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Ver Mátate, amor no es una experiencia placentera, ni pretende serlo. Desde el primer plano, un encuadre que sitúa al espectador en el interior de una derruida casa rural en Montana, la cineasta Lynne Ramsay anuncia una claustrofobia inminente. Habrá dos confinamientos unidos entre sí. Uno es físico, en ese lugar, principal locación de la película. El otro, el más desafiante, es el encierro figurado dentro de la mente de Grace, una mujer cuyo mundo se desmorona con una lentitud más digna del invierno que congela un paisaje que del calor opresivo del relato. Una mudanza, el nacimiento de un hijo y la erosión de su matrimonio son los detonantes de una crisis absoluta para la protagonista interpretada por Jennifer Lawrence.
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Esta es la traducción cinematográfica de Ariana Harwicz, una autora argentina cuya obra se caracteriza por su intensidad. Ramsay, cineasta escocesa cuyas películas pueden ser laberintos donde el sonido y la emoción pesan más que la trama, encontró en la novela Matate, amor —de reciente reedición en Anagrama con una portada alusiva a la película y un título que conserva en su imperativo sin tilde la argentinidad— el material perfecto para su regreso tras casi una década, luego de You Were Never Really Here (2017), película que no llegó a los cines uruguayos.
Más allá de ser una adaptación, el proyecto funciona como un relevo entre tres artistas dispuestas a transitar por los límites de la cordura, la creación y la identidad femenina. Un triángulo creativo donde la feroz prosa de una de ellas, la lente implacable de la otra y el cuerpo entregado de la tercera se reúnen bajo un nuevo caos.
Harwicz, nacida en Buenos Aires y residente en la campiña francesa desde 2007, escribe a partir de la urgencia. Su narrativa, descrita por el crítico Gabriel Sosa como “una suerte de prosa poética feroz hasta lo animal, un chaparrón de lamentos, sarcasmo, sensualidad y desprecio”, funciona como un monólogo interior despiadado. En una entrevista con Búsqueda, la autora definió los pilares de su obra así: “Lo que acecha todos los libros es la maternidad, la familia, la teatralidad de los lazos familiares filiales, la extranjería”.
Al referirse a la maternidad, la autora la describió entonces como “una especie de acting teatral muy literario”, un territorio de contradicciones extremas que explora sin censura, partiendo de la premisa de que sus personajes son “siempre capaces de todo… al límite”. Esa visión, capaz de provocar en el lector una incomodidad que también parece dar lugar al rechazo y la compasión, puede ponerse a la par con la filmografía de Ramsay, una directora obsesionada con el lado oscuro de la responsabilidad parental y las dinámicas familiares disfuncionales, como lo demostró en Tenemos que hablar de Kevin (2011).
Pero Ramsay no quiso repetirse. Su objetivo fue enfocar la historia de Harwicz no como un drama familiar sobre la locura, sino como el fin de una pareja, la crónica de un bloqueo creativo y una reflexión sobre cómo el sexo y el deseo se evaporan tras la llegada de un bebé.
Embed - MÁTATE, AMOR | Tráiler Oficial | Noviembre 6 en cines | Con Jennifer Lawrence y Robert Pattinson
El descubrimiento de la novela por Martin Scorsese, quien leyó la Trilogía de la pasión de la escritora argentina durante la pandemia y compró los derechos, fue el “milagro” que Harwicz describió en la entrevista publicada a fines de 2024. Scorsese, quien formaba parte de un club de lectura con otros cineastas, consideró la novela un “poderoso mosaico de la mente”, según lo recogió la periodista Jia Tolentino en un perfil de Lawrence en la revista New Yorker, y le propuso el proyecto a la actriz instándola a “arriesgarse”.
Lawrence, a través de su productora Excellent Cadaver, se convirtió entonces en la fuerza impulsora del proyecto y contactó de forma insistente por meses a una Ramsay que en un inicio se mostraba reacia. La cineasta encontró finalmente su punto de entrada al concebir la historia no como un relato clínico, sino como una historia de amor descontrolada. Uno de los primeros cambios concretos que surgió de esta nueva visión fue la locación. El guion, coescrito por Ramsay con los dramaturgos Enda Walsh y Alice Birch, trasladó la campiña francesa original a la Montana rural, lo que convirtió la historia de Grace y su esposo, Jackson (Robert Pattinson), en un sueño americano putrefacto.
Lawrence, una actriz cuya carrera ha oscilado entre grandes producciones de Hollywood y algún que otro drama independiente reciente, encuentra en Mátate, amor el papel consagratorio que quizás estaba esperando para redefinirse después de un período algo olvidable en su carrera.
