Para Machín, la experiencia de Montevideo Sonoro ha sido muy gratificante desde el día uno: "Desde que salimos a la calle, cuando aún era medio anónimo el proyecto, siempre recibimos muy buena onda. Cuando fuimos a recortar el primer stencil que usamos para las intervenciones, la empresa que tenía una máquina que recortaba el acetato no nos cobró porque le contamos la idea y se coparon. Siempre fue medio así. Después, cuando hicimos público el proyecto, a través del mapa web, también recibimos una gran cantidad de buena onda. Ahora, después de haber sembrado la semilla y regado la planta tengo la sensación de estar cosechando".
El cofundador de Montevideo sonoro dice que siempre estuvo "a medio camino" entre la comunicación y la gestión cultural y que eso se plasma a cabalidad en esta idea. "Nunca me sentí muy periodista, no lo soy del todo, y cuando hice gestión cultural siempre tuve una mirada desde la comunicación. Todos los proyectos en los que he trabajado tengo el mismo interés por la divulgación, y obviamente por la música uruguaya, pero también me interesa el patrimonio y la identidad. En este, más allá de la cantidad de gente, está buenísimo todo lo que pasa, cómo se va la gente contenta, lo que se escribe en las redes, los correos que nos mandan, las preguntas que nos hacen por el nombre de una canción o del autor, gente que nos cuenta que quedó recolgada con un tema. Cada vez que ocurre lo grito como un gol, esa es la idea de la que partimos, que esto sea una puerta de entrada a la música uruguaya”.
En esta entrevista, Dopico contó a Búsqueda sus sensaciones como integrante de esta valiosa intervención urbana que, al parecer, llegó para quedarse.
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Marcela Martínez
—¿Cómo llegaste a Montevideo Sonoro?
—El primer acercamiento fue periodístico. Siempre me resultó muy interesante el trabajo que Machín y Bentancor habían desarrollado con el territorio, no solo a partir de la publicación del libro Montevideo sonoro, sino desde el comienzo, siguiendo los rastros marcados por los muros de la ciudad. Casafúa unió las piezas fundamentales. En previo acuerdo con Machín, me contactó en enero de 2024 para guiar esta experiencia y diseñar juntos el recorrido y el repertorio.
—¿Cuál es tu vínculo geográfico-musical personal con Montevideo? ¿Por dónde caminabas escuchando música y qué música escuchabas?
—Mi vínculo musical es universal, sin dudas, pero desde siempre he tenido una fuerte relación con la creación local y el cancionero nacional. En la ciudad siento claramente significativa la huella musical concentrada en Barrio Sur y Palermo, impregnada de resistencia cultural. Caminar y escuchar música es algo que hago desde mi adolescencia. Comencé con mixtapes, selecciones que preparaba en forma muy artesanal, copiando casetes prestados o haciendo pesquisas de emisiones radiales y de las que aún conservo por decenas. Había de todo, desde Deep Purple a Black Sabbath pasando por Jethro Tull, INXS, The Clash o los Pistols, y por supuesto, también Los Estómagos, Zero, el Darno o Jaime Roos. El walkman me acompañaba en distintos trayectos, por mi barrio, el Prado, rumbo al este, camino a la facultad e incluso en las largas travesías hasta Katmandú en Punta Gorda o Zorba de Solymar.
—¿Como empezó el trabajo de diseño y curaduría de los recorridos?
—El primer insumo fue el trabajo de Daniel y Gabriel, pero de inmediato notamos la coincidencia con varias de las canciones sobre las que había profundizado en (el ciclo televisivo) La púa de colección y sistematizado en (el libro) Hoy como ayer. Anécdotas de la música uruguaya 1968-2004 (publicado en 2022). Esa sinergia nos permitió darle mayor cuerpo al relato, con anecdotario y contexto de cada canción. Sentí que podía aportar experiencias propias, más allá de la conducción en vivo de cada paseo.
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Montevideo Sonoro en Playa Honda, en el recorrido por Malvín
Javier Alfonso
—¿Cómo operó tu experiencia en radio y televisión?
—Operó esa experiencia y también la escénica. Estar al frente de un centenar de personas y mantener la atención por más de hora y media de generaciones tan distintas es un desafío que disfruto en cada instancia.
—¿Cómo fue el armado de la primera edición, por Ciudad Vieja?
—Fue muy natural y coincidente entre los tres, procesando el duelo de dejar fuera gran cantidad de canciones referentes al barrio, porque sencillamente teníamos que dar sentido a un trayecto, y plantear un recorte, una muestra de ese territorio. La Ciudad Vieja, así como otros espacios de la ciudad, tiene un enorme caudal de canciones. Nuestra propuesta es solo una mirada. Es uno de los tantos recorridos posibles con repertorios distintos de un mismo barrio. Es increíble la capacidad que hemos desarrollado desde que estamos con esta experiencia en relación con la escucha de nuevas publicaciones. El tamiz auditivo sobre la georreferenciación se impone ante cada nuevo tema que escuchamos. Por ejemplo, el nuevo trabajo de Garo Arakelian está plagado de referencias.
