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    ¿Quién va a cantar?

    Las investigaciones realizadas en Uruguay sobre los distintos sectores culturales (música, teatro, audiovisual, artes visuales) son coincidentes con los estudios internacionales y muestran profundas desigualdades de género

    Columnista de Búsqueda

    El pasado miércoles 12, la Cámara de Senadores aprobó un proyecto de ley que fija un cupo de 30% para mujeres y disidencias en espectáculos musicales que tengan financiamiento del Estado. La indignación fue total. “Qué bueno. Lo que no logran con el talento lo quieren imponer por ley”, escribió alguien desde su cuenta de Instagram. Y remató: “Yo que el organizador hago tocar a la mujer después de Divididos, para que vea como se van todos mientras está cantando”.

    Podría pensarse que solo es un comentario resentido de alguien que tiene poca información sobre el tema. Pero muchos legisladores esgrimieron en el Parlamento argumentos de similar tenor: desde los ciudadanos tienen derecho a “elegir” y “las grillas se arman para que la gente vaya” hasta “se han metido nada menos que en el arte” y que, si los Beatles fueran uruguayos, tendrían que “agregar dos mujeres” para poder recibir apoyo. Con este nivel de argumentación, todo el asunto parece resumirse en un tema de “bandos”, de progresistas versus conservadores, de un berretín de izquierda golpeando contra una trinchera de derecha.

    Pero no lo es. Se trata de una discusión relevante, a partir de datos que surgen de investigaciones en distintas partes del mundo, trabajos académicos serios que se dedican a estudiar los sectores culturales. Es, por ejemplo, el caso del libro La cultura es mala para ti. Desigualdad en las industrias culturales y creativas (2023), coescrito por Orian Brook, Dave O’Brien y Mark Taylor, uno de los trabajos más influyentes de las ciencias sociales del Reino Unido. Sus autores estudian los mecanismos de exclusión de la cultura en las intersecciones entre clase, género y etnia, a partir de un profundo análisis de las estadísticas oficiales británicas e investigaciones propias. Los estudios evidencian que, a pesar de lo que afirmen las instituciones y las empresas culturales, los sectores sistemáticamente dejan atrás a las mujeres, a las personas racializadas y a la clase trabajadora.

    En lo que respecta específicamente al sector de la música a escala global, un estudio reciente de la plataforma Book More Women confirmó la infrarrepresentación de las artistas femeninas. El colectivo analizó nueve de los festivales más importantes de Estados Unidos, entre ellos Coachella, Lollapalooza y Bottlerock, y encontró que, aunque la presencia de mujeres y disidencias había aumentado de 28% en 2018 a 40% en 2024, volvió a caer a 22% en 2025.

    Las investigaciones realizadas en Uruguay sobre los distintos sectores culturales (música, teatro, audiovisual, artes visuales) son coincidentes con los estudios internacionales y muestran profundas desigualdades de género, y la ausencia de mujeres y disidencias en muchas grillas de espectáculos musicales resulta preocupante.

    Lo peor es que se mantiene la creencia de que las decisiones se basan en “criterios objetivos”. Prevalece la idea de la “meritocracia”, es decir, la idea de que quienes ocupan los puestos de trabajo relevantes son quienes “realmente lo merecen”. Como afirman Brook, O’Brien y Taylor, esta idea “refuerza y naturaliza” las desigualdades estructurales existentes en el sector. Aunque los autores hacen referencia al predominio de “hombres blancos y de clase media” en todos los subsectores culturales analizados, el estudio demuestra la dificultad de estos hombres a la hora de identificar sus privilegios, lo que lleva a que, “en sus propias carreras profesionales, son incapaces de desafiar o cambiar estas desigualdades estructurales”, afirman.

    Cuando estos hombres ocupan roles de portería de los sectores culturales (es decir, cuando son, por ejemplo, directores de festivales, jurados, productores, críticos, agentes, promotores o curadores) y, por tanto, son responsables de juzgar y evaluar el talento creativo de otras personas, esta incapacidad de ver las desigualdades se convierte en un verdadero problema, ya que difícilmente podrán generar los cambios necesarios en pos de una mayor igualdad.

    Que las dificultades de acceso y crecimiento profesional de las mujeres y disidencias en los sectores culturales son un problema global y estructural, y que su falta de presencia no responde a un criterio “objetivo” de talento, son aspectos ampliamente estudiados y analizados. Seguir sosteniendo argumentos del tipo que toquen mujeres en los Beatles o que las programen después de Divididos para que todo el mundo se vaya solo parece una muestra de ignorancia, violencia y desinterés total por el tema.

    Mientras tanto, decenas de músicas aguardarán con esperanza el desenlace en la Cámara Baja, para sentir que están un poco más cerca de que se corrijan desigualdades históricas.