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    sábado 13 de julio de 2024

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    Iván Solarich dirige 'Camino a Kafka', de Sandra Massera, en la Biblioteca Nacional

    La obra, que conmemora el centenario de la muerte del escritor checo, recrea su última noche, rodeado de sus personajes

    La acción sucede en el Hospital de Kierling, en las afueras de Viena, la víspera del 3 de junio de 1924. Es la última noche de Franz Kafka. Rodeado de su familia y amigos, el escritor agoniza. Lo que vemos es lo que su mente afiebrada imagina en sus últimas horas. Un centenar de espectadores ingresan en las noches invernales a la Biblioteca Nacional, y durante una hora y media deambulan por los salones y pasillos del viejo y noble edificio y a la vez por una constelación de personajes que habitaron la vida y los relatos del gran literato checo. Cuando se cumplen exactamente 100 años de su muerte, una obra teatral llamada Camino a Kafka evoca la vida y la obra del autor de La metamorfosis.

    Sandra Massera e Iván Solarich comparten la pasión por bucear en la historia del arte, de la literatura y de las ideas. Además de esta obra, que va de jueves a domingos a las 20.30 h (entradas a $ 600 en redtickets.uy), están en cartel en estos días otras dos creaciones de la dramaturga montevideana de temática similar, y ambas son unipersonales: en la Alianza está Las madres del monstruo, sobre Mary Wollstonecraft y su hija Mary Shelley, con Noelia Campo, y en Alejandría, una pequeña y coqueta sala del Cordón, Claudia Rossi protagoniza Antonina la repudiada, que cuenta la historia de la esposa de Chaikovski.

    Massera entregó su texto a Solarich varios años atrás y el director se tomó su tiempo para versionarlo y crear un espectáculo que cuenta, como todos los que dirige, con su propia impronta dramatúrgica, fruto de un extenso proceso de investigación psicológica y actoral, realizado en conjunto con el elenco. La voz principal es la de Massera, por supuesto, pero Solarich imprime su habitual visión política, por ejemplo, en el prólogo, que tiene lugar en el hall de la Biblioteca, cuando los espectadores que esperan tomando un café se ven sorprendidos por una pantalla que se enciende y proyecta imágenes actuales de guerras y conflictos armados, en clara alusión a esa predicción icónica que hizo Kafka del nazismo que se cernía sobre Europa, cuando advirtió sobre el peligro del ascenso al poder de Hitler, al que alude como “ese pintor”.

    La mayor parte de la acción escénica transcurre en la sala Julio Castro, donde habitualmente se realizan las presentaciones de libros y otras actividades. La puesta en escena también lleva al público a la gran sala de lectura y a los recintos administrativos en los que los usuarios de la bicentenaria institución solicitan los libros que van a leer. Allí, entre los mostradores, pupitres y los enormes ficheros que aún contienen los miles y miles de cartoncitos con la información básica de cada tomo, mecanografiada. Si bien los espectadores permanecen todo el tiempo en la planta baja, algunos personajes actúan desde los pisos superiores, donde están los grandes estantes que almacenan los volúmenes.

    Kafka.jpg

    Es preciso señalar que esta es una propuesta mayormente despojada de realismo, comenzando por el propio Kafka, interpretado por Alejandro Sosa, un actor rapado que evita adrede cualquier parecido físico con la imagen de ese flaco desgarbado que conocemos de las fotos. Pero, además, este Kafka que está casi todo el tiempo postrado en una camilla de hospital —único elemento realista de la puesta— habla con una energía que no es propia de un moribundo. Recorre los principales hitos de su vida y su obra literaria con un poderoso impulso vital, diametralmente opuesto a las condiciones de un paciente terminal. Queda claro que Solarich no quiere saber de nada con el naturalismo para contar esta historia.

    Donde sí se plasmó un criterio realista es en los rubros de diseño, con notorio destaque para el notable vestuario de Magalí Gugliotta y la ambientación sonora de Diego Mutiuzabal, que incluye una escena musical en vivo que reconstruye un pasaje del cuento Comunidad.

    El elenco está mayormente compuesto por el mismo grupo de jóvenes intérpretes que había trabajado con el director en La tierra baldía, una puesta basada en textos de T. S. Eliot y Brecht. Una charla entre Massera y Solarich, cuando la dramaturga fue a ver aquella obra montada en 2020, derivó en Kafka. La autora cedió su texto al director... y el resultado es el asunto de esta nota.

    La mitad del reparto corresponde al entorno cercano de Kafka. Su amigo Max Brod, responsable de la publicación de varias de sus obras, es interpretado por Claudio López Lemos. Su exnovia Felice Bauer es María Eugenia Margalef Dotti. También están Dora Diamant, su novia (Florencia González Dávila), su hermana Ottilie (Maia Cayrús), su madre Julie (Analía Troche) y su padre Hermann (Vital Menéndez).

    La otra mitad del elenco tiene a su cargo animar algunos de los personajes que se abalanzan con reclamos sobre su creador y no lo dejan en paz ni siquiera cuando está dejando este mundo: Josefina, del cuento Josefina la cantora, es Candelaria Acosta; el Oficial de En la colonia penitenciaria es Mateo Uriel; Joaquín Álvez encarna al Gerente de La metamorfosis; Maite Guerrero es el Guardián de Ante la ley; Mariano Solarich compone a Josef K, de El proceso, y Tomás de Urquiza Quiroga es Peter el Rojo, el mono de Informe para una academia, que encarna Marcos Valls en su unipersonal Mono, en cartel recurrentemente desde 2022.

    El umbral entre la vida y la muerte y una profunda exploración en ese errático concepto que se le atribuye a determinada situación o sentimiento como kafkiano definen el eje conceptual de esta pieza sobre la que conviene no revelar mayores detalles. Kafka y sus fantasmas seguirán en cartel hasta el sábado 13 de julio.