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Las organizaciones que dicen valorar la innovación y el aprendizaje, irónicamente, suelen tener culturas de baja tolerancia al fracaso; no es porque sean hipócritas (aunque a veces lo son), sino porque premiar el error requiere un nivel de sofisticación institucional que pocas han desarrollado
Hace días que le vengo dando vueltas a la idea de los incentivos y cómo alinearlos para conseguir los resultados que buscamos en los equipos que me toca liderar. Ayer me encontré con un post de mi hermana Cecilia Laborde, que es experta en temas de recursos humanos y dirige varios programas de dirección ejecutiva en la UCU Business School. Cecilia hacía referencia a una publicación bastante antigua de Steven Kerr, profesor y Ph.D. de la Universidad de Nueva York, con un título que parecía una queja de gerente frustrado: On the Folly of Rewarding A, While Hoping for B. La tesis era tan simple como incómoda: la mayoría de los sistemas de incentivos premian exactamente lo contrario de lo que la organización dice querer. Kerr lo documentó con ejemplos de universidades, hospitales, organismos públicos y empresas privadas. Cincuenta años después, el artículo sigue siendo uno de los más citados en la literatura de gestión. No porque envejeció bien como teoría, sino porque el problema que describe no se fue a ningún lado.
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Me ha tocado presenciar y facilitar a equipos directivos trabajando y discutiendo sobre la gestión del desempeño. Es uno de esos temas que produce consenso rápido en el diagnóstico y resistencia silenciosa en las conclusiones. Todos suelen coincidir en que los sistemas de evaluación son imperfectos. Nadie quiere tocar el suyo. Se pide cultura, se mide comportamiento, se premia resultado. Tres planos distintos, tres lógicas distintas, tres señales distintas. El colaborador que las recibe tiene que elegir en cuál creer. Y casi siempre elige bien, le cree al dinero.
Pero hay algo más profundo en juego que simplemente estar premiando lo incorrecto. Incluso cuando el sistema premia lo correcto, lo que suele provocar es cumplimiento temporal, no compromiso real. Un análisis de décadas de investigación sobre incentivos llegó a una conclusión que incomoda a la mayoría de los ejecutivos, y es que los sistemas de recompensas tienen una vida media de cinco años a lo sumo. Funcionan por un tiempo, el equipo se adapta, los aprende a jugar, y eventualmente se convierten en una nueva capa de fricción burocrática. Lo que compraron no fue motivación profunda, sino comportamiento condicionado. Cuando el incentivo desaparece o pierde brillo, el comportamiento también se va con él. El sistema no creó compromiso con ningún valor. Creó dependencia con la zanahoria.
Hay algo tentador en pensar que esto es un error de diseño. Creemos que, si las empresas fueran más prolijas al construir sus sistemas de evaluación, la brecha desaparecería. Pero el problema es más estructural que eso. Los sistemas premian lo que es fácil de medir, lo que es visible en el corto plazo, y lo que el que evalúa puede atribuir sin ambigüedad a una persona. Todo lo demás, como la confianza que alguien construyó dentro del equipo, la conversación difícil que alguien tuvo para evitar un conflicto mayor, la cultura que alguien sostuvo cuando nadie miraba, queda fuera del radar porque es costoso de capturar y fácil de ignorar.
El ejemplo más clásico es el del trabajo en equipo. Casi toda organización dice valorarlo. Lo pone en sus valores, lo incluye en las descripciones de puestos, lo menciona en los discursos de fin de año. Pero cuando llega el momento de decidir quién se lleva el bono, quién asciende o quién recibe el reconocimiento público el criterio que opera no es quién sostuvo al equipo, sino quién se destacó más dentro de él. Son cosas distintas. El que sostiene un equipo suele ser invisible precisamente porque hace bien su trabajo. Resuelve los roces antes de que escalen, distribuye el crédito, frena los egos cuando es necesario. Ninguna de esas acciones aparece en un dashboard. El que se destaca, en cambio, genera resultados trazables, atribuibles, medibles. Y el sistema lo premia, aunque en el proceso haya erosionado exactamente aquello que la organización dice querer construir.
La investigación en psicología organizacional tiene un nombre para lo que sucede cuando el sistema recompensa el rendimiento individual dentro de un equipo que dice ser colectivo: destruye la identificación grupal. Y eso importa más de lo que parece. Cuando alguien genuinamente se identifica con su equipo, cuando la pregunta interna deja de ser “¿qué gano yo?” y se convierte en “¿qué es bueno para nosotros?”, el comportamiento cambia de manera tal que ningún sistema de incentivos puede comprar. Las personas trabajan más, cubren a sus compañeros, hacen sacrificios personales sin que nadie se los pida. Pero esa identificación no surge sola. La cultiva o la destruye el sistema de reconocimiento. Una organización que solo premia el desempeño individual está enviando una señal implícita a cada colaborador. La organización invita a que en ese entorno el juego es individual. Y la gente juega el juego que le enseñaron.
