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    Arte y fútbol: a cien años de Colombes

    Columnista de Búsqueda

    Este 2024 se están cumpliendo los cien años de la gesta de Uruguay en Colombes. Aquellos Juegos Olímpicos fueron reconocidos por la FIFA como campeonato mundial, en una asimilación que está bien lejos de ser un capricho. En 1924 nació el fútbol como deporte de masas, comenzó a gestarse el perfil del futbolista como ídolo popular y, por si fuera poco, nació esa genialidad celebratoria que es la vuelta olímpica. En cada una de esas conquistas, Uruguay tuvo un papel protagónico, en tanto la pasión que el team celeste despertó en los aficionados, la personalidad única del Negro Andrade y el saludo a manera de agradecimiento fueron todos hechos fundacionales de lo que hoy es el fútbol: una pasión colectiva y universal.

    Todos los uruguayos saben que una de las tribunas del Estadio Centenario lleva el nombre de Colombes, y, si no, lo sabrán al asistir a un concierto o al escuchar las magistrales canciones de Jaime Ross. El punto es que todos sabemos que en Colombes se inició un movimiento tectónico de pasiones que perdura hasta hoy, pero lo que no todos saben es dónde está Colombes y qué pasó allí, más allá de que Uruguay fue el triunfador de una gesta que nos convirtió en uno de los pueblos más futboleros del planeta. No se sabe, por ejemplo, que Colombes y su vecina Argenteuil —que es precisamente donde se concentró la delegación uruguaya— comparten con París el honor de ser la cuna del impresionismo.

    Colombes está apenas a unos 12 kilómetros al noroeste de París, a la vera del río Sena, y, aunque cuenta la leyenda que su nombre se origina en la abundante presencia de palomas (en francés, colombe), la localidad estuvo siempre ligada al esparcimiento y a los deportes de vela, sobre todo, desde mediados del siglo XIX con la llegada del tren. En 1883, se construyó un hipódromo y su estructura fue el origen del futuro estadio-sede de los juegos.

    Frente al Sena y a pocas cuadras de ese hipódromo (futuro estadio celeste), vivía el pintor impresionista Gustave Caillebotte. Gran apasionado de las regatas, Caillebotte frecuentaba la zona desde la década de 1870 y será allí, en Petit Gennevilliers, que construya su casa y su famoso jardín, huerto e invernadero, los que serán motivo excluyente de su obra hasta su muerte en 1894. En la orilla de enfrente, en Argenteuil, a pocas cuadras del elegante petit hotel de madame Pain, ubicado sobre el Boulevard Helöise, y en donde se alojó la selección uruguaya, alquilaba una casita Claude Monet. Allí, entre 1871 y 1878 va a pintar algunas de sus más famosas obras maestras como sus inolvidables Amapolas de 1873, esas bellas y sencillas flores rojas que, mecidas por la brisa, evocan la atmósfera vibrante y luminosa de un bello día de verano. O sus Regatas en Argenteuil, obra de 1871, en la que con pincelada fragmentada capta la fluidez cambiante de las luces sobre el agua. Y podría seguir, porque Monet pintó la friolera de 156 cuadros con Argenteuil como motivo.

    Monet y Caillebotte amaban la jardinería y la horticultura y crearon juntos bellísimos jardines, pero lo más importante es que en Argenteuil nació una camaradería que propiciará uno de los más brillantes momentos de la pintura impresionista. El grupo estaba disperso desde que la guerra franco-prusiana de 1870 los desbandó; unos huyeron al campo para no ser reclutados, otros a Londres, la mayoría terminó experimentando duras pruebas, Manet fue herido en el frente y Frédéric Bazille murió con apenas 26 años. Es así que las casas de Monet y Caillebotte se convirtieron en el lazo que los volvió a unir; los fines de semana llegaban, desde París, Renoir, Sisley y Manet, paseaban en bote, disfrutaban de las regatas y, por supuesto, pintaban. El puente de Argenteuil, los campos en flor de Colombes, los veleros de Petit Gennevilliers, incluso se pintaban unos a otros pintando, en un maravilloso ejercicio de camaradería. Por eso, aquí nacieron gran parte de las obras que, en 1874 y ya recuperados de las heridas de la guerra, van a presentar en la primera exposición impresionista.

    La casa y el jardín de Caillebotte van a desaparecer durante los bombardeos de 1944, igual que la primera que alquiló Monet, no así la segunda, la del viejo Boulevard Thiers, un chalet estilo suizo que es, desde 2021, el Museo Casa-Monet de Argenteuil. Nota al pie: La calle de la casa lleva hoy el nombre de Boulevard Karl Marx, pues allí vivía su hija Jenny Marx y su yerno Charles Longuet, a los que durante la década de 1880 visitó regularmente.

    No caben dudas, la historia da muchas vueltas, tantas como que el lugar en donde nacieron algunas de las obras más famosas del impresionismo estaba destinado a ser, años después, el lugar en donde la Celeste haría historia. A cien años de la gloria de Uruguay en Colombes, bien vale recordar esta extraña comunión de maestrías artísticas y talentos futbolísticos.

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