Su interpretación es una disección completa del desmoronamiento de una mujer que no encuentra refugio alguno. Todo su cuerpo se convierte en un campo de batalla con una guerra entre tantas: la de la madre que debe ser y la mujer que es. En una de las escenas más impactantes, la leche materna de su pecho se mezcla con tinta negra sobre un papel blanco. No es una metáfora sutil, sino una confrontación directa en la que la crianza y la feminidad se tiñen de una oscuridad que contamina la pureza simbólica de la leche. Lawrence, que filmó la película embarazada de su segundo hijo, aporta una veracidad física que nunca deja de sorprender. Junto con Pattinson, ambos padres recientes, decidieron modificar un aspecto clave de la novela. En la película, Grace y Jackson sí aman a su bebé, a pesar de su irritabilidad constante y un consumo de alcohol problemático de los personajes. La decisión muestra que el infierno no nace del desamor, sino de la incapacidad de conciliar el amor con la pérdida de uno mismo.
Mátate, amor no propone un descenso lineal. Ramsay construye un relato que, en varios momentos, roza la confusión y resulta en un ensamblaje lejos de ser coherente, aunque siempre pueda excusarse en la mente fragmentada de la protagonista. Hay escenas que parecen quedar a la deriva y quizás sean un vestigio del proceso de reedición que Ramsay emprendió tras la recepción desconcertante que la película tuvo en su estreno internacional en Cannes, donde fue adquirida por Mubi por US$ 24 millones. La cineasta, frustrada por la etiqueta de “depresión posparto” que los críticos insistían en aplicarle a la película, volvió a la isla de edición con el montajista Toni Froschhammer para encontrar otra claridad narrativa.
Donde la película eleva su potencia es en su puesta en escena, un territorio donde Ramsay ejerce un dominio absoluto. El “formato retrato” elegido es muy poderoso. Como la directora explicó, lo eligió porque el rostro de Lawrence llevaba todo el peso de la película. Este encuadre cuadrado y claustrofóbico, que recuerda a viejas fotografías familiares, funciona al encerrar a Grace en su propio marco, imposibilitada de escapar hacia los lados. Por otra parte, la impactante noche americana de la película —una técnica de filmación diurna con filtros para simular la noche— convierte la oscuridad en otro espacio opresor que niega cualquier refugio nocturno tras un día de sofocación. Y el diseño de sonido, magistral, sumerge al espectador en su psicosis a través de los detalles más mundanos, como el zumbido insistente de las moscas o el ladrido constante de un perro que Jackson trae a casa sin consultarle a Grace, como una intrusión más en su espacio mental. Cada elemento sonoro es un recordatorio sutil y persistente de que lo que está mal puede, y va a hacerlo, salir peor.
Jennifer Lawrence y Robert Pattinson en "Mátate, amor"
Jennifer Lawrence y Robert Pattinson en Mátate, amor.
Mubi - Seamus McGarvey
Pattinson como Jackson oscila entre la incomprensión silenciosa y un histrionismo que, en ocasiones, se despega de la naturalidad terrenal del resto del elenco, como si la singularidad del actor luchara por contenerse dentro de un personaje concebido como un esposo convencionalmente frustrado. Son Sissy Spacek y Nick Nolte, en los roles de unos suegros misteriosos, quienes aportan una presencia que a la vez consterna y alivia, lo que ancla la película en una realidad familiar necesaria. Es en sus breves apariciones y en los rituales sociales que imponen, como una reunión entre amigos de Jackson, donde la película encuentra su bienvenido humor negro. Allí, Grace, hastiada, se rebela de la manera más cruda en acciones incomprensibles, como lanzarse a una piscina en ropa interior, en un acto de honestidad en un mundo de convenciones adultas que le resultan asfixiantes.
Es en estos contrastes con lo cotidiano donde Mátate, amor revela su filo. La película no solo muestra el derrumbe de una mente, sino también el de un hogar y una identidad preestablecida. La faceta de Grace como escritora, mencionada al inicio por un Jackson condescendiente que promete que allí podrá escribir “su gran novela americana”, se desvanece hasta casi desaparecer de la pantalla. Significativamente, no vemos a Grace leyendo un solo libro; la literatura, ese posible salvavidas, abandona su vida por completo. Es una omisión que podría leerse como un fallo, pero que en la lógica de la película puede que sea significativa: ni siquiera ella es capaz de imaginarse en ese rol. Es el bloqueo creativo como síntoma último de una aniquilación mayor de la identidad.
Mátate, amor es el resultado de un riesgo compartido entre una escritora que se pronuncia contra la “cobardía” de la cultura, una directora que se aferra a su integridad punk, y una actriz de Hollywood que utiliza su influencia para despojarse de toda comodidad y entregarse a un proyecto incómodo y demandante. La película puede resultar frustrante, su armado no es perfecto y hay momentos en que la narrativa se le escapa incluso a la mano de Ramsay. Pero su potencia residual, esa que se aloja en el cerebro mucho después del visionado, reside precisamente en esa misma fricción. El incendio controlado que propone Ramsay, lejos de ofrecer respuestas fáciles, prefiere dejar que el humo irrite los ojos y, sobre todo, la conciencia.