• Cotizaciones
    viernes 29 de agosto de 2025

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
    $ Al año*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
    $ por 3 meses*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * A partir del cuarto mes por al mes. Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
    stopper description + stopper description

    Tu aporte contribuye a la Búsqueda de la verdad

    Suscribite ahora y obtené acceso ilimitado a los contenidos de Búsqueda y Galería.

    Suscribite a Búsqueda
    DESDE

    UYU

    299

    /mes*

    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá

    Tierra de nadie

    El problema del modelo puramente identitario es que termina definiendo las políticas no con base en las necesidades ciudadanas, sino con base en la reparación, simbólica o material, que debe recibir tal o cual miembro de un grupo en virtud de una discriminación previa

    Columnista de Búsqueda

    Hace unas noches, bastante tarde y con poco que hacer al otro día, me encuentro con que se emite el partido que enfrenta al Atlas y al América. Esos dos equipos mexicanos son importantes en mi vida: fui hincha del Atlas durante los casi 10 años en los que viví en México de niño y adolescente y jugué en el América de golero durante cuatro años, entre los 13 y los 17. Por eso, y aunque hace mucho que no veo un enfrentamiento entre ambos, pongo el partido con entusiasmo y una lata de cerveza en la mano. No estoy seguro, pero creo que esa parte de mi identidad y de mi pertenencia, que tengo más bien diluida, volverá a activarse en cuanto la pelota ruede por el campo.

    Y sin embargo, a medida que pasan los minutos descubro que no me pasa nada. De hecho, no conozco casi a ninguno de los jugadores que están en el terreno. Apenas al golero del América (deformación gremial), a quien vi hace poco en la Liga de Naciones de la Concacaf con su selección nacional. Pero fuera de eso, el partido no me dice nada en particular. Sí, el Atlas le pasa el trapo al América y eso me alegra bastante, pero no logro que me suba al pecho ningún orgullo ni sentido de pertenencia o identidad. Esa parte de lo que alguna vez contribuyó a definirme, hace muchos años, desapareció. Ya no está.

    Y eso me pone a pensar en el sistema de pertenencias identitarias al que nos hemos venido deslizando en los últimos 20 años, en el que se nos exige de manera tan constante como insólita que nos definamos como un todo, basándonos exclusivamente en uno de los múltiples factores identitarios que conviven en cada uno de nosotros. Se nos clasifica, según nuestro sentido de pertenencia, a una identidad acotada. O mejor dicho, a un aspecto específico de nuestra identidad, aquel que sea tasable en el mercado de identidades vigentes. Por ejemplo, y ya lo mencioné en una de estas columnas, se valora mucho haber sido víctima de alguna clase. Tanto se lo valora que muchas veces se insiste en que haber sido víctimas en algún punto de nuestras vidas, en un determinado momento y en determinado proceso, será aquel factor de nuestra identidad que nos definirá de una vez y para siempre. Víctima una vez, víctima siempre, definida eternamente por tal condición.

    O, como también se suele hacer, se nos propone establecer una suerte de ranking de desprecios y desigualdades previas recibidas o no, en tanto miembros de un colectivo. A la vez, ese ranking permitirá ubicarnos en algún punto de la escala de eventuales resarcimientos a recibir. Puede que esas afrentas pasadas no nos hayan afectado personalmente a nosotros, pero, se nos dice, sí que nos afectan simbólicamente por ser parte de un colectivo históricamente discriminado. Establecer esa suerte de ranking como herramienta a la hora de diseñar políticas públicas presenta una serie de problemas. El primero, y más evidente, el sujeto de la política deja de ser el ciudadano individual para ser el miembro de un colectivo mayor. El segundo es que la definición de tal o cual colectivo es casi siempre exterior. ¿Qué quiere decir eso? Que quien define cuáles son los colectivos reivindicables suele ser alguien externo a esos grupos, por lo general algún político con ganas de innovar e introducir el último grito de la moda en las ciencias que estudian los fenómenos sociales. Obviamente, para cuando esa eventual innovación llega a la calle bajo la forma de política pública, hace rato que ya no es innovadora, apenas repetición de fórmulas ya usadas en otras latitudes, que para colmo de males no siempre han obtenido los resultados que han prometido.

    Es verdad que las políticas públicas siempre implican una definición de quién es el sujeto de dichas políticas. Cuando se mejora una carretera o se inaugura un centro de salud en un barrio, se supone siempre que hay una necesidad que debe ser cubierta y que a veces su impacto llega a muchos y a veces a menos. La diferencia respecto al más reciente modelo identitario es que todos esos vecinos y conductores que van de un lugar a otro son siempre, y antes que nada, ciudadanos con unos derechos y obligaciones que se ejercen en el terreno común de la convivencia. Y en un segundo grado, son vecinos, etcétera. Son sujetos de las políticas en los dos niveles, pero siempre y antes que nada en tanto ciudadanos.

    El problema del modelo puramente identitario es que termina definiendo las políticas no con base en las necesidades ciudadanas, sino con base en la reparación, simbólica o material, que debe recibir tal o cual miembro de un grupo en virtud de una discriminación previa. Discriminación de la que, como se dijo, seguramente no fueron víctimas los miembros actuales de dicho grupo. Este modelo presupone cierta inmanencia de las pertenencias. De lo contrario, pasaría como en el caso de mi Atlas vs. América: las identidades son mucho más dinámicas y por lo tanto van y vienen. Dado que las políticas públicas suelen funcionar en un arco largo de tiempo, cuando llegan a aplicarse hace rato nuestra pertenencia o identidad se puede haber diluido.

    Un ejemplo muy claro, y que seguramente conoce cualquiera que haya emigrado, es el de las organizaciones de inmigrantes recientes. La gente cuando llega a un lugar nuevo, del que no conoce bien sus reglas, busca apoyo entre quienes están en su misma situación. Pero eso no quiere decir que un inmigrante sea definido como tal, de una vez y para siempre, por las pertenencias que construye cuando es un recién llegado. De hecho, la mayoría de los inmigrantes desean dejar de serlo para poder pasar a ser integrados, más allá de lo que se entienda por eso. En este caso, las pertenencias son más frágiles de lo que pueden parecer, especialmente por ser incidentales o por responder a una necesidad muy inmediata. Como en el caso de la víctima, sería increíblemente reduccionista definir a alguien exclusivamente por su pertenencia a un grupo que lo que más desea es no tener que existir como tal.

    Es difícil que alguien crea que merece una pensión del Estado por haber sido hincha del Atlas en su adolescencia. Sobre todo porque esa habría sido una pertenencia voluntaria que no tuvo mayores consecuencias en su vida. Sin embargo, nos parece razonable que determinadas violencias o injusticias recibidas sean compensadas materialmente por el Estado que avaló o como mínimo permitió dichas violencias o discriminaciones. Nos parece que esa restitución es una forma de justicia y de hecho lo es, pero como argumento de diseño de políticas públicas parece muy limitado: solo será sujeto quien sea miembro de un colectivo particular que haya sido atravesado por determinada circunstancia y no en tanto ciudadano, sino en tanto miembro de ese colectivo que es definido desde la ideología. El problema adicional que presenta este diseño es que no presta la menor atención al terreno común en el que se ejerce efectivamente la ciudadanía. Y si nadie presta atención al terreno común, es muy fácil que este se convierta en tierra de nadie. A ese punto parecemos estar acercándonos a toda velocidad y en contra de la mejor evidencia.