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Estuve pensando por dónde comenzar a escribir esta newsletter. Tal vez lo más fácil hubiera sido con un alegato por la paz a través de un estudio de sus símbolos: la paloma blanca con una rama de olivo en su pico o la bandera blanca o el círculo con las tres líneas en su interior con forma de pata de ave. Pero, como a la paloma la bajan de un chumbazo en la primera oportunidad, el círculo con la pata de ave se convirtió en un logo hippie para remeras y materas y la bandera blanca está cada vez más embarrada, preferí elegir a los artistas que representaron la guerra y no la paz. Sus obras, que muestran el horror, la crueldad o el absurdo, son un verdadero llamado antibelicista.
“Se muere con un melancólico fastidio”
Voy a empezar por casa. En 1935 hubo una serie de levantamientos revolucionarios en todo el territorio uruguayo contra la dictadura de Gabriel Terra, que había dado un autogolpe de Estado dos años antes. Entre otros nombres, a este enfrentamiento se lo llamó la Revolución de los Nueve Días, porque eso duró: comenzó el 26 de enero y terminó el 4 de febrero, con la derrota de los sublevados, que eran de todos los partidos políticos de entonces. Entre ellos, estuvo el gran escritor maragato Francisco Paco Espínola, quien luchó en el combate de Paso Morlán.
El 11 de febrero, ya detenido, le escribió una carta al filósofo Carlos Vaz Ferreira que es una verdadera pieza literaria. La encontré en un número de la revista Capítulo Oriental destinada a Paco, que está en el valioso archivo Anáforas. Aquí te dejo un fragmento en el que cuenta la inutilidad del viejo rifle Remington que le habían dado para pelear, y del que no salían las balas, y sus reflexiones en la trinchera:
¿Qué se piensa cuando se está así, impotente en el suelo, sintiendo picar las balas alrededor, o pasar silbando ‘finito’? Poco. Y todo dentro de una terrible soledad. No hay madre, padre, mujer querida. Eso se hunde en un abismo sin fondo. Exactamente, lo que experimentaba era una infinita melancolía. Aquella batallita, aquel trasto inútil… Había puesto delante de mí el remington, para preservarme un poco la cara. Pero lo deslicé a un lado por no verlo, ya que eso me producía una sensación de comicidad que me desolaba. La muerte allí, en aquel lugar, se me aparecía de una manera difícil de expresar; tal —valiéndome de la comparación más aproximada que encuentro—, tal como lo que sentiría quien supiera que lo obligaban a no bañarse nunca más en la vida. Una desgracia así, achicante, miserable. Y solo, solo, solo. Desgarrado. Frío. Algo de lo que yo había presentido (algo no, exactamente lo mismo) para la segunda crucifixión de Jesús. Qué tremenda intuición, don Carlos, ¿eh? Se muere con un melancólico fastidio.
Creo que estas palabras de Paco hacen eco en cualquier guerra. Todo combatiente muere con “un melancólico fastidio” porque sabe que la guerra no se define solo en las trincheras.
Me recuerda la novela 1984, del escritor y periodista George Orwell, cuyo verdadero nombre era Eric Arthur Blair, y aquella frase machacona de la dictadura de Oceanía, territorio de su historia: “Oceanía estaba en guerra con Eurasia: por lo tanto, Oceanía siempre había estado en guerra con Eurasia”, repite el Partido, liderado por el Gran Hermano. Pero Winston Smith, el protagonista de la novela, sabe que Oceanía había estado aliada con Eurasia cuatro años antes de la guerra, aunque esa alianza no constaba en ningún libro, en ningún documento, entonces la mentira estaba pasando a ser la historia. “El que controla el pasado, controla también el futuro. El que controla el presente, controla el pasado”, decía el eslogan del Partido.
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“No hables de las pequeñeces”
Leí a Svetlana Alexiévich gracias a que ganó el Premio Nobel de Literatura en 2015. Fue la primera escritora de no ficción en ganarlo en un siglo. Realmente me deslumbró su obra periodística, que es monumental. A lo mejor viste la serie Chernobyl, que se basa en su libro Voces de Chernóbil, sobre la explosión en la central nuclear de aquella ciudad, sus consecuencias y la burocracia soviética para resolver los efectos de aquella tragedia.