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Montevideo Sonoro en el Molino de Pérez, edición Malvín
Javier Alfonso
—El vínculo entre la canción y el barrio o la calle es muy diverso. O bien lo menciona expresamente, el músico vivió allí o la canción fue compuesta en ese lugar…
—Tiene múltiples perspectivas; parte del asunto es justamente poner todas en juego: desde las que hacen referencia completa al lugar a las que tan solo mencionan una esquina; las que narran un trayecto concreto por el barrio o las que observan el horizonte desde ese punto de la ciudad. Parte del texto de la canción debe hacer referencia a calles, edificios o personajes, no basta con que su autor o compositora hayan nacido en el lugar si no lo mencionan. La riqueza de la experiencia está en conjugar esas referencias en un hilo narrativo en el que se despliega la historia del barrio, su conformación poblacional y, por supuesto, su huella musical.
—En Barrio Sur partieron de una enorme masa de canciones. ¿Cómo lo armaron?
—Es imposible abarcarlo todo. Muchas veces hay una superposición temática, o una sobrecarga de canciones ancladas en pocos metros y debemos elegir. Barrio Sur es una cantera inagotable, un barrio con una concentración cultural notable. La curaduría tiene que ver con la narrativa. De qué manera las canciones nos permiten establecer el relato.
—¿Cómo juegan la relevancia cultural, la popularidad, lo anecdótico y sus gustos personales?
—Todo está en juego, siempre, no podemos obviar los grandes referentes de la canción, pero tampoco conformamos el repertorio de grandes nombres. Parte de la búsqueda es sorprender, que puedas conocer nuevas voces, descubrir piezas ignotas o inesperadas, y también puedas cantar “esa que sabemos todos”.
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Montevideo Sonoro en el Barrio Sur
Javier Alfonso
—¿Qué le ocurre a la gente cuando camina por el sitio donde nacieron las canciones que está escuchando?
—Ahí está la magia, donde ocurre la experiencia inmersiva que proponemos con Domo Silent. Escuchar una canción entendiendo su contexto histórico o la perspectiva de su composición, en el propio espacio físico, genera un efecto 3D. Sumado a eso está el vínculo emocional que cada oyente tiene con la canción. Muchas veces logramos coincidir con el momento del día o la noche en que está narrada la canción, cuando “se cruza el que va al laburo con el que sale del cabaret”, como dice Roberto Darvin en Calle Yacaré. También con el momento del año: “Pleno sol en abril, tibieza en el aire, domingo de tarde”, como canta Sara Sabah, o “un 19 de abril, por 19 de Abril” como reza Jaime en Laraira.
—En junio armaron una edición especial de la memoria, por 18 de Julio. ¿Qué sensaciones te dejó?
—Fue una experiencia muy conmovedora. Sucedió por encargo de la Secretaría de Derechos Humanos para el Pasado Reciente. Fue una dinámica diferente, guiada por la serie de acontecimientos que habían tenido lugar en el pasado reciente en el trayecto planteado: secuestros, detenciones, atentados, represiones y manifestaciones. Desde la explanada de la Udelar hasta la plaza Fabini seguimos el rastro de las huellas, los sitios y los puntos de la memoria. Fue tan solo una muestra sensible de lo que ocurrió en distintos puntos del país. La curaduría fue pertinente al relato: canciones de resistencia tanto del canto popular como de la escena rockera, canciones que mencionan a los desaparecidos, otras que hablan de los secuestros de las infancias, otras que recuerdan la búsqueda incansable de madres y familiares, incluyendo también la mirada de niños que sufrieron el exilio y de las nuevas generaciones. Es un circuito que no comercializamos, pero que está latente para reeditarse si nos vuelven a convocar.
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Sebastián Casafúa y Carlos Dopico en Montevideo Sonoro
Marcela Martínez
—En el parque Rodó la fila de gente rodea el lago. ¿Qué otras imágenes tenés en tu retina?
—Esa imagen, así como el enorme ruedo del Patio Andaluz son momentos exquisitos de ese recorrido. Hay otros, como la bajada de varias personas a la playa Honda, el ruedo espontáneo en la peatonal Sarandí; la contemplación del Mediomundo, la llegada a la rambla y Durazno en Barrio Sur, el pasaje por el Rosedal o el arribo al monumento de La diligencia, en el Prado.
—Ahora estrenan la edición Palermo. ¿Una edición rival y hermana de la de Barrio Sur?
—Comparte la génesis barrial, una vez que con la excusa de la construcción de la rambla se desplazó a la comunidad afrodescendiente y migrante que habitaba el bajo de la ciudadela, y luego nuevamente se la desalojó en la dictadura. Jaime hizo esa disección notable en aquel verso de Durazno y Convención. Este recorrido permitirá también entender otro de los toques madres del candombe, Ansina.
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Montevideo Sonoro en el parque Rodó
Javier Alfonso
—¿Qué otros recorridos se vienen y qué futuro le ves al proyecto?
—Ojalá tenga continuidad, hasta ahora disfrutamos verdaderamente de esta experiencia autogestiva y artesanal. Creo que como comunidad nos hace muy bien saber de dónde venimos, cuál es la historia de los espacios que habitamos, así como resignificar canciones y ni que hablar recuperar artistas que por una u otra razón han entrado en el olvido. Queremos atender la mayor cantidad posible de barrios en la ciudad. Tenemos ganas de ir hacia el Cerro, el Buceo, la Mondiola, Jacinto Vera, Villa Muñoz y tantos rincones más de Montevideo.
—Te imaginás un Treinta y Tres, un Paysandú o un Cabo Polonio Sonoro?
—Claro que lo imaginamos, de hecho ya han sido parte de diversas charlas o propuestas. Pero vamos poco a poco, con respeto, rigor y total convencimiento.