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Entre los POS y las transferencias bancarias cada vez más extendidos, nuestros billetes son sobrevivientes con valor semiótico
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáCasi siempre mi billetera está semivacía, y la razón no es que el sueldo de periodista sea relativamente modesto. Es parte del cambio de hábito en las formas de pago que nos ocurrió a los uruguayos, tardíamente —desde hace unos 10 años—, acicateado por una política pública que incentivó los medios electrónicos (tarjetas, e-wallets y transferencias interbancarias) y el desarrollo de la infraestructura para su uso (la cantidad de POS, imprescindibles para ejecutar el “pin y verde”, se multiplicó por tres veces y media y hoy hay unos 121.500 en todo el país).
Esta entrega de Detrás de los números trata de esos sobrevivientes, los billetes, pero no de su valor monetario, sino semiótico: ¿qué tan “uruguayo” es nuestro papel moneda?
Montañas de billetes
Hace no tantos años, hablar de plata nos remitía indefectiblemente al dinero físico, al efectivo. Aunque desafiado por ser caro —como conté en esta nota—, menos práctico y más expuesto al robo violento que varios de los instrumentos de pago electrónico (aunque están de moda las ciberestafas), el cash todavía vive y lucha en Uruguay.
En marzo circulaban 182 millones de billetes de pesos de diferente denominación (con los de $ 20, de $ 50 y de $ 1.000 en mayores cantidades que los demás), según datos que recogí del Banco Central. Es una cifra difícil de imaginar. Para dar una idea: considerando un espesor de 119 micras, poner todos esos billetes uno sobre otro llevaría a una altura de 21.642 metros, algo así como dos montes Everest y medio.
Las monedas circulantes, también en marzo, eran 1.088 millones (casi la mitad de $ 1); un montón, aunque siempre alguien se queja de que “falta cambio”.
El signo monetario actual nos acompaña desde 1993, cuando nació el “peso uruguayo”, con tres ceros menos que el anterior “nuevo peso”, en cuyos billetes predominaba la efigie del prócer José Artigas.
Civilización, barbarie y una solitaria mujer
Es una decisión del Banco Central del Uruguay —el encargado de plantear la impresión o acuñación— qué diseños darles a nuestros billetes o monedas. Simbólicamente puede que no sea algo menor, aunque, honestamente, nunca lo había pensado desde esa perspectiva. Sí lo hizo Sebastián Moreno, un triple licenciado —en Filosofía, en Letras y en Comunicación Social— y docente de la Facultad de Administración y Ciencias Sociales de la Universidad ORT, quien hace pocos años publicó un estudio semiótico sobre el dinero como “soporte material del nacionalismo banal” aplicado al peso.
En este ensayo llamó la atención sobre la ausencia en los billetes actuales de figuras pertenecientes al ámbito político-militar (próceres, generales, libertadores, expresidentes, etcétera). En cambio, los personajes históricos escogidos (creadores de obras artísticas, literarias, musicales e intelectuales) delinean una idea anclada en la “producción cultural erudita” y urbana en Uruguay.
Es en el sistema de monedas que se incorpora el componente rural característico de nuestro país, con la imagen de animales de la fauna autóctona (recuerdo mi reacción de incredulidad cuando, en 2007, un jerarca bancocentralista me comentó la noticia de que la mulita, el carpincho y el ñandú iban a sustituir a Artigas).
El académico conjetura que, en un territorio que convivió con la dicotomía civilización-barbarie, la selección de personajes productores de alta cultura —desde la ciudad letrada y cosmopolita— como figuras de los billetes podría ser un intento de delinear un perfil nacional alejado del Uruguay más primitivo. Según Moreno, pese a que nuestros billetes y monedas se apoyan en dos enciclopedias locales que poco tienen que ver con la construcción histórica de la nación en términos político-administrativos, igual funcionan para edificar un sentimiento de ese tipo a partir de contextos cotidianos y aparentemente irrelevantes (el concepto de nacionalismo banal).
Otra observación: entre los nueve personajes históricos que están en los billetes solo hay una mujer, la poetisa Juana de Ibarbourou. Difícilmente esta desproporción de género habría sido aceptada sin discusión si los billetes hubiesen sido diseñados en años más recientes.
Es un abordaje interesante que me disparó algunas preguntas. Por ejemplo, ¿cuánto influye en la construcción de ese sentimiento de nación el hecho de que exista un relativamente bajo nivel de confianza en nuestro peso como unidad de resguardo de valor? En definitiva, sea en una pieza metálica, un papel o en formato digital, lo que nos importa como agentes económicos es que su poder adquisitivo no se erosione o se deprecie de manera significativa. Si eso pasa —y, afortunadamente, ahora estamos conviviendo con menos inflación que en el pasado—, que pensemos en dólares o en otros activos es inevitable.
Soy Ismael Grau, editor de Economía de Búsqueda y autor de esta newsletter sobre temas económicos. Ya sabés que podés escribirme comentarios, críticas o sugerencias a este mail: [email protected] Por esa vía, varios lectores que quedaron enganchados con la anterior entrega, acerca de los inmuebles del Estado, me preguntaron cuándo recibirán la nota sobre los funcionarios públicos que allí anuncié. Será la siguiente, en dos semanas.
Antes de despedirme te recomiendo esta nota sobre los remates de obras de arte y, en particular, de la colección del fallecido economista Ricardo Pascale escrita por nuestra editora de Cultura en Búsqueda, Silvana Tanzi. Incluye una frase poderosa, sin hablar de plata como en esta newsletter: “Velar se debe la vida de tal suerte, que viva quede en la muerte”.
¡Hasta la próxima!
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