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    El escritor mexicano Amaury Colmenares presenta su novela ‘Acequia’ en la Feria Internacional del Libro de Montevideo

    Nacido en Ciudad de México en 1986, pero residente en Cuernavaca desde hace 30 años, Colmenares ganó con su novela el I Premio Hispanoamericano de Narrativa Las Yubartas, que otorgan 10 editoriales independientes hispanoamericanas

    El escritor ya tiene una respuesta para darles a quienes le preguntan qué significa su nombre.“Dice mi madre que es portugués y que significa ‘trabajador’. Pero no es cierto. Un maestro de griego me dijo que era la derivación de ‘oscuro’; otra persona me dijo que es parecido al kanji japonés que significa ‘melón bailarín’. Entonces, según mis investigaciones, sería ‘el trabajador oscuro melón bailarín’”, explica Amaury Colmenares y se ríe. Lo cierto es que su nombre bien podría ser el de algún personaje de Acequia (HUM, 2024), novela que ganó el I Premio Hispanoamericano de Narrativa Las Yubartas, en su primera edición de 2024. Nacido en Ciudad de México en 1986, Colmenares se mudó a Cuernavaca cuando era un adolescente. Y en esa ciudad de “la eterna primavera”, se desarrolla la historia de su novela. En realidad no es una sola historia, sino más de una decena que se van contando en forma fragmentaria, como si fueran varias conversaciones que empiezan y se pierden, pero después vuelven a aparecer y a encontrarse. Lejos de confundir, esta original estructura invita al fluir continuo de la narración, como el agua de una acequia. Y, además, tiene humor, un lenguaje coloquial muy mexicano, personajes “medio punks, medio anarquistas” y realidades a veces absurdas y a veces tan pesadillescas que no parecen realidades. De paso por la Feria Internacional del Libro, donde este jueves 2 a las 20 presenta su novela, Colmenares conversó con Búsqueda.

    —Para otorgar el premio Las Yubartas se unieron varias editoriales pequeñas hispanoamericanas. ¿Cuál te parece su importancia?

    —Es un premio interesante porque lo otorgan 10 editoriales independientes, lo cual quiere decir que son 10 proyectos llenos de corazón y vocación. Las editoriales grandes en general tienen proyectos empresariales mucho más dirigidos hacia la ganancia económica, lo cual está bien, y obviamente que también les importa lo literario. Pero para las editoriales independientes, el motor es la vocación. En cada uno de sus países mantienen comunidades afectivas con las librerías locales, con los clubes de lectura, con el resto de las editoriales. Eso es lo importante del premio.

    —El epígrafe de tu novela, de Georges Perec, hace mención al armado de un puzzle. ¿Por eso lo elegiste?

    —Más que por la referencia al rompecabezas, lo elegí por mi idea de que todos los fragmentos se retroalimentaran y todas las historias, que son unas 11, corrieran en paralelo. Me gustaba que quien leyera pudiera ir armando los vacíos por pura deducción. Me parece que un elemento importante del arte es la sugerencia, lo que no está dicho, porque permite que la mayor parte de la experiencia ocurra en la imaginación, incluso de manera involuntaria. Quería que la novela requiriera concentración y atención, pero no mucho más. Como escritor cuidé tener claro cuáles eran los conflictos y soluciones de cada historia y nunca perderlos de vista.

    —Ese fluir de la narración es como el fluir del agua en una acequia…

    —Claro, la acequia es un sistema de riego, y digamos que lo que corre por los canales de la novela es la imaginación de quien lee.

    —También corren las conversaciones de los personajes…

    —Es la experiencia de una ciudad pequeña. Tú llegas a una ciudad y no conoces a nadie, no sabes nada, ves lugares inconexos. A lo mejor, ves algo que te llama la atención y quieres volver a verlo porque es algo importante para el lugar. Quería que la novela fuera así, que la gente llegara como de visita, que leyera algo y pensara que no se volvería a mencionar, pero se lo vuelve a encontrar y así se va armando el sentido de lo que ocurre.

