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El Palacio Legislativo es como un documental del Uruguay del último siglo: con ese comienzo glorioso, apostando a los recursos naturales del país y a ser un ejemplo a nivel continental y mundial, con ese transcurso un tanto alborotado, de luces y sombras, y con ese presente nostálgico, aunque todavía sólido con respecto a los valores democráticos
Fue José Pepe Batlle y Ordóñez el que tuvo la idea y colocó, en 1906, durante su primera presidencia, la piedra fundamental. Un adelantado, como en tantos otros aspectos. Batlle entendía que había que homenajear de la mejor forma a la democracia uruguaya y para eso impulsó un Palacio Legislativo como un templo laico, como un ícono arquitectónico y simbólico de Montevideo, la capital uruguaya. En ese momento se inició su construcción, pero la inauguración se concretó años después, para celebrar los 100 años de la Declaratoria de la Independencia de Uruguay, el 25 de agosto de 1925.
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Hoy, es ese enorme palacio de mármol —que quedó como un faro en medio de la ciudad, iluminando a la democracia uruguaya y albergando a todos sus representantes— el que cumple un siglo de protagonismo. Así es desde sus comienzos. Porque cuando Pepe Batlle lo soñó primero y empezó a concretarlo después, pensó en todos los detalles y también en el futuro. Tenía que ser una obra majestuosa, por su permanencia en el tiempo, por lo que encerraba dentro de sus paredes y por lo que significaba para todos los uruguayos. La inspiración fue neoclásica griega, en honor a los padres de la democracia, y sus fachadas y salones planificados a todo lujo, con columnas y esculturas, revestidos de mármoles, maderas y bronces.
Batlle también envió un mensaje de orgullo e identidad nacional a través de un detalle que muy pocos saben, aunque está ahí, a la vista de todos. En momentos en que todas esas obras majestuosas en distintas partes del mundo, y en especial en América Latina y en Europa, se hacían con mármol de Carrara, traído desde Italia, el entonces presidente uruguayo optó por otro camino: apostar a una cantera uruguaya. Su nombre era Nueva Carrara y estaba ubicada en Maldonado, como muy bien cuenta Emma Sanguinetti en una columna publicada en la última edición de Búsqueda.
Fue entonces que, más precisamente en 1908, la Compañía de Materiales de Construcción de los hermanos Fabini ganó la licitación para proveer los mármoles que vestirían el Palacio Legislativo. Empleó a más de mil trabajadores —muchos italianos emigrados— que extraían y tallaban la piedra, dando vida a un poblado que también llevó el nombre de Nueva Carrara. Otro Uruguay, uno que brillaba y que dejó las evidencias hasta nuestros días.
En el medio, durante los últimos 100 años, la sede del Poder Legislativo pasó por distintas etapas. Anécdotas hay muchas, algunas que lo dignifican y otras que recuerdan momentos oscuros y muy difíciles para la mayoría de los uruguayos. Desde los generales entrando en la madrugada del 27 de junio de 1973 a disolver las cámaras luego de dar un golpe de Estado hasta las distintas Asambleas Generales reunidas para tomar juramento a los sucesivos presidentes democráticos, muchos de los cuales fallecieron y fueron velados en el Salón de los Pasos Perdidos, uno de sus lugares más emblemáticos.
En definitiva, el Palacio Legislativo es como un documental del Uruguay del último siglo: con ese comienzo glorioso, apostando a los recursos naturales del país y a ser un ejemplo a nivel continental y mundial, con ese transcurso un tanto alborotado, de luces y sombras, y con ese presente nostálgico, aunque todavía sólido con respecto a los valores democráticos.
Por eso es tan importante su centenario, que se está celebrando en estos días. Porque son 100 años de construcción de lo que somos, en los que ese majestuoso edificio ubicado en la parte central de Montevideo tuvo un rol protagónico. Todavía lo tiene, pero estas fechas también deberían servir para hacer una buena introspección y asumir lo que empezó a quedar desfasado o a funcionar mal.
La comunicación social y las tecnologías vinculadas con la información evolucionaron de forma vertiginosa en los últimos años. Cada día que pasa equivale a una década del siglo pasado en términos de avances en esos temas. El mundo actual es radicalmente distinto al de hace 100 años y también al de hace diez.
Pero la política cambió muy poco y las formas de funcionar del Palacio Legislativo menos todavía. Eso tiene su lógica. El Poder Legislativo se sostiene en función de ciertas reglas muy antiguas y tradiciones que es necesario respetar. La institucionalidad se mantiene fuerte si se la alimenta de manera correcta y, en ese aspecto, las formas también son muy importantes. Eso está fuera de discusión.
De todas formas, hay otros aspectos que podrían ser modernizados. Algunos ya lo fueron, como la transmisión de las sesiones por internet, el voto electrónico en algunos casos y el acceso a determinada documentación de carácter público o las versiones taquigráficas de las comisiones parlamentarias, para poner solo algunos ejemplos.
Otros no, lamentablemente. Solo algunas preguntas al respecto para alimentar el debate. ¿Tiene sentido seguir con varias interpelaciones cada año que duran alrededor de 20 horas y que no tienen ningún tipo de consecuencias políticas? ¿Sirve para algo que todos los legisladores puedan dar largos discursos sobre casi todos los temas en discusión para repetir los mismos argumentos? ¿Es necesario que los plenarios de ambas cámaras discutan algunos asuntos menores y se pasen horas en eso cuando ya se sabe de antemano el resultado? ¿No habría que modificar un poco los tiempos y en especial lo que se ofrece públicamente, en una época en la que las nuevas generaciones viven conectadas, pero consumen materiales mucho más cortos y específicos?
Un dato al viento como eventual respuesta. La última interpelación que tuvo consecuencias políticas importantes fue al entonces ministro de Economía, Alberto Bensión, en agosto de 2002. Pasaron más de 20 años y cientos de interpelaciones en las que lo que más se destacó fueron los insultos o agravios entre las distintas bancadas. Las últimas dos hace pocas semanas, que duraron una eternidad. ¿No será tiempo de al menos reevaluarlo?
Porque el Palacio Legislativo, con todo lo que representa, sigue siendo fundamental para la mayoría de los uruguayos. Todavía cumple esa función de templo pagano de la democracia local. Pero no necesariamente lo que se procesa adentro de él. O al menos, hay una decadencia de credibilidad preocupante en ese sentido. Todavía no es grave, pero puede serlo. Todavía lo dibujado por nuestro caricaturista Junior en la última edición de Búsqueda, con la estructura del palacio como un enorme gallinero con muchas gallinas adentro, es una caricatura que causa gracia. Es hora de empezar a tomar medidas para que nunca deje de ser un chiste.