En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
El autor estadounidense, uno de los mayores representantes de la narrativa anglosajona contemporánea, aborda la relación de un padre con su hijo, enfermo de ELA, con su estilo irreverente y políticamente incorrecto
“La mayor parte de la gente que conozco es desagradable”, ha dicho Richard Ford en diálogo con Mariana Enriquez en la Feria del Libro de Madrid, cuando presentó su nueva novela, Sé mía (Anagrama, 2024, 393 páginas). La idea —o sentencia— viene a cuento de la singular relación entre un padre ya pisando los 80, Frank Bascombe, el personaje emblemático de Ford nacido en El periodista deportivo y retomado en otras novelas, y su hijo Paul, cuarentón, que padece esclerosis lateral amiotrófica (ELA). Tanto el padre como el hijo no son personas virtuosas o simpáticas en el mayor de los porcentajes posibles, y de ahí que la interacción entre ambos sea áspera, tormentosa e incluso ridícula. El hijo está muriendo, irremediablemente con un deterioro diario que daña los ojos, y el padre, en un intento de cercanía entre ambos, ha planeado un viaje al monte Rushmore, en Dakota del Sur, donde están las enormes cabezas talladas en piedra de los cuatro presidentes estadounidenses, lugar que Alfred Hitchcock inmortalizó en la secuencia final de Intriga internacional.
¡Registrate gratis o inicia sesión!
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
El camino será largo, tembloroso y plagado de reproches —y también de amor— en una caravana Dodge alquilada que apesta a una mezcla de cigarros y esa especie de fragancia artificial tipo pino que cuelga de los espejos retrovisores. El momento en que Frank pone en marcha la máquina, que estaba adormecida en el estacionamiento del concesionario de autos usados, es una muestra de lo que puede hacer un gran escritor con los detalles visuales y la recreación de sonidos.
Bascombe acarrea fracasos de pareja, la muerte temprana de otro hijo, un pasado de frustraciones como novelista, atenuado por su trabajo como cronista de deportes y luego como vendedor de bienes raíces, y ahora se enfrenta a la enfermedad degenerativa de Paul. Es un tipo que envejece con el lomo surcado de heridas pero sin perder la agudeza, y aquí es donde se impone el escritor, que resulta implacable en sus descripciones y no cede a ninguna piedad posible ni corrección política. Esto es algo que mucha gente no termina de comprender cuando intenta hacer limpieza en el lenguaje: si hay corrección política, racial, de género, no hay literatura posible. La corrección se puede exigir en la diplomacia y es buena para los tratos sociales. Exigirla en el pensamiento no solo es un principio autoritario sino algo lisa y llanamente ridículo. Así como no se sueña con limpieza, tampoco se piensa con limpieza. Detrás del silencio descansa nuestra delicada intimidad. Y cuando se trata de lenguaje literario, además queremos que un escritor nos dé la mayor posibilidad de sugerencias y extensiones, la mayor cantidad de matices emocionales, y no todos son necesariamente agradables ni bien pensantes.
Richard-Ford-por-Oliver_Mark_-_Berlin_2002.jpg
Richard Ford en Berlín, 2002
Oliver Mark/Wikipedia
Mientras cuida a su hijo, lo ayuda a ir al baño o contempla cómo duerme vestido en la cama de un hotelucho, Bascombe lee a Heidegger.
—Heidegger… Heidegger… ¿No era nazi ese tipo?
—Sí, pero no todo el tiempo —dice Ford.
Frank, o la derrota paternal
No importa que su hijo sufra ELA si su actitud en un momento determinado lo califica como un imbécil. Ni las enfermedades, ni la muerte, redimen a la gente. El torrente mental de Frank es la gran marca literaria de Ford, que puede transitar libremente por todos los estados de ánimo. Hay que ver a Paul tembloroso y torpe por la enfermedad, tropezando, sentado o intentando incorporarse desde la silla de ruedas con un rictus en su rostro, el brazo y la mano paralizados, una notoria amargura hacia su padre y el mundo circundante, con un gorrito deportivo y enfundado en una remera que dice “Genio tlavajando”.
