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Casi zombis: cuando los muertos vuelven al escenario
Los conciertos que reviven a los artistas muertos, ¿serán cada vez más perfectos y masivos o el público se cansará de aplaudir hologramas y se irá a escuchar vinilos a su casa?; sobre este tema trata Algo que quiero contarte, newsletter de temas culturales
Holograma de Joi (Ana de Armas), personaje de Blade Runner 2049.
En 2012 el rapero y actor Tupac Amaru Shakur, también conocido como 2Pac, estuvo en el Festival de Coachella, en el desierto de California, en un show de los raperos Snoop Dogg y Dr. Dre. Pero 2Pac había muerto en 1996 a los 25 años debido a las heridas que sufrió en un tiroteo contra su coche. Su aparición —nunca tan bien empleada la palabra— en el festival se hizo mediante una versión optimizada del Pepper’s Ghost (Fantasma de Pepper), una técnica creada en el siglo XIX por John Henry Pepper que se aplicó sobre todo en teatro para crear la apariencia de un fantasma o figura translúcida.
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En 2014 un holograma de Michael Jackson, quien murió en 2009, estuvo en el escenario de los Billboard Music Awards en Las Vegas. Vestido de dorado y con el estado físico de sus mejores épocas, cantó y bailó, con su moonwalk incluido, mientras sonaba Slave to the Rhythm, uno de los temas de su álbum póstumo. Sorpresa, entusiasmo y cierto escalofrío reinó en ese momento entre el público presente.
Embed - Michael Jackson "resucita" en forma de holograma en los premios Billboard
En 2018, un holograma de la soprano María Callas, quien murió en París en 1977, inició una gira que comenzó en Sacramento, Estados Unidos, siguió por Dallas, viajó a Buenos Aires, cruzó el océano y llegó a Londres, París, Bruselas, Zúrich, Hamburgo y Madrid. El holograma de la diva se presentaba acompañado por una orquesta en vivo (con músicos reales, no fantasmales).
Embed - Maria Callas The Hologram Tour en Cule - Habanera
En 2022, los integrantes del grupo sueco ABBA, que están todos vivos, volvieron a ser jóvenes. En el concierto ABBA Voyage, por medio de avatares animados, aparecieron en el escenario con el aspecto que tenían cuando hicieron bailar a la reina Silvia de Suecia con Dancing Queen.
En marzo de 2026 habrá un concierto de Soda Stereo con los músicos vivos de la banda y con Gustavo Cerati, que murió en 2014, como un avatar digital creado mediante captura de movimiento, la misma técnica que se usó con ABBA. El recital se llamará Ecos, se hará en el Movistar Arena de Buenos Aires y ya tiene cinco funciones agotadas.
¿Qué edad tendrá Cerati en su avatar? ¿Lucirá como a los 50 años cuando se desplomó en su último recital o será el joven de fines de los años 80 que conquistó Latinoamérica? ¿Cómo se verá al lado de sus compañeros de banda Zeta Bosio (67), Charly Alberti (62) que han envejecido?
No es nuevo querer revivir a quienes fueron ídolos muy queridos por el público. Se ha hecho con videos que proyectan en el escenario al cantante muerto que se une a otros en homenajes o conciertos tributo, y lo han hecho durante años los imitadores de artistas como Elvis Presley o Freddie Mercury, que se han mimetizado con sus movimientos, gestos y vestimenta. El resultado suele ser un poco ridículo, un poco triste, pero en esa imperfección está lo humano.
En general sus figuras se reviven jóvenes o en los momentos de su mayor brillo, tal vez porque los espectadores quieren regresar a su juventud, a la época en que bailaron con sus temas, los vieron en vivo, en la tele o en el póster de su cuarto. Y detener el tiempo es una aspiración muy humana, aunque también peligrosa. “¡Detente, instante, eres tan bello!”, dice el Fausto de Goethe, y su deseo es la condición para que Mefistófeles compre su alma.
Hoy con la inteligencia artificial se puede detener el tiempo en el momento justo que indican los empresarios de espectáculos, los creadores de hologramas y avatares, los herederos de los artistas exitosos o quienes decidan que ahora los conciertos son “por acá”. Y sin duda tendrán éxito porque la tecnología cada vez se acerca más a la perfección y a la ilusión de tener al artista de nuevo. Pero hay algo inquietante, incluso morboso, en revivir a los muertos. No en vano, el Fantasma de Pepper se usó también en las casas de terror de los parques de diversiones.