    Conversación en La Catedral, de Mario Vargas Llosa, comienza con la pregunta “¿en qué momento se había jodido el Perú?”. Te pregunto, ¿en qué momento se jodió Cuernavaca?

    —Yo nací en Ciudad de México, pero cuando tenía 11 o 12 años, hace casi 30, me mudé a Cuernavaca y, en ese momento, había una sensación de que la ciudad había tenido su época de esplendor, pero que ya no era así. Después, en 2009 hubo un estallido de la violencia del narcotráfico y marcó un antes y un después. La ciudad se perdió por completo, hasta entonces tenía mucho turismo, era muy inocente, diría que ilusa. Con la llegada del narcotráfico, Estados Unidos lanzó una alerta, una recomendación de no visitarla. A partir de ahí, entró en decadencia. La novela la empecé a escribir en 2003 y la terminé en 2023. Ahí se fue acumulando ese registro de degradación.

    acequia-portada-Estuario-editora_HUM

    —Hay un personaje, Altaflores, que fue un gran humorista, pero está muy amargado y no quiere hacer reír más, pero dice grandes verdades. ¿Cómo surgió?

    —Fue de los primeros personajes en manifestarse en el proceso de escritura. Al principio la novela eran retazos de impresiones, de anotaciones. De pronto venían a mí imágenes o escenas, y una de las primeras fue una llamada telefónica. Era de madrugada y a alguien lo llaman por teléfono. Cuando atiende, un hombre lo amenaza de muerte porque no quiere que use sus chistes. Lo escribí y me gustó mucho. Me pregunté quién llama a otra persona para que no use sus chistes. Y pensé en un tipo que había sido tan buen comediante que sus chistes se quedaron en el inconsciente colectivo. Fui descubriendo que estaba amargado y empecé a escribir reflexiones sobre el humor, pero me di cuenta de que eran reflexiones del personaje. Altaflores se amargó, en parte, porque hizo reír al papa, entonces, pensó que había llegado a su máximo logro. ¿A quién más iba a hacer reír?

    —Estamos en un momento difícil para hacer humor…

    —Si te das cuenta, ya no hay tantas películas taquilleras o grandes producciones de humor. Hubo un momento en el que desapareció la comedia del cine, y eso me pareció una señal del clima general de la civilización globalizada actual. Hay algo con el humor que se puso muy filosófico, discursivo. Ves a los comediantes gringos y dicen cosas serias, reflexivas. Yo prefiero que un comediante me haga reír.

    —Junto al humor, hay escenas pesadillescas como la de los turistas que se pierden y creen que siempre regresan al mismo hotel del que se fueron. ¿Es una metáfora de Cuernavaca?

    —Es otra forma de abordar lo fragmentario. Las pesadillas suelen ser muy repetitivas. Cuando estás teniendo una, estás a punto de liberarte de algo y te das cuenta de que no podrás, no sabes cuándo va a terminar. Es la amenaza de lo permanente, eso es lo que lo convierte en pesadillesco. Por otro lado, esa historia en específico tiene que ver con una saga de películas mexicanas muy estúpidas que se llamaban La risa en vacaciones. Las hacían en Acapulco, un destino turístico, con filmaciones de una cámara escondida. Eran bromas crueles, absurdas, de mal gusto. Por ejemplo, alguien entraba a un baño a hacer sus necesidades, se abría una pared y del otro lado estaba el público aplaudiendo. En la novela está esa idea, la historia de alguien que quiere filmar a estas personas perdidas y ver hasta dónde llega su desesperación.

    —También se pone en cuestión dónde está lo real, dónde están las certezas…

    —Cada personaje tiene su propia realidad y la vive de manera muy abierta, eso genera que quien lee vea esas posibles realidades “sobrenaturales”. La civilización occidental siente una gran ansiedad frente a todo lo que se escapa de lo establecido. Pero hay otras maneras de pensar, como la de los pueblos originarios, que viven el presente de manera más rica. Si se les aparece un fantasma, dialogan, no se ponen a pensar si están alucinando o si es real. La civilización occidental tiene mucha resistencia a lo extraordinario. Incluso si a las personas les pasa algo extraordinario, piensan que están locas y se van a querer medicar antes que aceptarlo. Esto lo veo todo el tiempo en mi vida cotidiana, me sorprende lo mucho que las personas se niegan a abrirse, no digo a fantasmas, sino al presente, sin imponer tanto su modo de pensar.