Lo mismo pasa con el largo plazo. La mayoría de las organizaciones declaran pensar en años. Planificaciones estratégicas a cinco años. Metas ambiciosas a 10 años. Muy pocas tienen sistemas de incentivos que reflejen ese largoplacismo. El ciclo de evaluación anual, el bono trimestral, la presión por el número del mes crean un horizonte de tiempo que moldea decisiones sin que nadie lo explicite. Un gerente que invierte en desarrollar a su equipo, que construye procesos y que resigna resultados de corto para ganar capacidad de largo está haciendo exactamente lo que la organización dice querer. Y muy probablemente está sacrificando los indicadores que determinan su evaluación. No es irracional. Es perfectamente racional dentro del sistema en el que opera. El problema es que el sistema y el discurso apuntan en direcciones opuestas.
Hay también una dimensión neurológica en todo esto que merece atención. La investigación en neurociencia cognitiva muestra que el cerebro procesa de manera diferente la anticipación de una recompensa y la anticipación de una consecuencia negativa. Cuando esperamos algo bueno, el cerebro activa una señal de acción. Las neuronas dopaminérgicas empujan hacia adelante, hacia el movimiento, hacia la iniciativa. Cuando anticipamos algo malo, activa una señal de freno. Inhibición, cautela, a veces parálisis. Hay experimentos que lo documentan con una claridad llamativa. En un hospital donde el personal médico lavaba sus manos solo el 10% de las veces, a pesar de conocer los riesgos, a pesar de las advertencias, incluso a pesar de saber que había cámaras, se introdujo un tablero electrónico que daba retroalimentación positiva cada vez que alguien se lavaba las manos. Un mensaje simple: “¡Bien hecho!”. En cuatro semanas, el cumplimiento llegó al 90%. El miedo al contagio no había movido la aguja. El reconocimiento inmediato, sí. La lección para las organizaciones es directa. Si se quiere que la gente actúe, se debe diseñar para la anticipación positiva. El miedo y la ansiedad no producen mejor desempeño; por el contrario, producen congelamiento. Y los sistemas de evaluación que operan principalmente sobre la amenaza de consecuencias negativas están trabajando contra la biología del comportamiento humano.
La brecha también aparece en cómo se gestiona el error. Las organizaciones que dicen valorar la innovación y el aprendizaje, irónicamente, suelen tener culturas de baja tolerancia al fracaso. No es porque sean hipócritas (aunque a veces lo son), sino porque premiar el error requiere un nivel de sofisticación institucional que pocas han desarrollado. Distinguir entre el error que surge de asumir riesgos razonables y el error que surge de la negligencia es difícil, demanda contexto, y abre la puerta a la arbitrariedad. Es más sencillo, y quizás más seguro para quien evalúa, premiar al que no se equivocó. El resultado predecible es una organización llena de personas que aprendieron a no arriesgarse.
Una de las distorsiones más comunes que veo en equipos de alta performance es la del héroe del último momento. La organización dice valorar la planificación, la anticipación, la gestión proactiva del riesgo. Pero cada vez que alguien apaga un incendio espectacular, ese que resuelve la crisis del cliente a las 11 de la noche, el que salva el cierre del trimestre con una negociación de último minuto, ese alguien recibe una visibilidad y un reconocimiento que no obtiene quien construyó los sistemas para que el incendio no se produjera. El resultado, perfectamente predecible, es que las organizaciones sin querer terminan incentivando la producción de incendios. Y no es porque nadie lo haya decidido, sino porque el sistema premia lo visible, y nada es más visible que una crisis resuelta.
La pregunta de fondo que todo esto deja es incómoda pero necesaria: ¿qué produce realmente el buen desempeño si no son los incentivos? Tres décadas de investigación apuntan siempre a las mismas tres cosas. Primero, autonomía para que las personas puedan participar en las decisiones sobre cómo hacen su trabajo. Segundo, colaboración real para que los equipos intercambien ideas y promuevan un clima de confianza. Tercero, contenido para que el trabajo en sí mismo valga la pena hacerlo. Estas tres condiciones no son costosas de crear. Son mucho más difíciles de crear que un esquema de bonos, porque requieren liderazgo real en lugar de ingeniería de compensaciones. Pero son las únicas que generan una motivación que no se evapore cuando el incentivo cambie.
La pregunta que Kerr nos deja —y que tiene 50 años de antigüedad sin perder vigencia— no es técnica. No es cómo diseñar un mejor sistema de KPI (key performance indicator: indicador clave de rendimiento) o cómo calibrar una rúbrica de evaluación. Es una pregunta de autoconocimiento organizacional: ¿qué estamos premiando mientras esperamos otra cosa? La dificultad está en que responderla honestamente requiere mirar no lo que decimos, sino lo que hacemos, no los valores enmarcados en la pared, sino los comportamientos que prosperan, no el manual del empleado, sino quiénes ascienden, quiénes se quedan, quiénes eventualmente se van. Gracias, Ceci, por la invitación a pensar y reflexionar sobre esto.