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Hasta que la literatura no hable de la gente que tiene que pagar el alquiler o hacer el amor durante 30 años con la misma persona, seguirá falleciendo como un suspiro
Abusamos del minimalismo hasta convertirlo en un estado de placidez. Lo domesticamos quitándole todos los bordes que pudieran lastimarnos. Mientras limábamos esos bordes, el minimalismo terminó acomodándolo todo, uniformándolo de alguna manera, convirtiendo la vida en una cápsula de seguridad, acostumbrando los sentidos a una forma previsible, sencilla, replicable, ya no de arte o arquitectura, sino de vida. En realidad, un simulacro de vida, un sedante estético que alejaba de las personas esa sensación de violencia que experimentan en la vida real. Aquello que nació como un acto revolucionario en el arte, como reacción al expresionismo abstracto, se convirtió en un statu quo sin bordes filosos. Se trata de reducir a lo esencial pero sin la complejidad de un haiku o de la arquitectura japonesa, que buscan la concentración máxima de información en la simpleza, opuesta a este despojar de todo para que la vida no asuste.
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Por supuesto estoy simplificando, reduciendo como un minimalista, o quedándome con una parte de la historia, pero de alguna manera la forma de repetición que se dio con este movimiento le quitó color y riesgo a la cotidianidad, algo así como quitarle la capacidad crítica al individuo. El arte y, sobre todo, la arquitectura minimalista se convirtieron en una expresión egoísta, tendiente a proteger egos frágiles, esos cuyas existencias exigen no ser distintas a las de los demás.
Su contraparte fue otra forma deliberada de proteger y asegurar egos lastimados: esas obras crípticas que se producen solo para ser consumidas por iniciados. Como decía el gran escritor estadounidense David Foster Wallace, la prosa y la poesía escritas para entendidos que se lamen la heridas entre ellos deben morir de una muerta lenta y merecida. Hasta que la literatura no hable de la gente que tiene que pagar el alquiler o hacer el amor durante 30 años con la misma persona, seguirá falleciendo como un suspiro. Un duelo que vació al mundo de emoción, hasta que… en la década del 70 un grupo de hombres y mujeres decidieron terminar con las geometrías perfectas que exigía el movimiento minimalista y con los retorcijones intelectuales de los iniciados, esos que sirvieron de inspiración a los genios uruguayos de Hiperhumor, con su sketchVeladas paquetas, o a los incomparables Les Luthiers con su maestro Mastropiero, y al irrepetible Alberto Sordi, con Vacaciones inteligentes, la odisea de un matrimonio de verduleros felices a quienes sus hijos envían a experimentar las complejidades abstractas del arte y la música contemporánea y la apocalíptica tristeza de la nouvelle cuisine.
Afortunadamente la belleza se da en el reino de las probabilidades, de la incertidumbre, de lo contraintuitivo, como la mecánica cuántica (y el misticismo oriental), que renació gracias a unos físicos hippies que en los 70, hartos de ver cómo la Física se reducía a estudios aeroespaciales para cohetes y misiles y a la proliferación de las bombas nucleares, volvieron a pensar en lo innecesariamente bello y recuperaron lo que Heisenberg, Bohr, Dirac, Born, Schrödinger y Einstein habían comenzado más de 50 años antes. La Física también se volvió rock & roll y jugando inventó el mundo de celulares, inteligencia artificial, metaverso que hoy tanto nos fascina. Dejaron de ser calculadores de lujo para volverse artistas, como esos tenistas que transformaron el deporte blanco en un estallido de color y creatividad, de rebeldía, en rock & roll. Mecánica cuántica en su estado más puro. Un universo se rebelaba al universo oficial, que en nombre de ideales extremos e intereses corporativos mandaba a morir a sus proles a guerras innecesarias en países desconocidos
Pero el tenis de los 70 gritó, no habló. Gritó sobre los derechos civiles y la igualdad de género. Cada tenista, con sus propias armas, se abrió camino en la vida. El arte de la calle, el héroe poeta que sangra. El deporte blanco agonizaba dominado y manipulado por la cultura sajona, atrapado en las mezquindades propias que dan los privilegios. Y fueron los latinos quienes lo volvieron a la vida, los que no tenían nada que perder, porque literalmente no tenían nada. Dos rumanos, Ilie Nastase y Ion Tiriac, inventaron el tenis moderno. Guillermo Vilas metió a la Sudamérica futbolera en el mapa. Los italianos lo llenaron de color y elegancia con sus diseños insuperables e irrepetibles (basta con mirar una foto de Borg, Panatta, McEnroe, Vilas, Gerulaitis para entenderlo).
Y ahí estaban Frank Zappa y Muhammad Ali para desenmascararlo todo con talento, valentía, humor e improvisaciones, algo para lo cual el establishment no tenía antídoto . Era un mundo que se desgarraba en la Guerra Fría, pero con válvulas de escape, como la Mecánica Cuántica, el rock, el tenis. Hoy el mundo se desangra en una guerra tibia, engañosa y confortable, que hace que la vida se diluya como en un susurro, sin belleza, sin válvulas de escape. Pero como todo lo que importa está regido por las leyes incomprensibles de la Mecánica Cuántica, el reino de la incertidumbre, de las probabilidades, de la indeterminación, en el que causa y efecto perdieron el sentido, quién sabe si todo eso no lleva a que esta horrenda y atontada historia de zombis termine bien. Porque Dios juega a los dados (la leyenda continúa).