En su conversación con Búsqueda, Biscayart evita ser etiquetado como “camaleón” o “actor internacional” y sostiene que no se siente parte de ningún lugar en particular ni busca pertenecer. Para él, su trayectoria no es tanto un desafío a las fronteras como una búsqueda constante del amor en el arte. Afirma que la verdad en el cine no surge de la pureza, sino de la “artificialidad tramposa” que lo caracteriza. En ese terreno híbrido, entre lo concreto y lo irracional, asegura que emerge lo inesperado, lo mágico: una especie de locura que describe como una sensibilidad aguda, despierta y rebelde, donde se permite el error y se abren puertas a lo desconocido, como bien puede definirse a El jockey.
—Me viene mucho la palabra intimidad. Como si hubiéramos vivido un viaje muy íntimo, no en un sentido introspectivo, sino en el tejido grupal, cuando logramos un espacio sensible común donde las voces individuales dejan de ser patrimonio de pocos y se expanden. El artista que es Luis (Ortega) tiene mucho que ver con esto. El material con el que trabaja es muy personal, y él es muy libre al hacer sus películas; siento que es un gran tejedor de situaciones. Este rodaje fue un tour de force, porque lo que me tocaba a mí era intenso, pero lo que les tocaba a los demás también, dado el nivel de complejidad de la película. Sacó lo mejor de todos, y estuvimos casi fuera del espacio y del tiempo. Que ahora la película se estrene y logre tocar los corazones, como algo más físico que apreciativo, es para eso que hago lo que hago. Siento que esos resultados surgen cuando el proceso tuvo un lugar de intimidad profunda, amor y locura. Estos tres elementos dan cuerpo a la obra.
—Luis Ortega te ha descrito como un “loco” en varias entrevistas. ¿Cómo influye su vínculo contigo en la creación de esta película, especialmente con el papel de Remo que tenía en mente para vos?
—Por ahí dice que estoy loco porque él está loco, así que inevitablemente yo entro también en su locura. Si hago una película relacionada con otras energías, también soy esas energías. Para mí, tiene más que ver con la reacción. Me gusta pensarme como irresuelto, disuelto, deforme; todos esos adjetivos son buenos para pensar el arte, o la actuación en mi caso. La locura tiene ese lugar liberador y, a la hora de trabajar, es muy importante que las locuras se pongan en diálogo y no tanto las ideas. Con Luis es la única persona con la que trabajé más de una vez; hemos trabajado tres veces, de hecho, y desde el primer día ese canal está abierto. Obviamente, hay evolución en todo vínculo, pero hay un entusiasmo casi infantil y primario desde que nos conocemos. Podemos no vernos por un montón de años, pero me manda un guion, yo lo leo y entiendo con el cuerpo en qué lugar está parado y qué preguntas se está haciendo. Intento ser un medio para explayar esas preguntas, no mucho más.
—¿Te ocurrió eso cuando te acercó el proyecto?
—Me pasa siempre con Luis. Yo filmaría sin leer el guion, porque no me importa si está mejor o peor; Luis te propone una experiencia. Detiene la realidad mortífera en la que vivimos para dar lugar a un sueño lúcido. Y sí quiero vivir así, y si me invitan a esas experiencias, no lo dudo un segundo. Siento que con él estamos volviéndonos mejores, a fuerza de practicar. Antes hacíamos cosas muy pequeñas, hechas por cinco personas, y ahora tenemos más caramelos y fantasías, porque contamos con un mayor presupuesto. Sin embargo, ese núcleo creativo ha permanecido intacto. Hemos transformado eso en un empoderamiento que no nos ha reducido ni apagado nuestro fuego. Eso es un aprendizaje, porque también puedes ahogarte en las estructuras de producción y en la abundancia de recursos. Pero como les digo a los inversores: si quieren mucha ganancia, tienen que arriesgar. Siento que ha habido esa confianza, y creo que ahora, con la película, la están comprobando. Es una película que sale del esquema y convoca al público. Para mí, eso es un lindo síntoma: podemos hacer algo personal e íntimo que pueda atraer a un amplio público. Queremos fantasear despiertos, pero estamos apagados por las narrativas reinantes y por un sistema donde lo único valioso es lo seguro.
—¿Cómo se construyó estéticamente el personaje de Remo, desde tu interpretación corporal hasta el vestuario y otros elementos visuales que lo acompañan?
—No hubo una construcción, eso es lo que pasa. Uno ve una película y cree que hay mucha fabricación, pero no es un proceso de escritorio. Es una constelación de cosas presentes. Sin revelar la cocina, hay un entrenamiento específico para montar, que es muy diferente; en el caso del jockey, el culo no toca la montura, así que estás como flotando. En el andar de un jockey, las piernas, que son supercortas, parecen mucho más largas de lo que son, pero la práctica inevitablemente configura el comportamiento. Es más sobre la experiencia de cabalgar, sentir el dolor en ciertos músculos y cómo se abre la cadera. Después, las inspiraciones y referencias también influyen. Luis me dijo que era medio como un Pity Álvarez, así que escuché todo un podcast sobre él. Además, el vestuario es tremendo, todo satinado, con botas de charol, medio sintéticas, que ya tienen un aire tanguero y un toque de elfo. Me inspiro en lo que se me presenta; no busco más lejos. Yo tomo, tomo, tomo y esa composición no depende de mí. Me dejo impregnar. Luego vienen el sudor, el maquillaje y esa pupila dilatada, que a algunos les recuerda a Bowie. Las ideas con Luis nunca se anteponen.
