Hace unas semanas entrevisté a Hernán Casciari para hablar del estreno de Canelones, una película inspirada en el relato que escribió en 2007, basado a su vez en una anécdota de su adolescencia. La historia es así: Hernán y su amigo Chiri Basilis hacen cachadas telefónicas y compiten para ver quién estira más la llamada. Hernán quiere ganar a toda costa y, para conseguirlo, termina convenciendo a una mujer mayor de que quien habla es su hijo distanciado. Pero no se queda ahí. Le dice también que está en su ciudad, Mercedes, en la terminal. Así describe Casciari en el cuento lo que pasaba en su cuerpo mientras la apuesta escalaba: “Yo sentí, por dentro, la pulsión de la maldad. La sentí por primera vez en la vida. Estaba en el estómago, en el pito y en el cerebro al mismo tiempo, como una santísima trinidad diabólica”. Y sigue, llevado por ese impulso que no puede o no quiere detener. Le pide —a esta mujer vieja, cansada, que ahora llora de ilusión— que le haga canelones, le dice que él —su hijo— va para ahí, para su casa, aunque sabe que nadie irá. En la entrevista, Casciari se acepta como lo que es: “Soy el villano del cuento”.
En estos días leí un libro de una psicoanalista chilena que fue todo un hallazgo. Ella se llama Constanza Michelson y el libro, Microdramas, habla, con cierto humor pero sin liviandad, de las minucias —y no tanto— que día a día nos quitan el sueño. Lo que nos ensombrece como seres humanos y lo que nos hace brillar. Cosas que hacemos y que nos hacen y que, para bien o para mal, tienen la capacidad de dar vuelta un momento. Y pone algunos ejemplos de algo que ella llama “emboscadas”.
- “Es parecido a lo que pasa en la oficina. El que sabe que gana más pregunta cuánto ganan los otros. No por curiosidad: para que se note”.
- “O ese que, sin que nadie se lo pida, se acerca y dice: ‘No digas que te dije, pero hablan mal de tu trabajo’. Y te deja ahí, con eso”.
- “La más fina: ‘Me alegro mucho por ti, de verdad’. Pausa. ‘Aunque yo no podría vivir así’”.
- “Es lo mismo que saber exactamente cómo sacarle celos a la pareja. No hace falta mentir. Basta con no aclarar. Decir el nombre de alguien justo antes de apagar la luz”.
Michelson dice que en todos estos casos hay un autor; “alguien que sabe, o al menos sospechamos que sabe lo que está haciendo. Pero no siempre es así”.
Me viene a la memoria una película en la que una mentira infantil tiene consecuencias terribles. Expiación (Atonement). La película de Joe Wright, basada en la novela de Ian McEwan, estuvo nominada a siete premios Oscar y causó impacto en el momento de su estreno (2007). Aquí son los celos de una niña (Saoirse Ronan), que se siente desplazada de la vida de su hermana (Keira Knightley) por un incipiente noviazgo (con James McAvoy), los que la mueven a culpar de la violación de su prima a un inocente. Era de noche y estaban en el jardín; era imposible que desde donde estaba pudiera ver al agresor con claridad. Ni siquiera la víctima fue capaz de reconocerlo. Pero la niña completa los agujeros de lo que vio a la distancia con su propio resentimiento y lo vuelve una declaración blindada.
Saoirse Ronan en Expiación.
“Y así, sus respectivas posturas, que encontrarían expresión pública en las semanas y meses venideros, y que luego serían perseguidas como demonios en privado durante muchos años, quedaron establecidas en esos momentos junto al lago, con la certeza de Briony aumentando cada vez que su prima parecía dudar”, escribe McEwan en la novela. “Ya en la semana siguiente, la superficie brillante de la convicción no estaba exenta de imperfecciones y grietas. Siempre que era consciente de ellos, lo cual no era frecuente, volvía, con una leve sensación de vértigo en el estómago, a la comprensión de que lo que sabía no se basaba literalmente, o no solo, en lo visible. No eran simplemente sus ojos los que le decían la verdad”.
Seguramente has visto más de una película de la dupla argentina compuesta por Gastón Duprat y Mariano Cohn. Casi su filmografía completa está dedicada a las maldades humanas de distinto calibre. El ejemplo más evidente es El encargado, la serie con Guillermo Francella como Eliseo, ese conserje nefasto en todas las dimensiones del término. Pero es más interesante lo que pasa en El ciudadano ilustre (está en Disney+). Oscar Martínez es Daniel Mantovani, un escritor ganador del Premio Nobel que reside en Europa y reniega abiertamente de su pueblo natal, Salas. Cuando lo invitan para nombrarlo ciudadano ilustre, acepta volver, vaya uno a saber por qué. Tal vez para regodearse en el presente de un poblado que se quedó en el pasado, para divertirse con la falta de fineza y el conformismo de sus habitantes sin mundo, para sentirse magnánimo por haberse rebajado a pisar de nuevo esos pocos kilómetros cuadrados.
El problema es que, a veces, esos pequeños actos de crueldad encubierta, acumulados, se hacen ver y, potenciados por la envidia y alguna otra de esas emociones oscuras que aquejan a veces a nuestra especie, disparan la venganza. Y ahí aparece otro malo, que sube la apuesta. Porque hay personas, dice Michelson, que no son malas, pero tienen la capacidad de hacer malas a otras personas. El infierno que le hacen vivir a Mantovani es inversamente proporcional al tamaño del pueblo, como dice el refrán.
Oscar Martínez, Dady Brieva y Andrea Frigerio en El ciudadano ilustre.
