El Museo Gurvich está festejando sus 20 años y lo hace, por supuesto, celebrando el arte. Como cada tres años, este 2025 ha definido un nuevo eje temático, que se denomina Gurvich polifónico. Hasta 2027 todas las áreas del museo trabajarán el tema de la identidad.
Y si hay algo que genera identidad son los lugares: las casas, los barrios, los balnearios, las ciudades reales, las que se visitan o aquellas con las que se fantasea. Justamente Lugares, obras sobre papel se llama la muestra que hasta el 15 de agosto se exhibe en el Gurvich con curaduría de Rafael Lorente. El hilo conductor es el dibujo asociado a lugares que han elegido artistas de diferentes áreas y generaciones.
Para José Gurvich, el lugar era su barrio. Cuando su maestro Joaquín Torres García murió en 1949, Gurvich se mudó al Cerro. “Allí desarrolló su obra. Fue donde su obra explotó. Estaba muy influenciado por el Bosco, por Brueghel y se va de lo universalista de Torres García hacia lo particular. Entonces dibuja al vecino, al gato, al perro, a la playa”.
Junto a los dibujos de Gurvich están los de sus compañeros del Taller Torres García: Julio Alpuy, Francisco Matto, Gonzalo Fonseca, Linda Kohen, Eva Olivetti, Augusto Torres.
Pero antes de comenzar el recorrido, hay que detenerse en el primer dibujo que cobra un especial significado. Es de Torres García y la ciudad dibujada es Nueva York en los años 20.
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Nueva York, de Joaquín Torres García
Museo Gurvich/Rodolfo Fuentes
Un poco de historia
“El dibujo estuvo primero vinculado a otras artes porque durante muchísimos años se entendió como boceto o como obra de estudio preparatoria para la arquitectura, la escultura o la pintura. Así lo hicieron grandes artistas que fueron grandes dibujantes, como Brueghel el Viejo o Miguel Ángel en sus dibujos de arquitectura”, explica Lorente.
Recién a fines del siglo XVIII y sobre todo durante el siglo XIX, el dibujo comenzó a tener valor propio como obra independiente del resto de las artes. Lorente menciona el dibujo veneciano, a Giovanni Piranesi con sus cárceles, pasadizos y lugares casi pesadillescos. Menciona a Jean-Honoré Fragonard, uno de los últimos artistas que pintó en la corte de Luis XVI, que tenía una serie de dibujos fantasiosos que fueron admirados por Francisco de Goya.
“Goya es el primer artista en el siglo XIX que le da un vuelco radical al dibujo, que ya no es representación de otra cosa, sino expresión de sí mismo, de un paisaje, de un sueño o del terror. Sobre todo en Los caprichos o en su serie de la guerra le da al dibujo y al grabado una impronta que no está reflejada en la pintura”.
Lorente sigue con su lista de grandes pintores que fueron grandes dibujantes, como Rembrandt y Delacroix. “A partir de Delacroix la pintura, todo el arte, pasa del taller al paisaje, al aire libre. La pintura ya no es más de los académicos, sino que el artista plantea su obra en contacto con la naturaleza”. Aparecen en la lista los artistas Camille Corot, Jean-François Millet, predecesor de Vincent van Gogh. “Millet ve los volúmenes, Van Gogh inventa un lenguaje. Es una escalera que van subiendo. A veces el escalón es más alto, otras veces es más pequeño, pero la cadena de un artista que influye a otro sigue de largo”. Esa cadena continúa con Georges-Pierre Seurat, con Rafael Barradas y llega al Pablo Picasso dibujante.
Otros lugares y otros colores
El lugar de Fernando Giordano es Punta Colorada. Él se inspiró en los poemas de Álvaro Figueredo, poeta de Pan de Azúcar. “Al principio era el cerro”, dice uno de sus versos, entonces pintó paisajes abstractos, austeros, que condensan la memoria del lugar. En enero de 2025, Giordano expuso estos dibujos en Punta Colorada.
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Paseo en el peñasco, de Fernando Giordano
Museo Gurvich/Rodolfo Fuentes
El argentino Luis Díaz, oriundo de La Plata, hizo el doble camino de la arquitectura y del arte. Él dibujó puentes de diferentes ciudades, de Nueva York, de Boston, de Buenos Aires. Desde arriba del puente se ve la urbe con sus edificios y chimeneas, desde abajo se ve el contraste con los seres olvidados, oscuros, al margen. Uno de sus dibujos es del Puente de las Artes en París y el incendio de Notre Dame. Su hijo Valentín le agregó un texto a este dibujo, que acompaña un poema de Federico García Lorca sobre los puentes.
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La ciudad de los puentes, de Luis Díaz
Museo Gurvich/Rodolfo Fuentes
Alfredo Ghierra dibuja ciudades metafísicas, fantasiosas, que tienen algún detalle que recuerda a Montevideo. Sus dibujos, que formaron parte de la exposición Esos lugares existen (2019) en el Museo Nacional de Artes Visuales, son la memoria de la ciudad después de pasar por su inmensa imaginación de artista.
Otra propuesta es la de Pedro Cracco, quien se dedicó a dibujos de anatomía artística del mundo vegetal. Trabajaba en el Instituto de Diseño de la Facultad de Arquitectura e hizo un relevamiento de toda la flora indígena del Uruguay. El catálogo se expone en esta muestra junto a sus dibujos, que son de una gran delicadeza, casi japonesa.
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La isla desierta, de Alfredo Ghierra
Museo Gurvich/Rodolfo Fuentes
Hay paisajes de Bretaña dibujados por Arturo Villamil, quien vive en Crozon y dibuja a diferentes horas del día para capturar la esencia de los lugares, sus claroscuros. El color dominante es el del mar, que no es azul ni verde ni gris. Es color glaz. Y ese es el fondo que también le dio Lorente a la isla donde están colgados sus dibujos.
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Dibujo de Mario Buela para el concurso del Sodre
Museo Gurvich/Rodolfo Fuentes
“La exposición está montada en ocho islas. Y cada una tiene una identificación. Quise usar en el fondo el color asociado con cada artista. Por ejemplo, el de Giordano tiene el color de las rocas rojizas de Punta Colorada. Luis Díaz tiene el agua amarronada del Paraná, y Cracco el verde de la naturaleza”.
Están también los dibujos de los arquitectos: el de la Facultad de Ingeniería de Julio Vilamajó hecho a carbonilla, el del edificio del Auditorio del Sodre de Mario Buela, de un nivel de detalle increíble y hasta con situaciones de humor de los seres que transitan sus escaleras.
Lugares, obras sobre papel es una muestra para ver de lejos y de cerca porque un pequeño ser o una mosca sobre una hoja pueden encerrar todo un mundo, que es el del dibujante o el de quien se pare frente a sus obras.