Archivo Artigas, archivo oficial del Estado uruguayo, se recogen diferentes partes militares en que Artigas, como capitán de Blandengues, relata que mató a decenas de charrúas que asolaban fincas criollas. Da cuenta, entre otras, de esas muertes en el Tomo II, páginas 260, 333 y 404.
Según partes oficiales, entonces, entre 1799 y 1804 Artigas mató más charrúas que los muertos en el enfrentamiento de Salsipuedes.
Pero Artigas no es un objetivo político. Rivera sí. En consecuencia, se levanta a los charrúas y se ningunea a las principales etnias de nuestro territorio.
Manuel Flores Silva