Alexiévich nació en Bielorrusia en 1948 y sus libros estuvieron censurados durante décadas por los soviéticos. Así ocurrió con La guerra no tiene rostro de mujer, para el que entrevistó a 100 mujeres que habían peleado por la Unión Soviética en la II Guerra Mundial. Se calcula que fueron casi 1 millón las que se alistaron en esas filas, pero sus historias nunca habían sido contadas. Algunas eran casi adolescentes cuando huyeron de sus casas con el romanticismo de defender la patria. Fueron enfermeras, cocineras, francotiradoras, amantes de sus superiores, violadas por sus camaradas.
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Las editoriales no querían publicar este libro porque Alexiévich no estaba contando la guerra correcta. “En ocasiones me devolvían el texto que yo les enviaba para que leyeran con una nota: ‘No hables de las pequeñeces. Escribe sobre nuestra Gran Victoria’. Pero las ‘pequeñeces’ son para mí lo más importante, son la calidez y la claridad de la vida: el flequillo que dejan tras cortar la trenza, las ollas de campaña llenas de sopa y gachas humeantes que nadie comerá porque de las cien persona que fueron a combate solo han regresado siete…”.
El estilo narrativo de Alexiévich es muy particular porque se organiza en testimonios. Una tras otra se suceden las voces de sus entrevistadas, con muy pocas intervenciones de la autora. El resultado es un canto coral que recoge la oralidad de los relatos.
Aquí, algunos de ellos:
- Una francotiradora: Solo recuerdo lo que me ocurrió a mí. Recuerdo mi guerra. En la guerra hay mucha gente a tu alrededor, pero siempre estás sola, porque ante la muerte el ser humano siempre está solo. Recuerdo esa terrible soledad.
- Una soldado-adolescente: De la guerra no recuerdo ni gatos, ni perros. Solo recuerdo ratas. Ratas grandes. Con unos ojos de color amarillo y azul (…). Me tocó una unidad a las afueras de Stalingrado. Entré a la ‘choza de chicas’ y me sorprendió descubrir que dentro no había nada (…). Dejé mi mochila y salí. Cuando regresé media hora más tarde, ya no encontré la mochila (…). Resulta que las ratas se la habían jalado en un instante (…). Ni en la película más terrorífica he visto algo como las ratas abandonando la ciudad antes de los ataques aéreos.
- Una tiradora de metralla: Usted es escritora. Invéntese algo. Algo bonito. Sin parásitos ni suciedad, sin vómitos… Sin olor a vodka y a sangre… Algo no tan terrible como la vida.
- Svetlana Alexiévich: Reflexiono sobre el sufrimiento, que es el grado superior de información, el que está en conexión directa con el misterio. El misterio de la vida. La literatura rusa en su totalidad habla de esto. Se ha escrito más sobre el sufrimiento que sobre el amor.
Las madres de Käthe
La artista alemana Käthe Kollwitz, igual que Alexiévich, decía que su deber era darle voz al sufrimiento. Y ella sabía de lo que hablaba. Perdió a sus hermanos y a sus hijos en la I Guerra Mundial, después ella y su marido fueron capturados por los nazis. Sobrevivió hasta apenas unos días antes de terminada la II Guerra Mundial.
En Siete xilografías sobre la guerra, serie realizada entre 1920 y 1925, dejó plasmadas las consecuencias de los conflictos bélicos en la población, sobre todo en las mujeres que quedan solas a cargo de sus hijos. En Las madres, las mujeres se fusionan en un abrazo que intenta ser protector, mientras sus hijos miran con ojos desconcertados.
No importa con qué guerra asocies esta imagen. Siempre estamos en tiempos de guerra.
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El absurdo y ¿el humor?
A veces el absurdo es la mejor herramienta para contar la guerra. Así lo hizo el gran escritor y periodista italiano Dino Buzzati en su novela El desierto de los tártaros (1940), con la que se hizo famoso. Giovanni Drogo es un joven oficial recién salido de la academia militar. Está lleno de esperanzas de gloria, sin embargo, lo envían a su primer destino, que en principio no huele a gloria: la fortaleza Bastiani.
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El puesto fronterizo era antiguamente la primera contención para el ataque de los tártaros que atravesaban el desierto, pero en el presente de la novela ya ha quedado obsoleto. El joven Drogo piensa estar unos meses, pero el tiempo pasa y pasa y pasa y no pasa nada. No hay ataques, ni lucha ni defensa ni mucho menos gloria.