¿Es un despliegue de tecnología o un verdadero homenaje a los artistas? ¿Los conciertos serán cada vez más perfectos y masivos o el público se cansará de aplaudir hologramas y se irá a escuchar vinilos a su casa?
Mi nombre es Silvana Tanzi y esta es una nueva entrega de Algo que quiero contarte,newsletter de temas culturales. Si querés escribirme con tus sugerencias o comentarios, podés hacerlo a [email protected].
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Hace unos días, una amiga me contó que fue a ver a la Rural del Prado la exposición Van Gogh. El sueño inmersivo. Me dijo que no le entusiasmó y mucho menos le emocionó, y que le pareció más para niños que para adultos. Nos quedamos hablando de la moda de lo “inmersivo” y de la “experiencia sensorial y envolvente” que se está dando en varios lugares, como si estar tomando un café o mirando un cuadro necesitara que alguien le agregue “algo más” para que realmente se sienta una verdadera experiencia.
Pienso por ejemplo en La noche estrellada y no necesito que nadie la haga girar porque Van Gogh ya lo hizo. Alcanza con mirar detenidamente su cuadro. Pero esto me pasa a mí, que me siento un bicho raro frente al éxito de público que tienen estas propuestas. Aún se puede ver porque ha ido tanta gente que extendieron los días de exhibición. A lo mejor fuiste y querés contarme cómo fue tu experiencia.
Mi amiga también me contó que en una sala de la exposición aparece el holograma de Van Gogh, que habla por unos minutos de sus obras y desaparece. “Es la mitad del cuerpo”, dijo medio tentada porque asoció la falta de oreja con la falta de piernas. No le pregunté qué edad tendría Van Gogh en el holograma.
Entonces pensé en este asunto de los muertos que vuelven al escenario como “seres de luz”, enteros o a medias. No llegan a ser los zombis de las películas porque no vienen a alimentarse de los vivos (eso espero), pero tienen algo espectral que no termina de gustarme. Me acordé entonces de uno de los cuentos más escalofriantes incluidos en Crónicas marcianas, de Ray Bradbury.
cronicas marcianas
Se llama La tercera expedición y es la historia de una tripulación que va hacia Marte después de que las otras dos expediciones desaparecieron sin dar señales. Al llegar, los hombres al mando del capitán Black se encuentran con un pueblito idéntico al que ellos vivieron y reconocen sus casas de las que salen a recibirlos miembros queridos de su familia que estaban muertos. Los tripulantes terminan cenando y durmiendo en sus hogares de la infancia, pero el capitán comienza a sospechar que los marcianos les tendieron una trampa y se pregunta: “¿Si construyeron un pueblo hipnótico y lo llenaron de nuestros muertos amados porque saben que no hay mejor forma de volvernos débiles y vulnerables?”.
El final es aterrador porque débiles y vulnerables los tripulantes terminan asesinados por quienes tienen el rostro de sus seres amados. Inteligentes los marcianos; inteligente Bradbury y su poderosa literatura.
Lo que no vuelve
El futuro siempre es algo tenebroso para las obras de ciencia ficción. Tal vez haya alguna novela o película luminosa que se me escapa, pero en general las grandes obras del género han combinado un porvenir de alto desarrollo tecnológico con la infelicidad o la destrucción. Y algo de lo pronosticado por estos genios literarios o cinematográficos se va cumpliendo.
Más escalofriante que el cuento de Bradbury, por su cercanía a la realidad que hoy vivimos, es Be Right Back, uno de los capítulos de la serie Black Mirror. La protagonista es Martha, una joven cuyo novio, Ash, muere en un accidente de auto. La soledad y el vacío por la pérdida la llevan a seguir el consejo de una amiga: utilizar una aplicación que permite, a través de los datos que recoge de las redes sociales, mantener una relación virtual con Ash, primero por mensajes escritos, después por la voz.