    —Otra pesadilla es la historia de Timoteo, el niño que desaparece en un túnel. ¿Sacaste esa historia de las noticias?

    —En México hay algunas leyendas en torno a lugares en los que se supone que la gente ha bajado al subsuelo y han salido 30 años después, pero con la misma edad. En específico en Cuernavaca, varias personas de distinto contexto me han dicho, ya no como leyenda, sino como testimonio, que tuvieron familiares que se metieron en cuevas o túneles que hay en algunas barrancas. Está la creencia de que en el centro de la ciudad los indígenas y españoles construyeron túneles para conectar edificios. Hay todo un tema no explorado y no muy trabajado que tiene que ver con el tiempo y esos túneles. Luego salió la serie Dark, que más o menos va de lo mismo. Me dio mucho coraje porque había estado escribiendo la novela antes y una amiga cuando la leyó me dijo: “¡Ah, es como Dark!”. Timoteo es el personaje central. Quería que con su historia la novela se fuera hacia un lugar muy oscuro y que quien la leyera creyera que el perro se había comido al niño, pero que sintiera alivio cuando el niño aparece. Me parece que su final es feliz, aunque después se convierte en un ser extraño con una percepción trastocada del tiempo.

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    Amaury Colmenares.

    Amaury Colmenares.

    —Hay algunas menciones al cine, por ejemplo, al de David Lynch. ¿Cuánto influye el cine en tu literatura?

    —Me gusta el cine en la dimensión narrativa. Me interesa saber cómo un director resuelve que se entienda una película a pesar de tener una estructura alterada. En general consumo cine. Cuando era más joven me gustaba ver películas de cine-arte, pero ahora no tanto. David Lynch es mi favorito porque genera realidades alternas que puedes comprender aunque nunca entiendas racionalmente qué está pasando. Te quedas ahí, imbuido en el ambiente.

    —En la novela aparecen muchos nombres de vírgenes. ¿Es una ciudad muy religiosa?

    —El final ocurre en Luminaria, una ciudad que inventé para crear allí otras historias, pero en Cuernavaca ocurren muchas cosas con la virgen. A veces los vecinos la ponen en las esquinas para que la gente no tire basura. Eso sí sucede en la realidad. De pronto ves en la ciudad que la gente hace un altar y los demás dejan de tirar basura. Siento que tiene que ver con lo más esencial de la religión, es moralidad pura. La otra cosa es que en la Catedral de Cuernavaca, que es de los edificios más antiguos del continente, hace unos 50 años remodelaron el altar principal y, atrás de ese altar, encontraron escondida una figura de Tonantzin, la diosa prehispánica. A los indígenas los obligaban a ir a rezarle a Cristo, pero ellos sabían que detrás estaba la Tonantzin y que le estaban rezando a su diosa. Me parece una metáfora no solo de la colonización, sino del inconsciente colectivo, de lo que está oculto en nosotros mismos.

    —¿Mejoró Cuernavaca desde que te bañabas, de niño, en una alberca que parecía un minipantano?

    —Yo veo mejor la ciudad. Tuvimos un gobierno que fue horrible, el de un futbolista asqueroso que se llamó Cuauhtémoc Blanco, denunciado por corrupto y por asociación con narcos. Después vino un cambio de gobierno y la ciudad está mejor. La gente después de la pandemia retomó los negocios y ya sabe que no regresará el turismo. La ciudad se está reconfigurando para ser autosustentable. Veo mejoras. Mucha gente que lee la novela me dice que quiere conocer Cuernavaca y le digo: espérate un poquito, espérate un par de años.

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