Michelson, la psicoanalista chilena, sigue ahondando en los pequeños gestos de maldad. En lo difícil que es advertirlos, a veces. “Lo que todos reconocen no es exactamente la pequeña traición. Es más difícil de señalar. Algo que no tiene la crueldad explícita de la canallada ni la obviedad de la maldad, sino esa zona intermedia donde una persona actúa dentro de lo posible, dentro, incluso, de lo razonable, y, sin embargo, algo queda en el aire que no se puede nombrar ni cobrar ni procesar. Y lo enigmático es que todos lo olvidan. Sistemáticamente. (...) Es extraño. Como si hubiera un acuerdo tácito, de millones de años de adaptación, de no mirar ahí. Porque mirar ahí es demasiado cerca”.
Hasta aquí, esto. Lo que sigue es otra cosa.
Nada es sagrado
Un señor de lentecitos, inofensivo, recibe a sus clientes en su consultorio de la calle 48 en la ciudad de La Plata. Pone música clásica antes de pedirles que abran la boca; dice que así se relajan, pierden el miedo. Cuando es la hora de almorzar, el dentista Ricardo Barreda sube a su casa para comer con sus hijas, su esposa y su suegra. Nadie diría que un día cargaría la escopeta que le regalaron una Navidad para salir de caza y descargaría nueve cartuchos matándolas a todas.
Cuando no hay nada sagrado, no existen ni los límites primarios.
La masacre de Barreda dejó a la Argentina en shock cuando fue titular de los diarios y acaparó los informativos en noviembre de 1992. Pero tan sorprendente como eso, y tan alarmante, fue que la población no formó un solo bando. El abogado defensor de Barreda buscaba desesperadamente una estrategia, algo que atenuara la monstruosidad de los crímenes, así que le pedía que hablara, que le explicara sus motivos. Y en una de las declaraciones, apareció: Barreda dijo sentirse menospreciado, subvalorado, irrespetado, pisoteado por las cuatro mujeres de la casa, que hacían y deshacían como si él no existiera. Que lo usaban de chofer, fue uno de los argumentos; que lo trataban como el sirviente. Y a falta de otros móviles, el abogado tomó este, el único, y se aferró a él con uñas y dientes. Y entonces el país se dividió. Barreda pasó a tener hinchada, lo esperaban afuera del juzgado y le mostraban apoyo; el varón oprimido se había liberado. El caso se convirtió en un fenómeno sociológico por la alarmante mitificación del cuádruple femicidio por parte de la sociedad. Llegaron a hacer una estampita con su cara insertada en medio del halo santo.
El caso de Barreda volvió al candelero por el estreno de la película que lleva por título el apellido (está en Prime Video). Luis Machín encarna a Barreda y logra transmitir esa frialdad pasmosa. Carla Peterson interpreta a su esposa, Gladys McDonald; Mercedes Morán a su suegra, Elena Arreche; y a las hijas, Adriana y Cecilia, Margarita Páez (hija de Fito y Cristina Ricci) y Maite Lanata.
Luis Machín como Ricardo Barreda.
Todas las escenas que transcurren en el interior y el exterior del hogar de la familia se filmaron en Montevideo, en la casona blanca ubicada en la esquina de José Ellauri y José Martí, conocida como Casa Perotti por su característico estilo arquitectónico. Esta:
Barreda nunca mostró arrepentimiento. Y pese a ser diagnosticado con psicopatía, lo consideraron imputable y fue condenado a cadena perpetua (aunque no la cumplió, porque le dieron libertad condicional 15 años después). ¿Te cuento algo más? Estando preso recibió más de 600 cartas, muchas de ellas de mujeres. Salió de la cárcel con novia.
¿Se acuerdan de Antes que el diablo sepa que estás muerto? Se estrenó en 2007. El título de esta película de Sidney Lumet se inspira en el dicho irlandés: May you be in heaven a full half hour before the devil knows you're dead (Que estés en el cielo media hora antes de que el diablo se entere de que has muerto). El sentido sería este: apurate para no cruzarte con el diablo cuando te mueras, para que no pueda juzgarte por tus pecados y logres llegar al cielo.
Ethan Hawke y Philip Seymour Hoffman interpretan a dos hermanos con problemas de dinero que se ponen de acuerdo para asaltar la joyería de sus propios padres. Pero algo sale muy mal y el padre de la familia (Albert Finney) está dispuesto a ir hasta el final para dar con los culpables, sin sospechar que son sus hijos. No la encontré en plataformas, pero se puede ver completa doblada al español en YouTube.
Esta que dejé para el final es un clásico. Estoy hablando de Fargo, de los hermanos Joel y Ethan Coen. Si hablamos de atrocidades familiares, cuando la maldad se queda puertas adentro, no podía faltar. Te la resumo por si no la viste (pero te recomiendo que la veas, está en Prime Video). Lo que sucede acá es que a un hombre (interpretado por William H. Macy), desesperado por saldar unas deudas que contrajo a escondidas de su familia, no se le ocurre mejor idea que encargar a dos matones que secuestren a su esposa. Según el plan en su cabeza, su suegro millonario pagará un rescate cuantioso por su hija, ella volverá a casa sana y salva, y él se repartirá el dinero con los secuestradores. Pero, una vez más, nada sale como está previsto.
Lo mejor de la película es Frances McDormand (que ganó su primer Oscar por esta actuación) como la jefa de policía embarazada Marge Gunderson. Es astutísima y no le tiene miedo a nada. Pero lo que más amedrenta a los criminales de Fargo, en Dakota del Norte, y más los desconcierta es su despiadada bondad.
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Antes de despedirme, quiero recomendarte algunas lecturas de Galería. Martina Pérez Barriola escribió sobre la poeta Mary Oliver a propósito de un precioso documental sobre su vida; y, si querés conocer más a fondo a la cantante Luana, que será la primera mujer uruguaya en presentarse en el Antel Arena, podés hacerlo en esta entrevista de Federica Ham.