Embed - Black Mirror
Pero el asunto no queda ahí porque sucede algo que la hace desear la compañía presencial de Ash. Entonces Martha se suscribe a un servicio que está en fase experimental y accede a que le envíen una réplica de su pareja. Alimentado con la información que de él se guarda en “la nube”, este sustituto (¿replicante?) de Ash responde como él, es idéntico físicamente, le da conversación, compañía y placer sexual, incluso mejor que el original. Martha tiene la ilusión de estar de nuevo con su novio. Pero al poco tiempo se da cuenta de que es solo eso, una ilusión, de que convive con un robot programado que sigue sus instrucciones y, lo peor, es un robot que no quiere morir. Tal vez esa es su única muestra de libertad.
Hay algo de Ash que no ha regresado con el muñeco perfecto: su verdadera interioridad, su poder de decisión y de creatividad. Y lo más aterrador: la réplica de Ash seguirá “viva” con su figura joven y fuerte, mientras Martha irá envejeciendo hasta su muerte.
Un paso más avanzado se muestra en Blade Runner 2049 (una secuela de la original de 1982), con un replicante (Ryan Gosling) fabricado para cazar viejos replicantes clandestinos. Él convive con un holograma (Ana de Armas) que es una bella mujer, producto de Wallace Croporation, quien se encarga de crear recuerdos de experiencias no vividas. “Si uno tiene recuerdos auténticos, tiene respuestas humanas reales”, dice. Es sabia la mujer-holograma porque entiende que para distinguir un recuerdo real de uno implantado hay que fijarse en las emociones.
Embed - BLADE RUNNER 2049 | Nuevo trailer subtitulado (HD)
¿Miedo al futuro?
Regreso a los conciertos que reviven a los artistas muertos y pienso, justamente, en las emociones que pueden despertar en las personas que asisten. Sin dudas son auténticas porque escuchan las canciones que en algún momento de su vida las conmovieron; además las comparten con miles de asistentes en un estadio y en un espectáculo que debe de ser asombroso. El clima colectivo aumenta la emoción, el estar ahí, aunque el verdadero músico no lo esté.
¿Cuánto durará esta experiencia artificial, cada vez más tersa en lo musical y en lo visual? ¿Se sustituirá por esos lentes de realidad aumentada que “transportan” a la persona a un estadio, un baile o una playa sin moverse de la casa? ¿Ir a ver una obra de teatro o un pequeño recital con artistas vivos y reales se volverá parte de una lucha por mantener el contacto humano? Cualquier respuesta sería pura especulación, pero todo me produce intriga y también inquietud.
Son preguntas que no se han hecho los productores de espectáculos como el de ABBA Voyage que lo difundieron como “un concierto de 90 minutos en el que ABBA realmente está ahí, pero en la mejor versión de sí mismos”. Bueno, pobres los cuatro integrantes que aún están vivos y piensan que su mejor versión es un holograma.
No iría a ver el espectáculo de Soda Stereo, por más que fue la banda sonora de mi juventud. Sé que me tendría que motivar la curiosidad periodística, sentir la reacción de la gente y lo que logra la tecnología. Pero creo que me superaría la sensación de estar inmersa en una mentira y que regresaría más triste que contenta a mi casa si llegara a escuchar el “¡Gracias totales!”. Me pregunto, además, qué pensaría Cerati sobre este concierto con su avatar, holograma o lo que sea que lo vaya a revivir.
El comunicado oficial de Ecos dice así: “No es un tributo, no es un homenaje, no es una película ni un recital con invitados. Es un show en vivo: Soda=Vanguardia”. Me hizo acordar a la famosa presentación de la historieta: “¿Es un pájaro? ¿Es un avión? ¡No, es Superman!”. La diferencia es que Superman solo existió en la ficción, por eso podemos verlo reproducido una y otra vez joven y atlético sin que nos perturbe.
El capitán Black del cuento de Bradbury se preguntaba si los marcianos al revivir a los seres queridos de la tripulación habían vuelto débiles a sus integrantes. Tal vez eso pasó siempre al ver la foto de un familiar o un video, al sentir el mismo aroma de la casa de la infancia o una canción que nos recuerda un momento de nuestra vida. La nostalgia nos vuelve más frágiles y vulnerables.
Pero una cosa es la nostalgia asociada al pasado, otra cosa es el miedo al futuro, a que nos conviertan en una réplica de lo que fuimos. Y encima sin poder cantar ni llenar estadios.