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    En ‘El buen mal’, Samanta Schweblin enaltece lo raro

    El nuevo libro de cuentos de la autora de Siete casas vacías y Distancia de rescate conquista la atención de los lectores y rompe con lo convencional

    Una mujer se sumerge bajo el agua e intenta no respirar. Las piedras que cuelgan de su cintura pesan, pero no cumplen del todo su función. Pasan tres, cinco, quién sabe cuántos minutos y la muerte no llega.

    Así empieza El buen mal (Random House, 2025), el nuevo libro de cuentos de Samanta Schweblin. La reconocida autora argentina vuelve al género tras haber publicado en 2018 Kentukis, su segunda novela. Además, Schweblin fue finalista del Booker International en 2014 por la novela Distancia de rescate (llevada al cine en 2021 por Claudia Llosa) y ganadora del premio Narrativa Breve Ribera del Duero y del National Book Award en 2015 por Siete casas vacías.

    Los seis relatos que componen este libro comparten un grado de tensión que es inminente y seductor, que reclama la atención del lector y la consigue con facilidad. El buen mal explora lo que solemos entender como “normalidad” y se pregunta cuánto hay de cierto en esta construcción social que rige nuestras vidas. En poco más de 180 páginas conviven animales muertos que se aparecen ante sus dueños, un teléfono fijo que suena cada noche y enfrenta a un hombre al silencio, dos hermanas que irrumpen en la casa de una poeta haciéndose pasar por la inspiración, una mujer que carga con la culpa de querer morir, una anciana que pide dinero para el transporte dentro de un geriátrico y un niño que quiere ser caballo.

    En El ojo en la garganta, el cuento más largo del libro, un niño debe acostumbrarse a vivir con una traqueotomía que le imposibilita el habla. Después de un accidente, padres e hijo deben reaprender a comunicarse. En Un animal fabuloso una mujer llama por teléfono a otra que vive a un continente de distancia. Se está por morir y quiere que alguien le hable de su hijo. Podría decirse que los cuentos de El buen mal son, en buena medida, cuentos sobre la distancia. Quienes están cerca parecen habitar en mundos aparte y a quienes están lejos los acerca la memoria.

    “En los cuentos de Samanta, la realidad permanece siempre cerca de una frontera a punto de resquebrajarse”, dice la periodista y escritora Hinde Pomeraniec en Vidas prestadas, un podcast que originalmente era un programa emitido por la radio pública argentina. Lo que es capaz de romper esa frontera es justamente lo que la autora llama “el buen mal”: una fuerza que pone en crisis todos los acuerdos comunes y las convenciones que construyen rutinas. Para Schweblin, es esa fuerza la que provoca cambios y acaba por determinar que las personas tomen unas u otras decisiones. Esa irrupción, presente en todos los relatos de forma más o menos sutil, es la columna vertebral del libro. La sensación que esta tensión constante causa en quien lee el libro es similar a la que experimenta una de las niñas que protagoniza uno de sus cuentos cada vez que ve asomarse una ola y grita: “¡Viene!”.

    “La normalidad es nuestra ficción más efectiva”, comenta Schweblin en una entrevista con Página 12. La autora piensa que no hay realidad en la normalidad, más bien hay una serie de pactos acordados. Ese es otro de los ejes centrales de sus cuentos: el afán por desnudar la vulnerabilidad que está oculta detrás de lo normativo y hacer espacio para la perturbación. El ejemplo más claro de esta búsqueda está, quizás, en La mujer de Atlántida, el penúltimo cuento del libro, en el que dos hermanas visitan por las noches a una mujer que vive en el balneario donde pasan sus vacaciones de verano, a la que conocen como “la poeta”. Los encuentros solo se dan en la noche, cuando nadie está pendiente de ellas y deberían estar durmiendo. En las visitas, mientras se hacen pasar por “la inspiración” y ordenan la casa en las penumbras, las niñas intentan comprender quién es esa mujer y por qué vive como vive.

    “Siempre me sentí un bicho raro y traté de entender qué les pasaba a otros obsesionados con pertenecer a la mayor de las ficciones que tenemos, que es la idea de la normalidad”, dijo Schweblin en una reciente entrevista con Infobae. A la escritora argentina le obsesiona lo raro y lo pone en el centro de su nuevo libro. Así lo anticipa el epígrafe, con una frase atribuida a la escritora argentina Silvina Ocampo: “Lo raro siempre es más cierto”.

    Jugar de a dos

    Otra de las grandes obsesiones de Schweblin es el lector. Qué siente y cómo lo siente. Decía la escritora estadounidense Úrsula Le Guin: “Los lectores perezosos quieren escritores dominantes. Desean que el escritor haga todo el trabajo mientras ellos se lo quedan mirando”. Para la escritora argentina, el autor no juega solo a la literatura. “La literatura es presencial”, dice, “ y es un evento de a dos”.

    Schweblin piensa que hay que darle espacio al lector para que construya, junto con el escritor, la obra. Puede que por eso sus descripciones no se ocupen tanto de espacios físicos, paisajes o lugares concretos. En sus textos, la descripción se ocupa de las acciones y los movimientos de los personajes. Con su escritura, más que ambientes, construye atmósferas emotivas.

    A la autora le gusta sentirse en control de sus historias. Schweblin trabaja sus textos con la intención, o más bien la ilusión, de anticipar el circuito lector. Su foco está puesto en las emociones de quien lee y en trabajar para que aparezcan de una manera y en un momento determinado. Su preocupación no radica tanto en la trama o la forma, sino en el modo en el que se perciben las historias al leerlas. Esto abre espacio a una gran libertad.

    “Yo soy una miedosa radical. A todo le tengo terror, pero lo hago todo igual. Pero lo hago si puedo anticipar cuánto me va a doler y dónde y cómo”, dijo en una entrevista con la periodista argentina Eugenia Zicavo. Para la escritora, la literatura es un lugar de práctica en el cual el lector puede ensayar cómo actuarían sus emociones ante situaciones hipotéticas. Por eso busca que sus textos duelan, para que sean un lugar en el que el lector pueda ensayar el dolor.

    Decía Schweblin que uno de sus miedos más grandes era quedarse sin cosas que escribir. Esa posibilidad la aterraba. “¿Y si un día no tengo más historias que contar?”, pensaba. Para la suerte de sus seguidores, ese momento no ha llegado y parecería estar lejos de ocurrir. El buen mal marca el regreso de una de las autoras latinoamericanas con mayor proyección internacional y cumple con creces las expectativas sembradas durante los años en los que estuvo sin publicar. Ojalá sea, también, la primera de muchas veces en las que escritora y lectores se vuelvan a encontrar.

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