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Cada año, al aproximarse las fiestas, mi carácter se transforma y me convierto en el señor Hyde de El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, la extraordinaria novela escrita por Robert Louis Stevenson. Estos son los momentos en los que me gustaría tener muchísimo dinero y tiempo para producir mis versiones del Correcaminos, en la que el Coyote consiga destrozar a ese pajarraco insoportable que solo sabe correr, burlarse y decir “beep beep”; u otra en la que Pierre Nodoyuna gane como se merece una carrera de los autos locos; o una en la que el gato Silvestre logre vengarse de ese dúo infernal que conforman Tweety y su abuelita. La lista podría seguir mucho más hasta que me infancia diga: ¡ahora sí se hizo justicia! Pero por sobre todo me gustaría castigar con toda la fuerza de la ley, y no solo, a quienes no se cansan de torturarnos con esos temas de Navidades invernales trasplantadas sin compasión al hemisferio sur, tipo (sí, tipo), y por sobre todos los demás, el inaguantable Jingle Bells con tanto de aire acondicionado (el sustituto de la nieve en el diciembre del Cono Sur).
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En fin, creo que no son buenos momentos para estar cerca de mí, mejor “Don’t stand so close to me”, como canta Sting en el hitazo de 1980 de The Police, en ese disco que fue una obra maestra del pop, Zenyatta Mondatta. Fue el primer disco de ellos que me compré. Fue durante una Navidad en Nueva York, en Tower Records, esa disquería única en su especie, donde en lugar de Jingles Bells sonaban entre tantos, David Bowie, The Police, Bob Marley; disquería incomparable en una ciudad incomparable, que aún no había sido intoxicada por el culto exclusivo y excluyente a Wall Street. Desde Platón en la República pasando por Stanley Kubrick con su colosal 2001: odisea del espacio, podemos ver que existe una continuidad en ese fenómeno que podemos llamar “el hombre de las cavernas”.
Y cómo olvidarnos de The Cavern Club de Liverpool, donde los Beatles comenzaron a forjar su propio mito y a cambiar para siempre no solo la música y la cultura pop, sino también a inventar el concepto de juventud. En la Argentina de los 80, junto con la belleza de volver a confiar en el futuro, con el regreso de la democracia, brotaron algunos yuyos malos y alucinógenos, que se llamaron cuevas financieras. Eran el canto de la sirena del dinero fácil, rápido y en negro que sedujo a miles de jóvenes, intoxicando y de muchas maneras desacreditando y debilitando el tan necesario mercado financiero, pilar fundamental para la reconstrucción del país en el que en aquellos años se volvía a confiar. Eran las motos de Serú Girán, esas que van a mil y que solo el viento hacen sentir, nada más. Pero afortunadamente eran la excepción a innumerables alternativas que se le presentaban a la sociedad.
El mundo también quiso soñar. La Guerra Fría llegaba a su fin, y con ella el acabose de sangre y horror que fue el siglo XX. Fue una tregua que llenó de alternativas y de mañanas posibles a la humanidad. Y entonces surgieron estas nuevas cavernas, en las que la creatividad y el pensamiento disruptivo se impusieron a un statu quo que se resistía a abandonar sus privilegios. Esas cuevas se llamaron garages y en ellos se crearon productos de inimaginable calidad y nobleza, de impensable valor para la sociedad; se crearon sueños.
No hay empresa tecnológica exitosa que se digne que no haya brotado de un garage entre amigos. En ese sentido, la evolución es notable, y a uno le dan ganas de creer en la humanidad. Entre estos garages y aquellas cuevas, existe un abismo de principios, de trabajo, de ética.
Pero algo salió mal, y no por culpa de estas empresas. Porque el mundo se fue al carajo (ya no Argentina) y de a poco nos quedamos sin las alternativas. La tecnología de la información se quedó con todo. Que haya cada vez más variedad de oficios y profesiones no implica que existan más alternativas, porque, como bien lo predijo Einstein con sus teorías de la relatividad, la masa de las nuevas cavernas es tan grande que la gravedad que genera distorsiona el espacio-tiempo en el que vivimos, curvando hasta la luz (piedad, científicos, pero creo que me aproximé bastante). Con el afirmarse de la tecnología de la información entramos en una etapa de la tinellización del trabajo. Tanto era el peso de lo que hacía Marcelo Tinelli que el resto de los programas de televisión y radio se olvidaron de sí mismos, transformándose en satélites, cada vez más emisoras, cada vez menos alternativas. Somos todos los Salieri de los hombres de los garages. Y la verdad es que suenan como Mozart. Lástima que nos olvidamos de Beethoven, Haydn, Brahms, Mahler, Schubert… (en el mientras tanto surgió una nueva raza, que vive en la oscuridad, pero sin la mística de las cavernas: los lobistas).
Dos breves reflexiones para cerrar:
1. Sergio Leone, el fenomenal director de cine que creó los spaghettiwestern (y que nos regaló a Ennio Morricone), decía que el fascismo es una imbecilidad que fue tomada demasiado en serio (aplica a todos los -ismos pasados y sobre todo actuales, aunque no terminen con -ismo)
2. Hablando de The Police, con cualquiera que salga el tema siempre digo que yo estuve en el concierto que dieron en Studio 54 porteño, la legendaria y única en su especie discoteca porteña New York City, la City, ícono de los 80. Pero la verdad es que a esta altura ya no puedo asegurar que estuve. De tanto repetirlo quizás se impregnó en la memoria y el cuerpo algo que jamás ocurrió, como los hinchas de Racing que juran haber estado en el Centenario la tarde del gol del Chango Cárdenas contra el Celtic, y por piedad no les pregunto en qué año nacieron.
Ambas son ficciones muy ingenuas, en un mundo que perdió el humor y las alternativas, donde cualquier imbecilidad es tomada demasiada en serio.
Y por favor, terminemos con el Jingle Bells. ¡Por favor! Pero que sigan los regalos en el arbolito. Jo, jo, jo.