Uno de los títulos periodísticos más impactantes en el terreno de lo económico en lo que va del año es una tapa de la edición de The Wall Street Journal del 4 de febrero que dice que la industria en Estados Unidos (EE.UU.) se halla en retroceso. Fue el título principal de tapa no solo de uno de los principales diarios del mundo, sino de un periódico cuya redacción está emplazada en la cuna del poder financiero.
A la vera del Río de la Plata, en un lugar tan remoto, como dijo alguna vez Jorge Luis Borges, uno se pregunta leyendo semejante título: si Estados Unidos no puede frenar su desindustrialización, ¿qué queda para economías como la argentina, donde hemos presenciado en las últimas semanas un debate en el cual el gobierno da a entender que la industria argentina debe adaptarse o morir?
Los ejemplos de Techint y Aluar producen el temor de muchos en la Argentina acerca de si lo que está por venir en las pampas es el deterioro para muchos empresarios que no compitieron en las últimas décadas o también lo es para los ganadores, que deberán arremangarse.
Repasemos los acontecimientos.
Por primera vez en décadas en la Argentina, en enero pasado se conoció que la empresa Tenaris, del grupo multinacional Techint (con sedes en Buenos Aires y Milán), perdió una licitación estratégica para proveer tubos a un gasoducto en Vaca Muerta. La empresa india Welspun ganó el contrato al ofrecer precios significativamente menores.
La reacción de Javier Milei no demoró en llegar. El presidente criticó públicamente a Paolo Rocca, CEO de Techint, y cuestionó por qué Argentina debería pagar US$ 4.000 la tonelada de acero cuando el precio internacional es de US$ 1.400.
Luego vino en febrero otra noticia: la empresa FATE cerraría una planta de neumáticos que tiene en San Fernando, provincia de Buenos Aires, porque, argumenta, ya no puede competir más con la importación de cubiertas chinas.
La reacción del presidente tampoco se hizo esperar.
“¿Acaso les parece bien pagar los neumáticos tres o cuatro veces más caros contra la extorsión de tirar 920 trabajadores a la calle, mientras se negocia la protección para el sector de aluminio?”, planteó en su discurso de Apertura de Sesiones en el Congreso Nacional el 1° de marzo.
En materia económica Milei lleva adelante dos tareas: bajar la inflación y abrir la economía. No hay economista de izquierda o derecha en la Argentina que no afirme que ambas condiciones son necesarias para un país que hace casi 15 años permanece estancado y no crea empleo formal.
El debate en todo caso es qué secuelas dejarán las políticas de Milei en pos de conseguir ambos objetivos, que, dicho sea de paso, avanzó pero todavía no puede decirse que ya llegó al éxito. Luego volveré sobre este punto.
Pero digamos todo. La producción industrial en el mundo irá en retroceso. No es un tema solo de la Argentina o del Mercosur. Fabricar neumáticos a la vera del Río de la Plata es más caro que en Huangpu, pero también si se produjeran en el Amazonas o en Europa. China gana siempre.
La desindustrialización va más allá de Trump. La propia dinámica del capitalismo, el tamaño de las empresas, el impacto del cambio tecnológico y de la inteligencia artificial (IA).
Lo que hasta hace poco era un debate sobre el futuro del trabajo se está convirtiendo en una serie de hechos concretos y medibles, y la pregunta ya no es si esta revolución tecnológica tendrá un impacto macroeconómico, sino cuán profundo será y a qué velocidad llegará.
Todo empezó con un artículo de Citrini Research que pintó un escenario hipotético con miras a junio de 2028 bastante catastrófico: un desempleo en EE.UU. que sube al 10,2% y un S&P 500 con una caída acumulada del 38%.
El artículo describe un mundo que llama Ghost GDP: la productividad vuela y los márgenes de las empresas explotan (muy bullish para el equity en el corto plazo), pero el consumo real se contrae porque los trabajadores desplazados por la IA no encuentran empleos de ingreso similar. El artículo aclaró que era un escenario, no una predicción. Aun así, se hizo viral en Wall Street porque los eventos de la semana parecieron seguir su guion con llamativa puntualidad.
La buena noticia es que, si bien es cierto que se perderán puestos de trabajo, también es verdad que se producirán más autos, más lavarropas, más televisores, aun cuando proporcionalmente la cantidad de estos productos frente a los servicios sea menor. ¿Por qué? Porque hay países que están creciendo más que otros y la mayoría de las personas hoy viven en economías que están dejando atrás niveles bajos de ingresos e incluso índices de pobreza como en China o India. Millones de personas que jamás tuvieron un auto o un lavarropas están accediendo a ellos y ahí reside la oportunidad que brinda el capitalismo.
¿Quién va a fabricar esos productos? La demanda seguirá estando. El tema es competir por ella, y la Argentina, con su nivel de costos, regulaciones, está aún lejos.
Milei sostiene que “muchos temen que en la Argentina del mañana falte trabajo: las industrias (pesadas) van a suplir con creces la demanda de trabajo retirada por las viejas industrias y con muchos mejores sueldos”.
¿Será así?
En las últimas semanas el gobierno logró sancionar en el Congreso leyes como la reforma laboral y otra que activaría la minería cerca de los glaciares. La Argentina comparada con Chile es un país que subexplota sus recursos pese a que tiene una proporción mayor de personas que viven bajo la línea de pobreza.
Ningún economista afirma que la nueva legislación es la salvación para revertir el estancamiento argentino y que tampoco vaya a conseguir algún resultado pronto. Milei en todo caso logró destrabar una discusión o debate de temas que en la Argentina estuvieron vedados durante décadas, principalmente cuando el kirchnerismo era mayoría en el Congreso. Cómo se baja la inflación, cómo el país se integra más al mundo, cómo mejorar la seguridad, cómo garantizar la circulación en las calles, por qué cobrar un plan social a través de una organización y no del Estado.
Milei abrió todos esos debates.
Milei sigue siendo un interrogante. Lo que lo definirá será si fue el líder que empezó a hacer lo que el peronismo no se animó y Macri no supo: bajar la inflación.
Pero los procesos de desinflación llevan tiempo. La economista de Harvard Carmen Reinhart halló que el 60% de los países tardaron más de siete años en alcanzar una inflación de un dígito y el 40%, más de 10 años. Y un estudio de los economistas argentinos Martín Rapetti, Joaquín Waldman y Gabriel Palazzo concluyó en algo parecido.
Días atrás, incluso, el economista argentino que vive en Nueva York y trabaja allí hace 30 años en mercados, Alberto Ades, citó que hoy la Argentina tiene que mirar el caso de Uruguay que el economista de ese país Ernesto Talvi siempre menciona: Uruguay bajó la inflación de 200% a 40% en un año, pero de 40% anual a un dígito demoró cinco o seis años. ¿Fue un fracaso? “Para nada. Tenían que reconstruir el balance de su Banco Central y usaron la inflación como impuesto para hacerlo. Por eso la bajaron despacio. La Argentina tiene que pensar en eso”. En el medio, un dólar más alto puede ser el colchón que amortigüe las esquirlas de la desindustrialización que atraviesa hoy un mundo cada vez más convulsionado y que desde países como los nuestros es difícil de administrar, tanto para las izquierdas como para las derechas.