Antes de entrar en cada etapa histórica, propone una interesante serie tentativa: los emigrados argentinos durante la Guerra Grande, los partidos de ideas, la generación del 900, el compromiso de artistas y escritores en los años treinta del siglo XX, cualquiera de las muchas polémicas, desde la de Bartolomé Hidalgo y el padre Castañeda hasta hoy, la generación crítica y la generación de la crisis, los efectos de la Revolución cubana, la cultura en dictadura y la cultura de la dictadura, la izquierda en el poder, el tema de las hegemonías y el reciente intento de recuperar espacio desde los sectores tradicionalmente conservadores.
El libro, sin embargo, se frena en 1972, con el caso del poeta y performer Íbero Gutiérrez, asesinado por un escuadrón de la muerte cuando tenía apenas 22 años, quien, además de la militancia tupamara, era dueño de una abundante producción artística entonces desconocida.
El ensayo está dividido en cuatro capítulos. El primero, titulado “El origen de las especies”, se pregunta “qué signo político tuvieron o tienen las literaturas de Bartolomé Hidalgo, Francisco Acuña de Figueroa, Dámaso Antonio Larrañaga o Petrona Rosende”, y de otros autores del llamado período neoclásico como Carlos Villademoros, Bernardo Prudencio Berro, Melchor Pacheco y Obes o Juan Carlos Gómez, al tiempo que destaca que en esa época casi todo estaba naciendo, incluso el país.
Cruzando lecturas de historiadores y críticos, explica cómo fue el proceso de creación literaria en el esquema de blancos y colorados, unos fuertes en la ciudad y otros en el mundo rural, aunque eso no siempre coincide.
“¿Aspiraba a saber —se pregunta luego— qué de blanca tenía la obra de Eduardo Acevedo Díaz, Javier de Viana o Francisco Espínola; qué de colorada o batllista la de Justino Zavala Muniz o José Pedro Bellán; qué de comunista la de Enrique Amorín, Alfredo Gravina o Mario Arregui, etcétera?”. ¿O era algo más? Sin duda, algo más, y para eso se apoya en el argentino Julio Premat, que advierte que “el autor no es un concepto unívoco, una función estable ni, por supuesto, un individuo en el sentido biográfico, sino un espacio conceptual, desde el cual es posible pensar la práctica literaria en un momento dado de la evolución de la cultura”.
La periodista e historiadora Carolina Porley, una de las presentadoras de este título en la Feria Internacional del Libro, interpretó con acierto que la idea central de Brando fue explorar la relación entre política y literatura, superando a los partidos e incluso considerando la producción en un sentido amplio.
Erudición con humor
La lectura de este ensayo es una actividad satisfactoria e inquietante, porque pone a disposición mucha información y análisis. Brando despliega un conocimiento cabal y profundo de los autores y temas que aborda, pero lo expone casi siempre con gracia y humor, sin apelar al tono doctoral, a pesar de su diploma de la Alta Francia.
“Me arriesgué entonces, sin ser historiador, a garabatear leves consideraciones acerca de algunos enfoques de la historiografía sobre la formación de los partidos” anuncia. Entonces cita a Pivel Devoto, “el historiador que más tiempo dedicó al tema”. En una de sus muchas pero oportunas notas al pie, por ejemplo, le indica al lector que resulta “imprescindible” consultar un artículo de la historiadora Ana Frega titulado “Revolución, guerra civil y partidos (1810-1870)”.
Para dar cuenta de las primeras influencias que llegarían al siglo XX, el ensayo recurre a los archivos y a las revistas. Por ejemplo La Moda y El Semanario de Buenos Aires, que se presentaba como “periódico puramente literario y socialista; nada político”, lo que le hace decir al escritor Alberto Palcos, editor del libro Dogma socialista, del influyente Esteban Echeverría, que era “como proponerse hacer pan sin harina”.
Luego acomete al análisis de Alejandro Magariños Cervantes, autor de Álbum de poesías (1878), que Acevedo Díaz reconoció como su antecedente y explica cómo este y el dictador Lorenzo Latorre eligieron a Juan Zorrillla de San Martín, para “encabezar un destacado suceso lírico-político” con La leyenda patria.
También dedica, al finalizar el primer capítulo, unos párrafos a Antonio Lussich, “poeta y soldado” en filas blancas, antes de ser “el notable forestador de los arenales de Punta Ballena”.
El mundo Acevedo Díaz y el Benedetti
El interés por Acevedo Díaz es naturalmente grande. “Es difícil encontrar en nuestra historia alguien más representativo, más abarcador del tema que nos compete”, explica Brando luego de una cita de Alberto Palomeque de 1901 que refiere a su doble condición de político y escritor. Un blanco que luego apoyó al Pepe Batlle y la pasó mal.
A partir de allí aparecen el colorado José Enrique Rodó, los blancos Javier de Viana, Carlos Roxlo, Luis Alberto de Herrera, el anarquista Florencio Sánchez y otros autores relevantes del 900. Fueron importantes en los lemas, pero algunos de ellos “sintieron cárcel el alvéolo partidario”, al decir de Real de Azúa, pensando en el emblemático caso de Rodó, muy distinto al del también colorado Horacio Quiroga, cuya incidencia partidaria fue escasa.
Otros ejemplos de conflicto son Julio Herrera y Reissig y Roberto de las Carreras, cada uno con sus propias características, pero ambos poniendo en tensión la actividad política con la literaria en tiempos en que se esperaba que la segunda estuviera al servicio de la primera.
Brando ya había dejado claro que existe un arte misional y otro autónomo y que entre los autores hay para todos los gustos, aunque la tendencia es que la obra se independice.
Así como en el primer capítulo la portadilla contiene una imagen de Dámaso Antonio Larrañaga y el segundo una de Acevedo Díaz, el tercero presenta una foto de Justino Zavala Muniz para ilustrar un nuevo enfoque de la relación entre estética y política, en especial en Crónica de un crimen, emparentado con A sangre fría, de Capote.
Aparecen entonces Juan Carlos Onetti, en principio colorado pero con una obra autónoma, y Carlos Maggi, al que se analiza en detalle con una mirada novedosa o menos conocida.
Antes de llegar al último capítulo, donde en la portadilla espera al lector una imagen de Mario Benedetti y el subtítulo “Crítica y crisis”, Brando se despacha con algunas reflexiones que resumen la época. Por ejemplo, sostiene: “Hay un modernismo que articula la antropología romántica con las demandas sociales; hay otro que se aparta de la poesía misional para obedecer a las leyes de la belleza y el ritmo”.
Aunque, como ya se dijo, el libro se detiene en 1972, en realidad, al analizar el caso de Íbero Gutiérrez, el ensayo supera por lejos esa fecha, porque su obra, tan clandestina como el militante, se sigue descubriendo. Esa parte funciona como una especie de anticipo de una segunda entrega, que llegaría hasta hoy y que el autor ha dicho que es la que más le interesa. To be continued.