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    Mujeres que meten miedo: de Ann Radcliffe y Mary Shelley a Mariana Enriquez

    La referencia cantada del género es Shelley, creadora de Frankenstein o el moderno Prometeo (1816). Además de vanguardista, tuvo una faceta visionaria al anunciar los dilemas éticos que aún hoy se sigue planteando la ciencia

    Columnista de Búsqueda

    La reciente visita de Mariana Enriquez a Uruguay, conocida como “la reina del terror”, nos recordó una antigua verdad: algunas mujeres saben cómo asustar con palabras y los lectores agradecen el desasosiego con profunda admiración. Si bien a las narradoras femeninas se las asocia, en términos generales, al relato de los entornos íntimos y del mundo de los afectos, las voces de las novelistas del terror, pocas o muchas, resuenan desde hace cientos de años en la literatura universal.

    La referencia cantada del género es Mary Shelley, creadora de Frankenstein o el moderno Prometeo (1816). Su genialidad la llevó a imaginar un monstruo que viene sorteando modas y gustos generacionales, y ha sido la inspiración de varias películas. Además de vanguardista, Shelley tuvo una faceta visionaria al anunciar los dilemas éticos que aún hoy se sigue planteando la ciencia.

    Por lo demás, si las mujeres han escrito tantas páginas sobre las vivencias hogareñas y el amor ha sido porque durante siglos sus vidas estuvieron atadas al matrimonio. Algunas lograron trascender esa barrera temática, pero incluso al escribir sobre ínfimos acontecimientos domésticos, muchas consiguieron pintar conflictos universales. No es necesario salir al campo de batalla para temerle a la muerte, ni lanzarse a peligrosas aventuras para sentir las amenazas que se ciernen sobre nuestra carne, el cuerpo, el tesoro más preciado. Ayer como hoy, la violencia y el rencor bien pueden desplegarse a la hora de la cena familiar. “Me vengaré de mis sufrimientos; si no puedo inspirar amor, desencadenaré el miedo; y especialmente a ti, mi supremo enemigo, por ser mi creador, te juro odio eterno”, le hace decir Shelley a Frankenstein, y parece saber de lo que habla. Es cierto que ella fue una excepción para su tiempo, tanto por su entorno familiar como por la posibilidad de educarse. Eso no desvaloriza su valentía para desafiar las normas de la época.

    Hubo otras escritoras de apariencia más convencional que también se expresaron a través del terror. En 1794, unas dos décadas antes de la publicación de Frankenstein, Ann Radcliffe, otra británica, hizo furor con Los misterios de Udolfo. Se considera a Radcliffe pionera de la novela gótica femenina; sus relatos —en los que no faltan castillos tenebrosos y heroínas encerradas en mazmorras— sedujeron a los jóvenes, en especial a las mujeres que en ocasiones debieron leer la novela debajo de las sábanas para evitar requisas. Se decía entonces que las novelas góticas llenaban de fantasía las cabezas de las muchachas y, por tanto, las perjudicaban a la hora de aceptar destinos prosaicos.

    No obstante la mala prensa, Radcliffe publicó seis novelas hasta que, quizás cansada de la fama, dejó de escribir. Tal fue la popularidad de Los misterios de Udolfo que Jane Austen, la gran escritora inglesa, la parodió en una de sus novelas. La obra ha sido citada en Otra vuelta de tuerca, de Henry James, y algunos críticos sostienen que influyó en Edgard Allan Poe y Walter Scott. A diferencia de Frankenstein, la novela gótica de Radcliffe da señales de vejez y no logró conquistar un sitio tan destacado en esto que llamamos posteridad.

    La lista de escritoras dedicadas a inquietar al prójimo incluye sorpresas y prueba que escribir sobre el amor o las vicisitudes hogareñas no es incompatible con el relato de terror. Por ejemplo, poco se sabe de la pluma tenebrosa de Louisa May Alcott, la autora de Mujercitas. En 1863, la escritora publicó Un susurro en la oscuridad, en dos entregas, en el Frank Leslie’s Illustrated Newspaper. En esta novela breve, relata en primera persona el calvario de una mujer que ha sido encerrada en una habitación por un tío despiadado. Lo secunda el doctor Karnac, cuya manía consiste en “escudriñar los misterios más recónditos de la mente humana”. Karnac ensayaba con sus víctimas extrañas dietas y ejercía sobre la protagonista una especie de influencia magnética. La locura, el control mental, la hipnosis y el consumo de drogas aparecen en este y otros relatos que Alcott publicó en forma anónima o con seudónimo masculino para no perjudicar su reputación. Solo unos meses antes de morir, la autora aceptó volver a publicar esta novela con su verdadero nombre. Otras escritoras también han mostrado su versatilidad para escribir novelas de corte sentimental y al mismo tiempo explorar lo espeluznante o las distopías en otros relatos. Es el caso de la estadounidense Edith Wharton, quien, además de su muy conocida novela La edad de la inocencia, creó cuentos fantasmagóricos.

    Al menos una línea merece Daphne du Maurier, autora del cuento que inspiró Los pájaros, de Alfred Hitchcock. El nombre de la autora pasó desapercibido, en parte por la brillantez de la película, y, si bien es cierto que el director transformó profundamente el cuento original, el filme no existiría sin ella.

    En definitiva, estos son apenas unos pocos nombres de los tantos que han antecedido a nuestra visitante de días pasados. A todas ellas las une la habilidad de saber narrar lo siniestro y ponerles imágenes a los miedos que nos acechan.

    ¿Pero dónde radica la esencia de lo siniestro? Sigmund Freud, después de mucho elucubrar sobre el asunto, lo definió como “algo espantoso que afecta las cosas conocidas”. En ciertas condiciones —decía— lo familiar se vuelve espeluznante. Por tanto, “lo siniestro se asocia a lo novedoso, pero no todo lo nuevo es inquietante; para que aquello ocurra se necesita otro ingrediente. En lo siniestro hay algo que te desconcierta y te hace sentir perdido”.

    En un relato de la española Emilia Pardo Bazán, un hombre se desploma ante la fugaz presencia de un gato blanco. Cuando vuelve en sí, pregunta dónde está el animal que se le acaba de cruzar. Su compañero lo tranquiliza diciéndole que el hecho no tiene ninguna importancia, se trata de un simple gato. “—¡Ninguna (importancia) para usted! (...) para usted un gato blanco no es más que un gato blanco”, murmura trémulo el que acaba de colapsar.

    Dicho en otras palabras: cuando una mañana el habitual ronroneo del gato blanco nos llena de sospechas e instintivamente retiramos la mano del lomo sin ninguna explicación, lo siniestro empieza su paciente trabajo. Y eso es lo que ellas han sabido contar y alimentar.

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