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Wajdi Mouawad es uno de los grandes nombres del teatro mundial. La globalidad de su biografía es un símbolo elocuente de la globalidad de su obra. Nació en el Líbano a fines de los años 60 de una familia cristiana (minoría muy castigada en Medio Oriente). Antes de sus 10 años sus padres se fueron con él y sus hermanos a Francia, huyendo de la guerra civil; volvió a emigrar en su juventud a la provincia canadiense de Quebec, donde se formó como artista teatral y novelista, y hace unos 20 años volvió a radicarse en Francia. Desde 2016 dirige el Teatro Nacional de Francia.
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El público uruguayo conoce muy bien a Mouawad gracias a historias viscerales, conmovedoras y narrativamente magistrales como Incendios (llevada al cine por Denis Villeneuve y montada aquí por El Galpón), aquel trágico periplo de dos hermanos que buscan el rastro de su madre migrante, quien a su vez pasó toda su vida huyendo de la guerra y buscando a sus hijos, de quienes la separaron al nacer.
Luego conocimos Litoral (estrenada por la Comedia con dirección de Coco Rivero y gran labor de Jorge Bolani), un relato a medio camino entre Edipo y el Quijote sobre un joven que emprende un camino de autoconocimiento mientras recorre páramos y aldeas estremecidos por la guerra, cargando el cuerpo de su madre muerta, buscando sin éxito un lugar donde darle digna sepultura.
También nos estrujamos con Bosques, historia de una adolescente que debe viajar a un pasado tenebroso y conocer la tragedia de sus ancestras que pasaron por las guerras mundiales, entre otras guerras (representada recientemente en el ámbito de la EMAD —Escuela Multidisciplinaria de Arte Dramático—); hasta el público infantil ha estado en contacto con el mundo de dolor de Mouawad, con la infantil Pacamambo (hecha por la Comedia años atrás), la historia de una niña que debe enfrentarse a la muerte de su abuela cuando esta la está cuidando.
El universo de Mouawad son estas pequeñas epopeyas humanas inscriptas en las mil y una guerras habidas y por haber en Oriente Medio durante tanto tiempo. Una guerra con mil conflictos (árabes, judíos, cristianos, musulmanes) regidos por la religión que atraviesan la vida de millones de personas no solo en ese enclave del mundo, sino mucho más allá. Las obras del libanés nos acercan a personas desesperadas que deben lidiar con la muerte en forma cotidiana y que se buscan a sí mismas con la muerte y con la guerra como telón de fondo permanente.
Pero, al mismo tiempo, la obra de Mouawad es de una belleza extrema por cómo exhibe el entramado de personajes y sus circunstancias. La poesía que todo lo alcanza, el poder metafórico de sus parlamentos, la profundidad de los diálogos, la autenticidad y radicalidad de los encuentros, sean abrazos o peleas.
Mouawad sabe de lo que habla: la identidad no solo de sus iguales, sino de todos los involucrados en esta trenza en la que está enhebrada directa o indirectamente buena parte de la humanidad. Sus obras reflejan también el drama de la migración que este conflicto ha causado en medio planeta y cómo esta tragedia se extiende con rapidez a miles de kilómetros de su epicentro. Por eso sus obras son imprescindibles. Para aplaudirlas o para cuestionarlas. Y en Todos pájaros ambas reacciones son válidas y posibles.
Esta obra fue presentada como “una Romeo y Julieta judeo-árabe”. Es una historia de amor instalada en el conflicto entre Israel y Palestina. Eitan, un joven científico alemán de origen israelí, ateo y escéptico de la vida espiritual, y Wahida, una investigadora huérfana de origen árabe que sigue la pista histórica de un diplomático musulmán del siglo XV convertido a la fuerza al cristianismo, se conocen y se enamoran hasta la médula, lo que genera la fuerte oposición de la familia de Eitan.
El debate que se instala tiene aristas políticas, religiosas y filosóficas y se sostiene en la dualidad entre el origen biológico, genético y el cultural, derivado de las tradiciones heredadas, inculcadas y aprendidas. Los diálogos entre padres, hijos, abuelos y nietos exhiben varios tipos de conflictos, todos relacionados con el choque entre la certeza de quienes creemos ser y la duda de quién y qué realmente somos. Una prueba de ADN hace estallar todo por los aires y no conviene revelar más.