Y de nuevo la soledad, en esta “no guerra” kafkiana, y las reflexiones del personaje: “Poco a poco la confianza se debilitaba. Es difícil creer en algo cuando uno está solo y no puede hablar de ello con nadie. Precisamente en esa época Drogo se dio cuenta de que los hombres, por mucho que se quisieran, siempre permanecen alejados; si uno sufre, el dolor es completamente suyo, ningún otro puede tomar para sí ni una mínima parte; si uno sufre, no por eso los otros sienten el daño, aunque el amor sea grande, y eso provoca la soledad en la vida”.
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Stanley Kubrick decidió filmar la pesadilla de la guerra nuclear en tono de comedia. Fue una apuesta arriesgada que se llamó Doctor Insólito. Cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la bomba (1964), que tiene al maravilloso Peter Sellers como protagonista en tres papeles. Un general de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos da la orden, sin la autorización del presidente, de bombardear sus respectivos objetivos en la Unión Soviética, con la esperanza de que el presidente ordene un ataque a gran escala al no encontrar otra opción. Se trata de una sátira sobre la guerra fría, la crisis de los misiles bajo la administración Kennedy, la locura militar y la exhibición de fuerza, que en la película toma forma fálica. Aquello de quién la tiene más grande funciona muy bien.
Fue filmada en blanco y negro, con momentos en la penumbra. Negro es el humor de Kubrick, tanto o más reflexivo que un cuadro realista.
El horror, el horror
Cuántas películas, textos, imágenes ha dejado la guerra de Vietnam, ¿verdad? Si tuviera que elegir una película, me quedo con la brutal Apocalypse now (1979) de Francis Ford Coppola, una adaptación de El corazón de las tinieblas (1899) de Joseph Conrad, que cuenta otra travesía, pero la misma esencia de la locura. “El horror tiene rostro, el horror y el terror moral han de ser amigos, si no, se hacen enemigos”, dice el coronel Kurtz, interpretado por un Marlon Brando que mete miedo.
Si tuviera que elegir un libro sería Los ejércitos de la noche, de Norman Mailer, el excelente periodista estadounidense que participó en la marcha sobre el Pentágono el 21 de octubre de 1967, junto con hippies y yuppies, cristianos y cuáqueros y estrellas de la cultura de la época, en protesta contra la guerra de Vietnam. La marcha fue reprimida, los palos cayeron también sobre Mailer y él escribió una crónica descarnada sobre los años 60, la política, las contradicciones y los demonios de su país. Esta novela de no ficción ganó el Pulitzer y el National Book Award.
Si tuviera que elegir una fotografía, me quedo con El terror de la guerra, más conocida como La niña del napalm.
Fue tomada por Nick Ut, fotógrafo de Associated Press, que en ese momento tenía 21 años. La capturó en las afueras de la aldea de Trang Bang el 8 de junio de 1972, sobre la que el ejército estadounidense había lanzado napalm. Una niña llamada Kim Phuc sintió tanto ardor en su cuerpo que se sacó a tirones la ropa y salió corriendo por la ruta con otros niños. La foto grita su miedo y su dolor. Después de sacar la foto, Ut ayudó a los niños, y Kim salvó su vida. Pasó 14 meses en hospitales sometida a cirugías y durante años sintió rechazo por esa foto.
Recién cuando Canadá le concedió asilo político en 1992, pudo escribir un libro sobre su experiencia y fundó la Kim Foundation International, organización que ayuda a los niños de la guerra. Además se pudo amigar con la fotografía y también con Ut, quien recibió en 1973 el premio Pulitzer por la imagen que la tiene como protagonista.
El fuego, el aire, el agua
En el origen la guerra fue por el fuego, o por lo menos así se contó en la película La guerra del fuego (Jean-Jacques Annaud,1981), basada en una novela de 1911. Es un despliegue de expresividad visual con personajes que se comunican con sonidos guturales para defender o robar el fuego, que es el poder.
Embed - La guerre du feu (1981). Trailer. Subtitulado al español.
¿Seguirá habiendo guerras en el futuro? ¿Serán con hologramas porque ya no quedarán seres humanos contra quienes pelear? Cuando se acaben el petróleo y el gas, cuando los territorios estratégicos estén aniquilados, cuando las creencias religiosas o las ideologías ya hayan sometido a la humanidad, ¿será el agua el otro elemento a conquistar? Tal vez la respuesta la tengan los artistas.
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Antes de despedirme, te recomiendo una nota de Pablo Staricco sobre la reconstrucción de un edificio en Dolores para proyectar películas uruguayas, y además el lunes 21 se cumple el centenario de Osiris Rodríguez Castillos, con algunos homenajes, ninguno oficial.