Embed - EL JOCKEY una película de Luis Ortega
—¿Cómo trabajás la expresión de tus ojos en una película. ¿Tenés un vínculo particular con la mirada en tu actuación?
—Bueno, son gigantes, ¿qué querés que haga? (risas). Uno es en relación con lo que le dan. Son cosas que uno tiene y que te configuran. No llego al set con esa conciencia. No sé si ahí está mi fuerza, pero si me preguntás algo más íntimo, siempre pienso en retirar la mirada. No hay una intención asociada a un síntoma; al contrario, hay miles de sensaciones y estímulos problemáticos que inevitablemente se traducen en un síntoma, porque un personaje también es un actor en problemas. Es un cuerpo intentando habitar, provocar, generar, olvidarse, accidentarse, definir y brillar; es un caldo que está ahí. Respecto a los ojos, sé que son muy grandes y que si los abro mucho puede ser demasiado en la pantalla, pero a veces no. Llevar la mirada hacia atrás implica dejarla ser habitada por otras cosas y no explicar con ella. Que los ojos no sean una indicación de algo interno, sino el resultado de un pensamiento o una experiencia, una sensación.
—¿Cómo fue tu experiencia trabajando con Úrsula Corberó, Daniel Fanego y el resto del elenco en El jockey, y qué podés contarnos sobre la colaboración entre ustedes?
—Fue espectacular. La familia que se ve en la película es como un gran personaje dividido en miles, con la dirección de los rayos. Remo representa a todos, y a mí me tocó un rol que constantemente tenía relaciones bilaterales con esos mundos. Luis es un capo armando el elenco, así que cada día era un descubrimiento. Estaba con la sensible Mariana Di Girolamo, el chamán Daniel Giménez Cacho, la muñeca Adriana Aguirre; todo era un viaje lisérgico. No podemos dejar afuera a Úrsula, que se va a poner mal si no la nombramos. Ella trae consigo sus miedos y el showbusiness, lo cual es genial porque, al final, todo habla con todo si lo incorporás. Para mí, todo es una fuente de inspiración; cuando estás ahí, tenés que enamorarte de todo.
—¿Qué sensaciones te provocan los cierres de rodaje y esos momentos finales del proceso?
—En mis primeros rodajes, solía volver a casa y llorar durante 10 horas porque sentía un duelo al no volver a vivir esa experiencia. Cuando los rodajes salen bien, deseás más. Soltar puede ser un duelo. En el caso de El jockey fue diferente porque viví tantas experiencias diversas en la película que ya tenía ejercitado el músculo del duelo. No había un sentido de propiedad con el personaje; sentía que vivía y no vivía, se desarmaba y se transformaba. Durante el rodaje, trabajé en esa relación con la identidad. Entonces, cuando terminó la película, fue como listo, chau, pum, se hizo. Con Luis, el trabajo es muy artesanal, y las cosas se terminan porque el tiempo lo decide, pero si no, no se acabarían nunca. Tener conciencia de que se va a terminar es como tener conciencia de la muerte. Te conecta mucho con el momento presente; estás aquí y ahora.
—Esta película en particular ¿te ha llevado a reflexionar o dialogar sobre tu identidad como argentino o sobre el concepto de argentinidad en general?
—Nunca, por suerte. No me inscribo ni ahí ni en ningún lugar. Con la práctica, digo que no me convocan la nacionalidad ni las identidades; no me interesa. Así como no soy fanático de nadie, no me interesa lo que fije una idea de pertenencia. Pero hay una tendencia a ubicarse en cierta internacionalidad, quizás para comprender tu obra o tu trabajo. Se dice: “Él es un actor internacional que...”, y se usan múltiples fronteras para describirte y por dónde te movés. Pero eso no es algo que controles; simplemente es lo que dicen de ti.
Embed - Discurso de Nahuel Pérez Biscayart en San Sebastián
—Al recibir el premio de El jockey a la Mejor película latinoamericana en San Sebastián, mencionaste que el gobierno argentino “está empecinado en un plan de destrucción de la cultura nacional”. ¿Qué repercusión tuvieron tus palabras?
—Yo no hago un gesto pensando en el resultado que va a traer. Hay cosas que configuran ese gesto. Creo que estuve muy conectado con mis colegas, mi país y mi industria, y con el Festival de San Sebastián, que nos apoya mucho. Todo eso estuvo presente cuando fui a buscar el premio. No estuve ni 15 horas en San Sebastián, pero había un sentido en ese viaje. No estaba recibiendo un premio a mejor actor, sino en nombre de la película. Inevitablemente, todas esas voces se ponen en diálogo y se cristalizan en un discurso que no es solo mío, sino que va más allá. Lo que dije fue completamente sincero; no tuve ninguna intervención. Creo que hay que abrir el espacio para que todos podamos expresarnos, pero no desde el odio, sino desde la reflexión.