Paul, que creía ser un buen ventrílocuo y era malísimo. Se le notaba demasiado el movimiento de los labios y sus chistes eran torpes. Lo piensa el padre. Y Paul viaja con su muñeco Otto, que cada tanto vemos por el espejo retrovisor de la caravana tirado en el asiento trasero. Vaya imagen densa: el muñeco abandonado de un hijo con ELA.
También desde allí va creciendo un personaje trágico y complejo, que dice cosas duras —y tal vez injustas— a su padre y marca un notable contrapeso en la historia, una historia sencilla —un padre, un hijo, un viaje— y al mismo tiempo tormentosa y abismal. “La inevitable derrota paternal”, dice Ford. El lector piensa inmediatamente: ¿Ford tiene hijos? No, no los tiene ni le interesó tenerlos nunca, aunque una vez fue hijo, claro. Cuidado con creer que la experiencia es un factor decisivo para entender el alma humana.
Cuando un escritor sabe por dónde va la cosa, necesita muy poco en la estructura de su relato. Le basta con lo que puede ocurrir en una clínica, que llega al paroxismo de un carnaval o el hormigueo de un aeropuerto, con los enfermos y sus parientes moviendo las sillas de ruedas como si se tratase de un gran desfile, limpio y ordenado, pero en definitiva perteneciente a un teatro loco y absurdo. O sencillamente se detiene en una plaza de comidas donde se recortan dos bellas muchachas a las que un marine les lleva la carga. Una seducción berretísima y soberbia. El padre mira al hijo, que mira a las muchachas, que miran al marine. Un juego de espejos. Pasajes de la literatura que no se olvidan. El finísimo secreto de acertar, como si Ford acompañase al lector en su percepción de las cosas. Lo mejor que puede ocurrir en la lectura es que el autor sea tu compinche y así pasen las páginas.
Nunca decepciona quien siempre tiene algo para decir y es divertido. Ford sabe encontrar humor en la grieta de una herida, desde sus primeras novelas Un trozo de mi corazón y La última oportunidad, en la breve e intimista Incendios o en la mucho más larga y ambiciosa Canadá, a través de sus relatos reunidos en Rock Springs, Lamento lo ocurrido y Pecados sin cuento, o gracias a Frank Bascombe (El Día de la Independencia, Acción de Gracias y Francamente, Frank). No importa que este sea el quinto libro protagonizado por Bascombe. Sé mía se disfruta con total autonomía, y si me apuran, tiene un toque de sabiduría (¡Ford tiene 80 años!) que no está en El periodista deportivo.
Describe —y lo intuye— con parsimonia a un vendedor de autos usados, y luego a una vendedora, que es la esposa. Es tan meticuloso y lúcido en los detalles que en definitiva el vendedor y la vendedora se transforman en personajes universales sin perder su color individual. Lo mismo ocurre con el Palacio del Maíz, donde todo está hecho de maíz: llaveros de maíz, marcos de fotos, destapadores, peines, sombreros de vaquero, bolígrafos… La visita a un lugar tan americano, tan road movie (Ford ama hacer carretera y conducir), tan absurdo y de mal gusto, al final adquiere la estatura del paisaje universal. En nuestras vidas de amor y sufrimiento, de escasos buenos momentos y bastante desesperanza, nos acompañan las cortinas de baño de plástico, los autos con calcomanías de Trump (cambien la valencia y la geografía y pongan la que quieran), las avenidas despobladas en los extrarradios a la noche, los moteles de paso, los extensos estacionamientos, el cielo que se aplana. Dice Ford: “Siempre es interesante saber qué hace que los lugares sean horribles”. Otra vez: por el lado de lo feo, la gran literatura. Genio tlavajando.