El título de esta nota obedece a la intensificación epidémica de un mal recurrente en nuestra patria (que no es imputable a las autoridades de turno, ya que se trata de un mal inmune a los cambios de gobierno, incluso los institucionales).
El título de esta nota obedece a la intensificación epidémica de un mal recurrente en nuestra patria (que no es imputable a las autoridades de turno, ya que se trata de un mal inmune a los cambios de gobierno, incluso los institucionales).
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáSu sintomatología consiste en un temblor angustiante del burócrata (funcionario público de cualquier rango, desde las más altas jerarquías hasta los cargos más modestos), complementado por sequedad bucal, actitudes irascibles de diverso grado y fuertes dolores de cabeza.
El alivio (y hasta la cura temporaria de esta enfermedad) proviene de la dedicación del burócrata en cuerpo y alma a redactar resoluciones, decretos, reglamentaciones, leyes y hasta textos constitucionales. Una vez plantado ante sus instrumentos de trabajo (computadoras, papel y lápiz o bolígrafo, grabadores, teléfonos celulares del tipo smartphone) el enfermo recupera la calma, el temblor disminuye, la boca vuelve a estar húmeda, las jaquecas desaparecen, todo ello en paralelo a la redacción salvaje y desenfrenada del texto que se le ocurrió, le dictaron, le mandaron a redactar o cualquier otra manera de llenar los espacios vacíos que dejan la racionalidad, el equilibrio y la sencillez, unos malos bichos que rodean al burócrata y lo persiguen hasta en sus horas de sueño.
Una prueba de todo ello es lo que me ocurrió el sábado pasado mientras leía la versión impresa de El País.
Cuando llegué a las páginas 4 y 5, mi vista se vio distorsionada por un par de páginas impresas en una pequeñísima letra, totalmente diferente a la del resto del diario. Dos páginas completas de miniletritas. Tuve que calarme las gafas de ver, no las de cerca, sino las de muy cerca, para poder intentar desentrañar aquel engendro que se encontraba ante mis ojos.
Estaba encabezado, con la sencillez que caracteriza a nuestra bendita burocracia, por la identificación (sencillita) “RP. #25/108”, debajo de la cual figuraban más datos sin duda de gran relevancia: “PSD/6/38/2024”. Bajo grandes letras, acá sí, para llamar la atención, se informaba que se trataba de uno de los temas más acuciantes de la realidad nacional, solo comparables con las reformas al himno Mi bandera que proponen los docentes: “RESOLUCIÓN”. Y abajo con letra un poco más chica, se lee. “APRUEBA PROCEDIMIENTO DE HABILITACIÓN DE CARNICERÍAS Y LOCALES DE VENTA”. Y al lado, el nombre del padre de la criatura: “INAC” (Instituto Nacional de Carnes).
La “resolución” tiene tan solo 10 artículos, pero la expansión de cada uno de ellos, con sus capítulos y subcapítulos disgregados en secciones, incisos, subincisos, sus numerales y sus literales, superó no solo mi capacidad de comprensión. Ya verán por qué.
Mi primera reacción fue: “Son como 50.000 o 70.000 palabras, por lo menos, pero al fin y al cabo, si tenemos al Chat GPT, vamos a consultarlo”. Respuesta (textual) de la inteligencia artificial (IA): “Lo siento, pero no pude encontrar la resolución RP. #25/108 del Inac”, y me mandan a la página web del Inac y a otras fuentes sobre habilitación de carnicerías. ¡El Chat GPT no pudo encontrar la resolución! O la IA no puede leer esa cantidad exorbitante de palabras o, simplemente, como inteligencia que es, artificial y todo, el GPT dijo: “Déjate de embromar, tenemos cosas más importantes para ocuparnos que ese brulote ilegible”.
Otra de las posibilidades (textuales) que me ofreció como consuelo el Chat GPT: “Contactar al Inac: otra opción es contactar directamente al Inac a través de su sitio web o por teléfono para solicitar la resolución y preguntar sobre el número de palabras”. Imagínense si llamo y pregunto eso en el Inac, a dónde me mandaría el funcionario consultado…
Eso sí, si iba a escribir esta nota, me tomé el trabajo y el tiempo de leerlo (después de todo, era un sábado de mañana).
El redactor se debe haber sentido al borde del orgasmo en el momento en que puso el punto final y le alcanzó el texto final al Cr. Gastón Scayola, máxima autoridad del instituto, cuya firma autógrafa figura orgullosamente al pie.
Una de las delicias de este engendro es que no se trata de la reglamentación del procedimiento para habilitar carnicerías o locales de venta (a pesar de que el título lo declara), sino de un complemento, según dice el primer párrafo de la resolución (tras la redacción de 12 “resultandos” y dos “considerandos”, que ocupan un cuarto de la página 4 del diario): “Apruébase la siguiente norma complementaria del Reglamento Nacional de Carnicerías” y etcétera. ¡Así que este engendro es solo una “norma complementaria”! No quiero ni imaginarme lo que debe ser el texto del reglamento… Más o menos como un código, o como la Constitución…
En muchos de los artículos se disponen las actividades de la Gerencia de Contralor y de la Gerencia de Asuntos Legales, sin cuyas respectivas participaciones don José o doña María deberán abstenerse de vender unas tiritas de asado o unos chorizos so pena de ser condenados al fusilamiento administrativo por parte de los piquetes armados de la normativa taxativa infinitesimal.
Un ejemplito así, al pasar: en el Sector de cocción de carnes y derivados, subtítulo “Métodos de cocción autorizados”, se dice que “para la cocción de los productos se autorizan exclusivamente los métodos de cocción por medio de calor seco, húmedo y frito por inmersión en grasas o aceites calientes, los que deberán cumplir con la normativa correspondiente”. Créanme, dice eso.
En un extenso artículo sobre la maduración de las carnes en las carnicerías, se establece (entre otras múltiples exigencias delirantes) que “las condiciones de maduración deberán cumplir con los siguientes rangos de especificaciones: a) temperatura –1 grado (un grado Celsius bajo cero) a 4 ºC (cuatro grados Celsius) y b) humedad relativa menor o igual a 85% (ochenta y cinco por ciento)”. Si tenés 86%, te clausuran el negocio.
Los pobres carniceros que deban ajustarse a este verdadero atentado al sentido común, la lógica comercial y la simple actividad de vender carne al público gastarán mucho dinero y tiempo en consultores, asesores, abogados, contadores, ingenieros para llenar formularios, declaraciones juradas y demás papelería administrativa inútil y redundante.
Les voy avisando que la reglamentación para los quiosqueros de venta de diarios y revistas va a ser un poco más breve.
Solo una página y media del diario en el que se publique.