A través de esta anécdota familiar íntima, Todos pájaros logra pintar el mundo, un mundo que, una vez más, vive un nuevo capítulo de esta guerra eterna. Todas las generaciones de esta familia se ven implicadas en las revelaciones que suceden escena tras escena.
El cuestionamiento que le cabe a esta obra es el sesgo favorable a la visión palestina del conflicto, que se plasma en las denuncias de atrocidades cometidas en el pasado, como las masacres de Sabra y Shatila, perpetradas en los años 80 por el Ejército israelí en los territorios palestinos ocupados.
En el mismo plano, podrían mencionarse también los actos terroristas de milicias palestinas e islámicas contra la población civil israelí, pero esos crímenes no forman parte de esta historia. Mouawad es libanés, puede ser una explicación. Puede ser, pero el pacifismo que destila su arte siempre ha estado alejado del panfleto a favor del bando que le es más familiar. Entonces uno puede esperar —y reclamarle— ese humanismo de sus obras.
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Gustavo Saffores y Joel Fazzi
Carlos Dossena/Comedia Nacional
En su segunda dirección con la Comedia Nacional, Roxana Blanco logra un gran espectáculo, que generó un gran interés en el público, al punto tal que en los últimos días se agotó la temporada completa, con funciones programadas hasta mediados de agosto. Es de esperar que, como sucedió este año con Edipo rey y La gayina, Todos pájaros tenga una segunda temporada pronto.
La puesta en escena que eligió la novel directora es muy elocuente en términos simbólicos. Un gran muro de piedra preside el escenario. La suma de todos los muros: los que son construidos para orar y los que dividen territorios y aíslan a millones de parias humanos. Ese muro es también el lienzo para decenas de grafitis que exhiben cómo esta guerra tiene también un campo de batalla simbólico en infinidad de ciudades de todo el mundo, que la reflejan en sus ladrillos.
Como en otras obras de Mouawad, el único elemento escenográfico es una mesa con varias sillas. La madre de todas las mesas: la mesa que reúne a la familia o la que puede presidir el último encuentro en el que se vean sus participantes. Esa mesa también puede ser un lecho de muerte.
En la puesta de Blanco hay que destacar el alto nivel de las actuaciones de las tres duplas de Todos pájaros. Brilla la dupla protagónica de Mané Pérez y Joel Fazzi, dos intérpretes con muy poco tiempo en el elenco y que aquí entregan sus mejores actuaciones desde que entraron a la Comedia. El virtuosismo de Mané ya es harto conocido, pero lo de Fazzi en esta obra es consagratorio. También hay que ponderar el trabajo de la dupla de abuelos, Juancho Saraví y Elizabeth Vignoli (Etgar y Leah), y el de la dupla de padres, Gustavo Saffores (David) y Florencia Zabaleta, quien juega muy bien esa cuerda grotesca en la que baila su Norah. También es interesante la proyección que está logrando papel a papel Sofía Lara, quien aquí encarna a la camaleónica Eden, el único personaje algo flojo en términos conceptuales, porque atraviesa un arco bastante poco creíble respecto del realismo en el que está enmarcada la obra. Mauricio González hace que los pocos minutos de su Wazzan en escena sean muy recordables. No es poco.
También hay que destacar en esta puesta el hermoso trabajo de vestuario de Virginia Sosa, centrado en el bordado, técnica ancestral que confiere una fuerte dimensión identitaria a los personajes de Todos pájaros, y las hermosas canciones de Sylvia Meyer que componen la banda sonora. Sus versiones de Adagio en mi país, de Zitarrosa, y Los cuerpos, de Fernando Cabrera, son pasajes de alto poder emotivo. Junto con la imponente banda sonora de Daniel Yafalián y Eleni Karaindrou, elevan la puesta de Blanco a niveles magistrales, de las mejores de esta temporada en la escena montevideana.
Todos pájaros propone una reflexión necesaria que, lamentablemente, siempre está vigente.